Capacidad de indulgencia

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Soy un hombre afortunado. Trabajar día a día con los pacientes me permite aprender lo que bibliotecas enteras no podrían enseñarme en años. Una de ellas es la capacidad de indulgencia hasta extremos insospechados. Porque el niño gordito que, a pesar de que notas que te escuchó y te aprecia, te engorda tres kilos por consulta y sigue viniendo esperando consuelo y ánimo, tiene un problema que no tiene que ver con la comida y lo hace comer. Porque el esquizofrénico que mata a su madre es un enfermo que necesita tratamiento, y no sabía lo que hacía. Porque el fumador que llora en la cama de urgencias tras un infarto cerebral necesita muchas cosas, excepto un “te lo dije”.

Cuando las personas descubren que se han equivocado se muestran con su más genuina bondad… porque se arrepienten de lo hecho, porque ven las consecuencias de sus acciones, porque ponderan las mejores alternativas que se fueron y no volverán. Y lo cambiarían todo.  Eso para mí es suficiente, aunque vuelvan a caer, porque sé que un corazón bueno puede pulsarse si es necesario, y su música será armónica con el resto de corazones buenos del mundo en el momento oportuno. No pienso, ni creo. SÉ que, más o menos explícitamente, todos somos buenos (salvando uno o dos psicópatas entre cientos de miles).

¿Elimina esto la punibilidad? No lo creo; pero sí que debemos plantear otros objetivos para la pena impuesta, porque debe haber retribución por el daño, no sólo arrepentimiento. La secuencia del católico para la reconciliación (Examen de conciencia / Dolor de los pecados / Propósito de enmienda), podría ser aplicable al resto de la humanidad, siempre y cuando nos saltemos al confesor y se cumpla la penitencia: la retribución a los dañados, y, si es posible, con la‘restitutio ad integrum’. Sólo así es posible avanzar. Me equivoqué, lo siento, pago por ello al dañado, y ayudo a que nadie vuelva a equivocarse. Aquí, entre nosotros, sin que tengamos que esperar etéreos terruños donde de las piedras mana leche y miel. Si de verdad existen, seguramente no debe haber mejor manera de ganárselos; y si no, habremos vivido de la mejor forma posible.

Teodoro J. Martínez

Médico, especialista en Pediatría

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