Confesiones de un voluntario

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Llegué como voluntario al Teléfono de la Esperanza hace ya 25 años. Era profesor de Filosofía en un Instituto de Madrid y en mis clases siempre trataba de trasmitir a los jóvenes mis convicciones acerca de la dignidad de los seres humanos y de la necesidad de despertar en nosotros actitudes de solidaridad. Especialmente con los más necesitados, con los que se pudieran sentirse más abatidos y más solos. A través de un amigo entré en contacto con el Teléfono de la Esperanza y creí que ese podía ser un buen lugar para pasar de la reflexión teórica, lo que yo ya venía haciendo con mis alumnos, al compromiso práctico en una actividad de solidaridad que se ajustaba a mi formación humanística, mis conocimientos de psicología, a mi experiencia y creía, modestamente, que también a mis capacidades.

A lo largo de todos estos años me he sentido sobradamente compensado de mi discreta contribución con esta, para mí, muy querida institución, por todo lo que me han enseñado tantísimas buenas gentes que han depositado en mí su confianza. Primero como orientador al teléfono y luego como terapeuta familiar.

Siempre sentí el peso de la responsabilidad cuando al otro lado del hilo telefónico percibía la voz de un desconocido que me hacía depositario de sus angustias, de sus miedos, de sus soledades, de sus experiencias de fracaso… Buenas gentes a quienes nunca pude ponerles rostro pero que acudían a nosotros, en este caso a mí, voz del Teléfono de la Esperanza en ese momento, con la confianza de hallar un modesto bote salvavidas que les permitiera mantenerse a flote en medio de las tempestades por las que se sentían zarandeados.

Sigo sintiendo el peso de una responsabilidad abrumadora cada vez que me pongo delante de una pareja o de una familia que llega a mi despacho en busca de ayuda que le permita hallar una salida al complejo laberinto de relaciones disfuncionales en el que se sienten atrapados.

Siempre he creído que la responsabilidad de quienes nos adentramos por el universo de las emociones de nuestros semejantes, quienes intentamos sanar las heridas de sus almas y tenemos acceso a los vericuetos de sus corazones, no tenemos un oficio más liviano ni una tarea menos comprometida que quienes se afanan por curar las dolencias del cuerpo…

Y me siento discretamente satisfecho… He descubierto que los placeres humanos están jerarquizados, que se equivocan quienes llegan a creer que lo material es la principal fuente de felicidad y que nada es comparable a la satisfacción que experimenta un hombre o una mujer cuando ejerce la solidaridad con sus semejantes, cuando contribuye a paliar un sufrimiento, cuando logra despertar una sonrisa o hacer brotar una esperanza. Yo sé que, a veces, lo he conseguido, que algunas de las personas que entraron en contacto conmigo encontraron vías de solución de sus problemas, que otras descubrieron, a mi lado, modelos de relación más sanos y más funcionales, que hubo parejas que, tras años de desencuentros, volvieron a redescubrirse… Eso me hace feliz. Pero sobre todo me siento contento porque este trabajo me ha humanizado, me ha estimulado a trabajar cada día para ser mejor persona y para estar atento y no errar más de lo razonable en las relaciones con mi mujer y con mis hijos. De ellos he recibido a lo largo de todos estos años comprensión y estímulo. Han vivido mis experiencias como propias y han compartido mi propósito de tender una mano a quienes a lo largo de los años han mantenido contacto terapéutico conmigo. A mi mujer, particularmente, le agradezco su comprensión, su tolerancia y su generosidad por no reprocharme nunca las horas que, sustrayéndoselas a ella, he dedicado a los demás. Ella, se puede decir, también ha sido voluntaria… Seguro de su apoyo, me propongo seguir en la brecha tratando de poner mi granito de arena para que las gentes que se acerquen a nosotros se sientan acogidas, comprendidas y respetadas, y encuentren así alguna clave que les permita madurar como personas y ser, en definitiva, más felices.

José María Jiménez

Catedrático de Filosofía

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