La ilusión no tiene precio

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Las migas del almuerzo

¿Se han percatado? Se respira en el ambiente las feromonas del alivio por ver finiquitadas las Navidades más extrañas jamás contadas. Con su excepción, que haberla hayla, es como si nos hubiéramos quitado un peso de encima, o, como dice mi vecino de baranda, como si hubiéramos expulsado de la flora intestinal ese gas que nos importunaba.

Creo entender, y asimilar por experiencia, a que se debe tan restauradora sensación. Ayer mismo, un presentador de telediario, por imperativo de telepronter, dio en la clave: “Se acaba la Navidad y es hora de hacer balance”. A continuación soltó una retahíla de datos macro-económicos, comparando el consumo de estas fiestas con el de campañas anteriores. Quedó tan lucida la cosa que, encanado como andaba en el “siempre negatifa”, se olvidó hasta de hacer el giro semántico para no desbaratar el peliagudo asunto de la venial de los Reyes Magos.

He de reconocer que me he quedado con un poso amargo de contradicción en el alma. Ya se sabe, por razón capitalista, que tira más un euro que un buey de carga y descarga, que la Navidad es, en definitiva, una campaña publicitaria orquestada por Cristo Baby & Adam Smith, S.A. para acelerar transacciones de compra-venta y sostener los cupos presupuestarios. Pero al menos, antes de la crisis, se intentaba disimular el ego con la historia entrañable de la Armonía, la Fraternidad  y la Paz entre los Hombres (y entre las Mujeres, se sobreentiende).

Pero quitada la máscara de un sopapo “made in Lehmans Brothers”, ¿qué nos queda? Cifras. Sólo cifras. Que disimule quien tenga cuerpo para hacerlo. Para estos casos extremos de desasosiego comunal, se inventó la historia de la ilusión. Y la honrosa muletilla del día 24 de diciembre de que el Gordo siempre cae donde se le necesita. Es un tópico imperecedero del telediario del “Día de la Salud”, día en el que, sin ser budistas, nos embuchan con embudo una sesión de catequesis kármica: reporteros, paparazzis y corresponsales de lo mundano se recorren los “barrios humildes” de este nuestro país, entrevistando a los afortunados que “agarraron” un “buen pellizco de la tarta” del Gordo de Navidad.

Y no es por afán de fastidiar al Karma pero puedo contar, y no me equivoco, al menos cinco familias de mi entorno que se han llevado ese “buen pellizco” sin necesitarlo. Me da que aquí algo falla. O el Karma no es tan listo como parece o nosotros somos más tontos de lo que pensábamos.

Contaba, hace ya bastantes años, un expresidente del Real Madrid que de media se gastaba al año unos 3 millones (de las antiguas) en lotería de Navidad. No es por dinero, aseguraba un poco ruborizado ante el perplejo personal, es por la ilusión de buscar la pedrea en el periódico vespertino. Luego añadió, con la boca pequeña, que de media solía ganar unos 15 millones.

Yo propondría, en parlamento miguero extraordinario, que el Gobierno prohíba jugar a todos esos impertinentes acaparadores de suerte y los declare “ladrones de los fondos públicos”. Recomendaría hacer un listado con sus caras y plantarles en la idem una orden de alejamiento de las administraciones de lotería y casas de apuestas.

O mejor. Yo propondría, ya que estamos metidos en la acequia, a algún periodista al que le precien los berenjenales, que marchara a la busca y captura de estos insolidarios, que ganan la lotería sin necesidad de ganarla, sólo por puro afán de recaudación. No sería tan descabellado: al fin y al cabo La Sexta, con ultraje y alevosía, nos enfunda sesiones dobles de “Mujeres Ricas” y casas de millonarios.

Pero claro, ¿qué sería de nuestra ilusión con reportajes como éste?

Sería como sentirse estafados por lo Divino y lo Terrenal. Como si el presentador del telediario apareciese con su cara bonita y soltase a la tremenda: “Se acaba la Navidad y es hora de hacer balance”. Económico, por supuesto.

¿A qué otro balance se refiere si no? Ya sabemos que la ilusión no tiene precio. Para todo lo demás… anuncio al canto.

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