Las izquierdas, presencias y ausencias ante la situación actual

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El Estado-Sociedad de bienestar, inserto en la democracia capitalista, es una ilusión. Ilusión creada durante el período de tensión internacional, que caracterizó a la Guerra Fría, como consecuencia de las conquistas del movimiento obrero internacional, a la ofensiva al terminar la IIª Guerra Mundial y como inevitable concesión del capitalismo para contener, en el Estado democrático, la potencial amenaza del proletariado. Desaparecido el contexto internacional de la Guerra Fría, integrado el proletariado en una conciencia que le es ajena, la conciencia nacional, y desmovilizado, esa ilusión comienza a disiparse. A esta tarea están encomendadas, en alianza global, las derechas y algunas socialdemocracias. La nación sigue siendo un anacronismo. La patria es el mayor obstáculo en el desarrollo de los intereses de los oprimidos y de la esperanza posible y necesaria en el progreso.

Nos encontramos en una situación social objetiva de efervescencia de la lucha de clases y sin embargo la sociedad parece vivir en calma porque mientras que el capital financiero y especulativo ha pasado a la ofensiva contra el bienestar social brutalmente a saco el proletariado y el pueblo permanecen desmovilizados. La vieja contradicción entre teoría y práctica que tomó cuerpo en el reformismo político podría tener sentido si la política de izquierdas “reformase el capitalismo” en beneficio de los trabajadores y del pueblo fortaleciendo y ampliando el Estado-Sociedad de bienestar, el poder adquisitivo y la reducción de la jornada de trabajo, que probablemente reformarían el sistema de explotación capitalista pero, en contrapartida, fortalecería la posición económica, política y cultural del proletariado y el pueblo. Quienes como productores y consumidores forman parte del sistema económico y pueden transformarlo desde su propia y necesaria perspectiva.

Sin embargo, lo que viene haciendo la socialdemocracia, sin que a su izquierda aún hayan despertado del sueño de la revolución de Octubre actualizándose a la realidad actual, no es ni tan si quiera “reformismo”, sino fortalecimiento de los intereses y beneficios del capitalismo financiero y especulativo a costa de ir recortando el bienestar social. No puede extrañarnos, aunque debería escandalizarnos, que los banqueros proclamen, en pleno desplome del bienestar social y ante la mirada esperpéntica de millones de desempleados y de millones de jóvenes sin perspectiva dentro de este sistema, que se han enriquecido. ¡¡¡Enriqueceos!!! a río revuelto y con el apoyo de los gobiernos, es la doctrina ofensiva, insultante y brutal que ha puesto la lucha de clases en la orden del día.

Sin embargo, ¿qué hace la clase política situada a la izquierda de esos parlamentos, que cada día se parecen más a pesebres? Esos funcionarios a sueldo que como parlamentarios desde su posición privilegiada ofensiva y despreciativa hacia aquellos en cuyo nombre se han encumbrado y contra cuyos intereses hoy toman medidas, participan de la consigna puesta de moda por el capitalismo: ¡¡¡Enriqueceos!!! Pero todo esto se podría cambiar tomando conciencia de su fanfarronería, denunciándola ante el pueblo y por medio del voto echarlos de sus escaños.

Hubo una vez una izquierda progresista porque proponía la revolución política, económica y cultural de la civilización milenariamente explotada por cuantas clases dominantes se han ido sucediendo en el ejercicio de la dominación. ¿Existe hoy esa izquierda? ¿Dónde? La tradición siempre ha sido el enemigo del progreso económico, político, cultural y sexual. ¿Lo sigue siendo hoy día? La tradición fue y es la conciencia reaccionaria de las seculares y milenarias clases dominantes, amparadas y protegidas por los dioses y sus religiones monoteístas. ¿Lo sigue siendo hoy día? La tradición es la caverna en la que se refugian los enemigos de la libertad política, económica y sexual. Refugio desde el que pasan a la contrarrevolución cuando creen que sus enemigos están debilitados. ¿Somos conscientes de que nunca aceptarán la democracia ni el Estado-Sociedad de bienestar porque, aun siendo ésta un sistema de dominación capitalista, no deja de ser un repliegue frente a la ofensiva de las libertades y una derrota del capitalismo, del autoritarismo y del monoteísmo?

La izquierda de la posguerra empezó, de una manera rutinaria, a caer en la trampa de identificar bienestar con capitalismo, democracia política como victoria final, hedonismo con perversión, tradición con revolución de tal manera que fue perdiendo sus referencias ideológicas progresistas por otras tradicionalistas. En nombre de la tradición, en nombre de la lengua, de la raza, de la tierra, de la cultura tradicional o de la nación la izquierda pretende combatir el capitalismo. Pero ¿es que no es esa tradición, es que no son esos valores los propios de la reacción, de la contrarrevolución? Estamos atrapados en una confusión ideológica en la que apoyando todo lo que está contra los gobiernos occidentales defendemos todo lo que está contra los derechos individuales.

El primer síntoma de esta confusión se pone de manifiesto ante la desunión política y sindical de la izquierda europea frente a la unidad de acción internacional, global, del capitalismo financiero y especulativo, a cuyo servicio se han puesto todos los gobiernos europeos, incluidos los socialistas. Vivimos en el apogeo del capitalismo, en el límite de su expansión alcanzado desde su big-bang. La burbuja revienta por todos sitios y cierta  izquierda reacciona poniéndole parches.

