Oligarquía financiera y crisis económica

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Una especie de sentimiento de culpa recorre las conciencias del proletariado-consumidor sobre cuyo nivel de vida y poder adquisitivo caerá el castigo del capitalismo por haberse atrevido a vivir por encima de “sus posibilidades”. Acostumbrados a pensar en los términos religiosos de maldición divina, ésta sería la explicación de la crisis. Y resignadamente nos limitaremos a esperar el castigo hasta que, cuando dios y el capitalismo lo decidan, se reinicie una lenta recuperación sobre nuestro sentimiento de culpa a costa de reducir las conquistas alcanzadas.

A pesar de lo cual, podemos dar otra explicación. La crisis se circunscribe en un sistema llamado capitalismo financiero-especulativo y global y tiene unos protagonistas, muy pocos: una oligarquía financiera-especulativa que gobierna los gobiernos y haciéndolos girar en torno a su agujero negro, los pone de rodillas y los devora. Ahora se ha propuesto finiquitar, lenta pero vengativamente, en revancha por haberse construido, a su pesar, el Estado-Sociedad de bienestar.

Y todo esto ante el silencio complaciente, cooperante, decidido e iluso de la socialdemocracia más conservadora que los tiempos del capitalismo triunfante  sobre las cenizas de la vergüenza del muro, ha sido capaza de, después de desclasar, poner a su servicio. Ha conseguido degradar moralmente a esta clase de dirigentes y políticos, deslumbrados ante el resplandor del dólar. Ensimismada y narcisista que gira en torno a su propia galaxia hasta ser devorada por el insaciable agujero negro que los atrae: el capitalismo financiero-especulativo. A ella deberíamos responderla, como Lamartine en las revoluciones de 1847-48,  con la “revolución del desprecio”.

Su primera victoria, la del capitalismo especulativo, anterior a la crisis, ha sido la de conseguir que lleguemos a ser una generación sin ideología, una generación sin conciencia. Todos los intelectuales yacen muertos y desperdigados sobre el erial del sistema en descomposición.  ¿Muertos y derrotados? Sólo quedan pedantes que, cuando abren la boca, es para llenarla de bienes y escupir vaguedades. Bufones al servicio del Gran Poder. Pero todavía pudiera ser peor si llegáramos a la conclusión de que nuestro vacío ha sido rellenado con el estiércol ideológico del pensamiento clerical-reaccionario capaz, con los encantos del sentimentalismo populista, de desviar nuestra atención hacia el pasado, la tradición, evitando, de esa manera, que nuestras miradas se dejen iluminar por la Luz de la Razón.

Las revoluciones surgen espontáneas, como la chispa que desencadena un incendio. Pero nunca estamos preparados para cuando estallan. Las revoluciones, hoy,  parecen imposibles. Estamos atados, como esclavos sin conciencia, a las hipotecas. Sin embargo, la insurrección, al menos, sí parece posible. Una insurrección que trascienda las limitaciones nacionalistas, que también nos desclasan y atan a viejos, reaccionarios y nostálgicos amos, hasta el espacio europeo, al menos. Las masas proletarias necesitan más espacio para desarrollar sus estrategias. A partir de aquí podríamos volver a tomar conciencia de nuestra propia conciencia. Una conciencia de clase no contaminada por la moral de nuestros enemigos.

Los analistas y  los gobiernos están tratando de dar cualquier tipo de explicación y de soluciones a la actual crisis económica, política y social sin acertar en el diagnóstico. Todos, con Zapatero a la cabeza, han orientado las soluciones para fortalecer el sistema capitalista, a costa de ir reduciendo el Estado-Sociedad de bienestar, ignorando o evitando centrar el diagnóstico en la causa fundamental que la ha originado: la hegemonía del capital financiero-especulativo en la sociedad global. O capitalismo financiero o más Sociedad de bienestar. Esta es la cuestión. Que no podrá solucionarse con más capitalismo especulativo.

Las crisis especulativas se han sucedido en varias ocasiones desde el siglo XVII hasta hoy y siempre por las mismas razones. Aunque la actual crisis tiene sus elementos distintivos, como los tuvieron las que la han precedido. Tomando como referencia el crack del 29, la crisis se produjo cuando lo barato, las acciones, se hacían caras por la sobrevaloración. Entonces dejaron de ser atractivas para el especulador y para el comprador y se desplomaron. Ante el regocijo de los más espabilados que ya habían realizado beneficios con el dinero de los demás inversores. El desplome de las acciones acabó arrastrando en su caída al sistema financiero. Porque éste había fomentado la especulación concediendo préstamos que, una vez invertidos en acciones, podían enriquecer al más pobre. Pero esa escalada especulativa, como toda humareda, no podía subir indefinidamente. Los analistas lo debieron saber porque el final, el big-bang de la burbuja, estaba escrito en los genes del sistema financiero-especulativo. Es su herencia anunciada. Su final coherente.

