Ponga una central nuclear en su vida

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Tras la catástrofe nuclear en Japón, gobiernos y países pronucleares han pisado el freno y comienzan, de repente, a lanzar discursos tranquilizadores  a  la ciudadanía. Apelan a la seguridad de sus centrales y a la revisión de sus políticas nucleares, aunque tras esa prudencia escondan intereses electorales.

A pesar del peligro evidente, casi nadie plantea seriamente el cambio de modelo energético. Quince de los veintisiete países de la Unión Europea tienen centrales atómicas, con Francia y Reino Unido a la cabeza. Otros, como Austria, la consideran tan peligrosa que señalan en su constitución que son un país no nuclearizable. Otros países la importan y se benefician de ella pagando un alto precio.

Los defensores de la energía nuclear siempre argumentan lo mismo: “las centrales son seguras”, aunque luego esos niveles de seguridad, como se está comprobando estos días en Japón,  se vayan rebajando hasta llegar a niveles de máximo peligro. Ocurrió en Three Mile Island, en Chernóbil y ahora en Fukushima, donde hubo un momento en que se abandonó la central a su suerte por el inminente peligro que corrían sus técnicos, ni que decir del resto de la población, que huían del desastre como podían. Hay que tener en cuenta que Japón es una de las sociedades más organizadas y modernas del planeta.

Para los defensores de este modelo no hay otra alternativa. Para ellos las energías renovables carecen de credibilidad. Despreciarlas forma parte del discurso, aunque es cierto que poco a poco lo van moderando, por lo menos de cara a la sociedad. Hablan de diversificación, aunque en la trastienda siguen apostando a caballo ganador e imponiendo el uso civil y beneficioso del uranio.

Además, suelen subrayar la incapacidad de las energías verdes a la hora de hacer frente a las necesidades de las sociedades con gran capacidad de consumo. Ese es otro de los argumentos que usan los pronucleares para seguir construyendo centrales o alargando sus vidas. “Sin la energía atómica no podríamos mantener este nivel de crecimiento y de consumo”, argumentan para perpetuar el modelo.

Tampoco se pueden olvidar los reproches que hacen a las subvenciones que algunos gobiernos dan a las energías renovables. Las nucleares tienen fuertes grupos de presión apoyadas por políticas neoliberales. No deja de ser un ejercicio de cinismo e irresponsabilidad. ¿Acaso la energía nuclear, a pesar de todas sus enemigos, no ha sido protegida y subvencionada durante años para estar donde está ahora?

Hace unas semanas, el ex presidente del gobierno español, José María Aznar, sostenía  que “las nucleares proveen de una energía limpia, que no emite CO2, de una energía barata, que no merma la competitividad de la industria cargándola con los sobrecostes de unas primas descontroladas, y de una energía que asegura el suministro de electricidad sin altibajos en su continuidad derivados de fenómenos atmosféricos”. Se podría traducir como: “Ponga una central nuclear en su vida”, pero el señor Aznar no hace ninguna consideración respecto a los peligros que entrañan sus residuos, y la dificultad que tienen las autoridades en controlar, cuando ocurren, los escapes radioactivos que se mueven al antojo de los vientos e infectan a ciudadanos a cientos de kilómetros al modo de una polinización venenosa. Una nube tóxica es difícil de atajar. ¿Acaso el hombre puede ponerle aduanas o redes al cielo?

En los medios de comunicación se dice que hay que hacer caso a los expertos y no opinar y “hacer sangre” en este momento tan delicado para el pueblo nipón, pero la sociedad mundial está preocupada. Después de algunos años en los que han estado lavando la cara a las centrales nucleares, el fantasma radioactivo golpea de nuevo.

Todavía no se sabe cómo va reaccionar la civilizada y estoica sociedad japonesa cuando salga del desastre. Es posible que sopesen nuevas alternativas de futuro en el plano  energético y de desarrollo. Quizá este triste punto de inflexión sea un buen momento para que la sociedad tome las decisiones necesarias para crecer de forma sostenida, limpia y segura. Las futuras generaciones lo agradecerán.

David García Martín

Periodista

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