Políticos profesionales

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Hay profesiones para todos los estilos de personalidad: de servicio (sanitarios, policías, profesores, políticos, etc.); con gran pasión por las relaciones sociales (relaciones públicas, dirección y producción de eventos, etc.); con dotes de gran planificador; con tendencia al control y la perfección (carreras administrativa, ingenieros); muy competitivos, motivándose en situaciones de gran tensión (deportistas, carreras comerciales y de gestión, etc.).

A esa parte genética, que es como la herencia de la personalidad, pero que todavía no se sabe identificar, la llamamos temperamento. El resto de los factores culturales, relaciones, psicológicos etc., son los responsables del carácter.

En política, podemos afirmar que los diferentes estilos de la acción política se encuentran entre dos extremos, representados por dos personajes históricos: Maquiavelo y Tomás Moro.

En su obra más importante, El Príncipe, Maquiavelo describe la forma más adecuada que considera imprescindible para gobernar: la búsqueda del bienestar y seguridad de los ciudadanos, sin tener en cuenta los principios éticos o morales. Todo es válido siempre y cuando se busque el bien de los súbditos. Según Maquiavelo, el político debe ser una persona hábil, con capacidad para manipular y destreza para adaptarse a cada momento histórico. Concluye: al político se le valora por su eficacia, no por su virtud.

Por el contrario, Tomás Moro describe en La Utopía un estado ideal, donde lo nuclear y básico es la familia. No existe propiedad privada y rige sobre todo la libertad y la tolerancia religiosa. En este contexto, el político es un hombre virtuoso que respeta ante todo a los ciudadanos y lucha con medios lícitos por su bienestar.

Si Tomás Moro lo podemos considerar como un idealista, Maquiavelo está en el extremo opuesto. Entre esas formas de entender la política se encuentran los diferentes “estilos de políticos”: paranoide, narcisista, histérico y psicopático.

Al “político histérico” le gusta figurar y ser el centro de atención, pero también su eficacia es nula. Actúa en función de las apariencias, de lo que dice la gente y su punto de apoyo no son sus convicciones, sino todo aquello que le puede hacer más agradable a los demás

En el estilo psicopático de hacer política se produce ausencia de culpa. Ponen en práctica la ley del embudo: pueden ser muy exigentes en el cumplimiento de las leyes por los demás, pero ellos pasan completamente de las mismas. Han llegado a la política para servirse de su posición, no para servir a los ciudadanos. Una forma de entender de esta forma la política está representada por los corruptos y estafadores, ya que lo importante para ellos no es el bien común sino su propio provecho

El “político narcisista” parte del convencimiento de que es el mejor del mundo y, por lo tanto, todo debe estar a su servicio. Carece de un mínimo de autocrítica poniéndose una “venda para no ver” las deficiencias y potenciando los pequeños éxitos. Se siente “el ombligo el mundo”. Es tan autosuficiente que es incapaz de comprender el sufrimiento de los demás

Pero en realidad, el político debe ser una persona con vocación de servicio y muy sensible a la problemática de los ciudadanos. Además de una adecuada preparación, debe ser una persona honesta, coherente con su ideología y teniendo como fin último, no su propio bienestar sino el de los demás. Debe ser más un Tomás Moro que Maquiavelo, de modo que la honradez y su capacidad para trabajar por el bien general sean los motores de su acción política.

El buen político puede tener cualquiera de los estilos de comportamientos que hemos descrito, siempre y cuando ninguno de ellos esté hipertrofiado y sea tan notorio que se convierta en el motor exclusivo de la conducta del sujeto. Lo patológico no es tener algunos de esos estilos de comportamiento, sino cuando alguno de ellos se convierte en el centro y leit motiv de la conducta del político, pues es entonces cuando la personalidad puede pervertir cualquier acción política. Ser paranoide, narcisista, histriónico e incluso psicopático, dentro de un orden, no es impedimento para ser un buen político. De esta  forma el pensamiento de David Cameron será cierto: la personalidad del político es más decisiva que su ideología política.

Alejandro Rocamora

Psiquiatra y miembro fundador del Teléfono de la Esperanza.

www.telefonodelaesperanza.org

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