Para situarnos, sin embargo, en los rasgos característicos de la actual crisis especulativa debemos hacer alguna corrección: en lugar de la palabra “acciones” vamos a utilizar la palabra “vivienda” y en lugar de la palabra “bolsa” vamos a utilizar la palabra “mercado libre de la vivienda”. Esta corrección tampoco constituye ninguna novedad porque ha habido especulaciones, coma la de los tulipanes en Holanda, relacionadas con un producto y con un mercado específico. Con estos dos cambios podremos abordar la comprensión de la crisis y sus alternativas. Que las tiene. Lo demás es lo mismo: sistema capitalista financiero y especulativo que, por otra parte, no representa porque no beneficia a las clases medias, ni a la burguesía industrial y comercial. Aunque el daño recaiga sobre la totalidad de la clase trabajadora y la Sociedad del bienestar condenada a financiar para reflotar recapitalizando, según las “soluciones” de los dirigentes políticos como Zapatero, al mismo causante de la crisis: el sistema capitalista especulativo-financiero.

En los orígenes de la crisis está la vivienda, que ha sido tratada como un producto o acción, puesto que, al igual que ésta, se revaloriza o deprecia en función de la oferta y la demanda. Si bien, la mentalidad general es que este bien se concibe como si sólo pudiera revalorizarse y nunca depreciarse. En esta mentalidad colectiva y financiera que da un valor especial a la vivienda con respecto a la acción vamos a encontrar uno de los obstáculos que están obstruyendo la salida de la crisis por vía, no necesariamente de la pérdida de valor de la vivienda, pero sí de la pérdida del sobrepeso especulativo que es el quid de la cuestión. Porque todos los poseedores de acciones-vivienda la consideran un valor al alza, pero un valor popular al alza, por lo que la resistencia a apreciarla en su valor real es popular y financieramente universal. Sin embargo, como en el caso del oro, aun siendo un valor seguro, si no es asequible a los potenciales compradores y rentable para los especuladores deja de circular y entonces su valor real es imaginario y su capacidad para ser motor del crecimiento económico, nula.

El modelo de crecimiento basado en la construcción de viviendas creando un mercado de viviendas se disparó al alza cuando los especuladores vieron en la inversión en este producto un gran negocio. De manera que, junto con aquellas personas que compraban la vivienda para vivir un porcentaje posiblemente superior de especuladores la compraron porque era más rentable que la bolsa y un valor seguro. Ocurrió algo que ya anunciaba su futuro desplome que millones de personas normales se transformaron en especuladores con la esperanza de hacerse ricos. Todo ello favorecido por los bajos tipos de interés y por el estímulo que los propios bancos estaban ofreciendo a los potenciales especuladores.

La dinámica de la demanda empezó a elevar el valor de la vivienda. Y esta subida actuaba como incentivo emocional para la banca y el especulador que se veía motivado a compra lo que todos compraban con la misma idea: ganar mucho arriesgando poco. Así el valor de la acción-vivienda creció muy por encima de su valor real y entonces empezó a fallar el otro componente para que una vivienda pueda ser un valor seguro: la persona que la compra solamente para vivir en ella. Sin este tipo de comprador antes o después tendría que acabar fallando la ilusión del enriquecimiento rápido.

Y este tipo de comprador que constituye más del 50% de los potenciales demandantes, resulta que son obreros, clases medias y trabajadores cuyo potencial adquisitivo está determinado por su sueldo. Y en el momento en el que la especulación ha colocado una vivienda popular por las nubes el especulador ya no la puede vender y por lo tanto no puede realizar sus esperados beneficios. Pero llegado al tope del alza los especuladores ya no compran viviendas porque alcanzado ese tope las posibilidades de beneficio a corto y largo plazo de deshacen como la espuma. Un producto es rentable para el especulador cuando su precio de partida es bajo, cuando éste está muy alto disuade a cualquiera que quiera invertir para enriquecerse rápidamente.

Y así, atrapados en esta dinámica llegamos al nudo gordiano del problema: que los especuladores no invierten porque la vivienda ya no deja un alto margen de beneficio y que el que compra para vivir, en su mayor parte, no puede comprar porque es inaccesible a su poder adquisitivo. Aquí se produce el bloqueo del modelo basado en la construcción o ladrillo. Momento en el que provoca el big-bang de este modelo. Y se produce la paradoja: como este modelo ha sido fomentado por la banca la explosión del mismo se la lleva por delante, de la misma manera como ocurrió en el crack del 29. Miles de especuladores y compradores no pueden pagar sus deudas a los mismos bancos que se las concedieron. Y éstos se transforman en poseedores de miles de viviendas que nadie puede comprar, pero cuyo valor no están dispuestos a devaluar para no perder beneficios. Y así, ellos mismos, bloquean la solución a su propio problema. La solución sería tan sencilla como hacer lo mismo que ocurre cuando el exceso de oferta reduce el valor de las acciones o lo que es lo mismo: descargar las viviendas del valor especulativo y devolverlas a su valor real. Pero antes muertos que renunciar al imaginario enriquecimiento especulativo. Si mantuvieran esa actitud indefinidamente, morirían aplastados por los escombros de su propia especulación-vivienda.

