El comunismo trasnochado

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Los que me conocen saben que no soy sospechoso de convertirme en militante comunista en un futuro cercano, aunque siempre he reconocido, en público y en privado, las bondades teóricas, que no prácticas, de un sistema económico y social cuyo objetivo último es la máxima equidad entre los ciudadanos, un sistema que quedó herido de muerte durante la crisis de la Unión Soviética y que ha fallecido definitivamente en la actual crisis financiera que sufre el capitalismo.

Porque el comunismo no nace como teoría independiente, sino como antagonismo al capitalismo, anticipando su destrucción y con ello el surgimiento de una fuerza social que llevaría a los ciudadanos de a pie a dominar los medios de producción, pero en los últimos años hemos asistido a la convalecencia del capitalismo como lo conocemos a la vez que el comunismo ha seguido en la sombra, sin una fuerza motriz que le llevara a liderar un camino diferente.

Una noticia que lejos de ser positiva condena al mundo actual a los grilletes del pensamiento único del capitalismo, reconvertido en los últimos tiempos en un eclecticismo capitalista llamado neoliberalismo económico cuyos fundamentos son iguales a aquél aprovechándose, a su vez, de las nuevas tecnologías que facilitan las transacciones financieras transnacionales.

El comunismo, trasnochado, o no, debería de estar presente siempre en nuestras vidas como la conciencia del jugador profesional, para recordarnos a cada instante los verdaderos valores morales y sociales a los que debemos tender y que nunca debemos olvidar. La equidad debe de ser el objetivo último de cualquier sistema económico, llámese capitalismo o comunismo.

Para ello deben de existir los gobiernos elegidos democráticamente por el pueblo, gobiernos con la fuerza suficiente como para regular las ineficiencias que el sistema capitalista provoca, uniéndose con otros gobiernos para conformar organizaciones transnacionales que puedan hacer frente al capitalismo transnacional que nos inunda, también llamado globalización, porque los gobiernos autocráticos o los gobiernos puramente nacionales acaban por naufragar, o bien en la corrupción o bien en la incapacidad efectiva para frenar el poder del capital.

El capitalismo se ha convertido en el modelo económico que se ha mostrado como más eficaz para gestionar nuestras sociedades, habida cuenta de la mezquindad humana, pero ello no significa que se le deba conceder absoluta libertad para sus tejemanejes, sino que debe de ser controlado por el sistema democrático, donde cada persona tiene un voto, a diferencia del capitalismo, donde es cada euro el que tiene un voto.

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