Yo también soy ludita

0
86

LA CORREHUELA

Permítanme la introito de esta columna para hacer una proposición de cultura cinematográfica. Y sin cobrar derechos de SGAE. Visto el sudario de pereza o falta de imaginación con que andan cubiertas las cabezas pensantes de los guionistas de cine últimamente, y siguiendo la vieja táctica del “más vale malo conocido”, recomiendo hacer un remake de La Cabina, trasladado a tiempos modernos, titulado El Cajero.

 Imagino, puestos en guión, a un abuelillo de garrocha y pensión (ese extraño emolumento que tiende a la desaparición) con su cartilla bancaria. Lo imagino llegando a primeros de mes a actualizar movimientos de la libreta a la entidad de turno, a sacar el dinero en efectivo para la pescaílla y el pote de vino, para la luz de medio gas y para el gas de medio pelo. Lo imagino guardando, como antaño, la cola interminable ante el señor cajero, don Braulio, “el de toda la vida”, “el que sabe lo que gano y lo que gasto”. Lo imagino haciendo el cálculo de la perra gorda con los dedos, “tanto para la apuesta del julepe”, “tanto para la paga acumulada de los nietos”, “tanto para dejarlo en el colchón por si las moscas”. Pero cuando le llega el turno de revisor, don Braulio, que ha ido mermando con los años, echa un vistazo a la cartilla del abuelo y proclama la sentencia de los entes superiores.

 – Esto ya no puedo hacerlo yo. Tiene usted que gestionarlo en el cajero automático.

 La evidente respuesta del abuelo podría ser: “Pero si toda la vida lo hemos hecho así. Tú me actualizas la libreta, me das 300 euros para los gastos y el resto lo dejas ahí para el idem, o sea para los restos”

 Pero Braulio se encoge de hombros y alega la del soldado mandado a la trinchera o la del mercenario de la CIA, un poco mustio, aquello de: “Lo siento, son órdenes de arriba”

 El abuelillo, un poco alicaído, se marcha al cajero a hacer su test de windows para la tercera edad, buscando un alma caritativa que le ayude con la encomienda. La cola de los que hacen turno frente a la maquinita comienza a impacientarse, chasquean los labios y patean el brillante suelo de mármol de la entidad.

 – Venga, hombre, que no tenemos todo el día.

 La operadora digital pide la clave, la huella dactilar y el código pinpuk de la factura de Iberdrola, preguntando, como bien adiestrada que está, si “desea continuar” o “volver a la pantalla inicial”. La cola, deshumanizada, se impacienta más y más; pasa de chistear a imprecar mientras el hombre se aferra cada vez con más fuerza a su garrocha. “El lector no detecta su código de barras”. La factura del gas “natura” se resiste a ser abonada. “Su saldo ha sido retenido. Consulte a la entidad”. La fila se ha ido deshaciendo como un azucarillo en busca de otro cajero servired a 0,80 de comisión que no haya sido copado por la ineptitud de nuestros mayores. “Si quiere comprar entradas para el concierto de David Bustamante, pulse continuar”. Jamás don Braulio ofrecería semejante necedad. Impaciente, la máquina señala por colores, por si el Alzheimer, la tecla verde de continuar o la roja de cancelar. “Operación cancelada, retire su libreta, gracias”. Vuelta a empezar.

 Tres días después, nuestro abuelo es rescatado por los bomberos atendiendo a una llamada por la Ley de Mendicidad, que manda expresamente que nadie puede pasar la noche en un cajero automático. Aunque pele la fresca. Cuando vuelve a casa, la luz ha sido cortada, el gas ha entrado en tercer aviso y hay una nota de Mariano el de la tasca pegada con celo en la puerta que ha repartido las cuentas pendientes. También hay otra carta en el buzón, traída por el mensajero del futuro, que leída al trasluz de la vela dice:

 “BBVA le da las gracias por confiar en nosotros. Durante el año 2010 hemos aumentado nuestro beneficio en un 9,4% con ganancias atribuibles de 4.606 millones de euros. Adelante”

 Al día siguiente, un titular de periódico acompaña a las magdalenas en el desayuno.

 “Abuelo se lía a palos con un cajero”.

 Y en entradilla:

 “El director de sucursal alega que don Braulio se encuentra grave pero estable en el hospital. Y que lo sucedido confirma que la nueva norma de cambiar personas por máquinas es la adecuada. Si la somanta se la hubiera llevado el cajero automático, la hubiera resistido sin problemas por su composición metálica. Vamos por el buen camino. Adelante”

 Si alguien quiere copia del guión sólo tiene que enviar la frase “YO TAMBIÉN SOY LUDITA” al 35554.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here