Pero, llegados aquí, empieza a producirse el milagro: los gobiernos, cual supermanes, corren alocadamente en auxilio del causante de la crisis: el sistema capitalista especulativo y, en lugar de cantarle las cuarenta y dejarle abandonado a su propia suerte, deciden recapitalizarlos. ¿Cómo? ¿Con qué? Con los dineros de los presupuestos públicos que proceden en su absoluta mayoría de los millones de ciudadanos impositores, los mismos, parte de los mismos, que se han arruinado o perdido sus viviendas. El pueblo acude, por intermedio de sus gobiernos, a refinanciar las deudas e ilusiones especulativas del sistema capitalista que, además de recibir las ayudas, se queda con las viviendas, que han perdido sus deudores, que los bancos no pueden vender porque no están dispuestos a perder beneficios. Pero, ¿no están recuperando “sus pérdidas-beneficios” gracias al auxilio generoso de los gobiernos? ¿No hubiera sido mejor solución reorganizar el propio sistema capitalista en perjuicio del capital especulativo y en beneficio del Estado-Sociedad de bienestar?

Pero, ¿quién es el motor del crecimiento: el capital especulativo o el trabajador consumidor? Aún no tienen esto suficientemente claro los gobiernos. Keynes sí lo tuvo claro.

Existen otras soluciones alternativas al sacrificio del bienestar social en beneficio del capital especulativo. Soluciones que perfeccionarán nuestro propio modelo, sin necesidad de recurrir, aún, a revoluciones políticas. La solución es fortalecer el nivel de vida de los trabajadores-consumidores.

En primer lugar, el sistema financiero debe purgarse pagando sus propios errores y no siendo recompensados por los gobiernos. Deben aplicarse sus propias leyes salvajes del mercado y sobrevivir el que pueda, pero, al mismo tiempo, hacer como ya hicieron los gobiernos laboristas o de coalición de izquierda en Inglaterra y Francia al finalizar la Segunda Guerra Mundial: nacionalizar la banca o potenciar una fuerte banca pública que compita a la baja con la privada. Como en otras situaciones, los bancos en crisis deben ser nacionalizados y reforzados con los presupuestos públicos. Nunca se deben utilizar éstos para fortalecer el sistema especulativo. Debilitar éste es una garantía necesaria para el Estado-Sociedad de bienestar. Lo hicieron y no pasó nada, bien cierto es que en un contexto de “guerra fría” o de temor a la revolución. Situación, ésta, en la que hoy día no nos encontramos ni por alusiones. Sin embargo Zapatero y otros gobiernos están haciendo todo lo contrario y lo hacen como la socialdemocracia alemana al finalizar la Iª Guerra Mundial, con la ilusión del colegial que corre alocado para caer en los brazos de su madre, para fortalecer el sistema capitalista financiero y especulativo a costa del Estado-Sociedad de bienestar.

Mientras tanto, debemos olvidarnos de que el modelo de crecimiento económico basado en el mercado de la vivienda ha quedado totalmente demolido. No sólo porque mientras el precio de la vivienda no se encauce en su valor real no habrá quien compre masivamente viviendas, sino porque los especuladores y la banca ya han comprendido que ese modelo no puede volver a repetirse. Como nunca más ha vuelto a repetirse la especulación de los tulipanes que arruinaron a miles de holandeses.

La vivienda debe ser tratada por todos los gobiernos como un bien social situando sus precios en el valor real de la construcción y garantizando que no se convertirá en una “acción” especulativa. La vivienda de construcción pública y social debe llegar a ser como la sanidad o la educación un derecho universal. Y mientras tanto las empresas privadas podrán construir cuantas viviendas quieran pero tendrán que ser competitivas con las públicas. Esta sería otra importante alternativa a la crisis.

Primero porque reactivando la construcción de este modelo público de viviendas se potenciaría el empleo y segundo porque a mayor empleo más trabajadores-consumidores que volverían a actuar como motores de la economía. Y tercero porque a mayor número de trabajadores- consumidores mayor demanda de otros productos y, en consecuencia, mayor actividad económica. Y en este contexto añadir una tercera alternativa: reducción de la jornada de trabajo a 35 horas.

Hace un siglo, desde que se redujo a 8 horas, que los sindicatos y la izquierda no han vuelto a reivindicar y conseguir esta medida. En el siglo XIX se fueron reduciendo las jornadas de trabajo desde 14, 12, 10, 8  horas, al mismo tiempo que fue aumentando la productividad y transformado al trabajador de un simple explotado, que sobrevivía con el salario de broce, en un trabajador consumidor. En plena crisis de los años treinta en Francia se aprobaron, contra la derecha, los acuerdos del Palais Matignon y la clase obrera y el propio sistema que la sigue explotando desde los orígenes de la revolución industrial han mejorado su situación. Si existen estos referentes históricos, económicos, políticos y sociales ¿por qué se empeñan los gobiernos y Zapatero en ir para atrás como los cangrejos?

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