Como ya hicieron los socialistas alemanes tras la Iª Guerra Mundial, en lugar de rematar el capitalismo, la izquierda se reagrupa en torno a identidades nacionales tras las cuales se dedica a salvar el sistema. Pero para salvar el sistema es necesario renunciar al Estado-Sociedad de bienestar y luego habrá que renunciar, en nombre del sistema, a las libertades políticas y progresivamente a los derechos individuales. El proceso parece indicar que regresamos lentamente al principio, hacia posiciones de los comienzos de la revolución industrial: más horas de trabajo, salarios más bajos, jubilaciones más tarde, hasta que la muerte las haga innecesarias, sanidad cutre, enseñanza elemental, precariedad en general…síntomas de fortalecimiento del capital y sus aliados y de debilitamiento de las conquistas sociales, políticas y culturales.

Muchos sindicatos y partidos de izquierda actúan defendiendo posiciones nacionalistas pensando que, ellos al menos, se salvarán de la crisis. Que caigan los otros lo sienten como algo ajeno a nosotros. Olvidamos, sin embargo, que todos los trabajadores, que todas las izquierdas, que todos los progresistas sobrevivimos en cadena. De manera que no basta para salvarnos que seamos la parte más fuerte de la cadena porque si se rompe la más débil, se rompe la cadena. Porque si quedaran uno, dos o tres países en mejor posición que los demás, habrán quedado aislados del resto y el asalto final del capitalismo sobre estos islotes será, definitivamente, total.

Frente a esta reacción podemos reaccionar. De hecho deberíamos estar permanentemente en guardia. Y nuestra mejor arma es la defensa de los derechos individuales porque éstos son políticamente peligrosos. Su ejercicio en cuanto que afirma y consolida la libertad es una amenaza para la ideología de derechas, cuyos valores se encuentran más allá de la libertad en el Poder autoritario.

Otro síntoma de confusión ideológica se pone de manifiesto cuando en simpatía con los gobiernos enemigos del imperialismo, del capitalismo financiero y especulativo, creemos que sus enemigos son nuestros enemigos. Y la pregunta es ¿cómo es posible que en nombre del anti-imperialismo seamos aliados de los enemigos de la libertad y de los enemigos de los derechos individuales? de los gobiernos que por muy anti-imperialistas que sean no dejan de ser enemigos nuestros porque son gobiernos teocráticos, autoritarios, dictatoriales que mantienen explotados a sus súbditos. Son gobiernos autoritarios, patriarcales, antifeministas y homófobos.  Y la ironía de la historia es que estos gobiernos desde su anti-imperialismo doctrinario e ideológico favorecen la explotación del capitalismo especulativo dentro de sus propias fronteras.

Esta dialéctica entre el imperialismo y capitalismo financiero y especulativo y el anti-imperialismo doctrinario beneficia a ambos extremos ya que, lejos de repelerse se complementan para explotarnos ya sea dentro de los regímenes democráticos, haciéndonos creer que somos demasiado felices en comparación con los otros, y dentro de los sistemas autoritarios haciéndoles creer a sus desheredados súbditos de la tierra que los causantes de su miseria son las democracias no quienes les gobiernan, dueños de todas las riquezas de sus países. Entre el emperador y la amenaza de Atila los perdedores siempre serán quienes están bajo el yugo del uno o del otro. Por eso el error de los súbditos siempre será creer que el enemigo de nuestros amos es nuestro amigo.

Frente a las clases explotadoras nacionales o imperialistas todos los ciudadanos, todos los pueblos del mundo, todos los súbditos de las autocracias somos Guernica. Ante la imagen del cuadro de Picasso se me viene a la cabeza una escalofriante descripción de la matanza que los fascistas españoles hicieron el año 1936 en la plaza de toros de Badajoz. En el libro “Guerra y vicisitudes de los españoles” escribe Zugazagoitia: “¡Qué verbena de sangre y de horror homicida! Hay que dejar a la imaginación del lector, para no perder la angustia de cada detalle, que reconstruya ese teatro de muerte, variada y distinta en cada víctima, según su temperamento y su genio, hasta el momento de aumentar con su cabeza y su tronco, con sus brazos y con sus piernas, el inmenso  montón de cadáveres sin paz, al que las ametralladoras, en sus equivocaciones de tiro, seguían asestando abanicos de plomo. ¿A qué numen sanguinario se ofrendó ese sacrificio? La respuesta debe deducirse de los silencios. Silencio de la voz católica. Silencio de la voz diplomática. Silencio de la voz militar. Silencio de la voz civil. ¿Cobardía? La cobardía es una forma de complicidad. La complicidad más abyecta.” Y añado yo, ¿Acaso no miran las izquierdas hacia otro lado ante la opresión política, económica y moral de los súbditos, porque son súbditos que no ciudadanos, de los países dominados por autocracias más allá de nuestros recintos democráticos?

Las izquierdas progresistas deberían dejar claro a la opinión pública en sus países y en los países invadidos que su defensa de la libertad, del ejercicio de los derechos individuales, no puede confundirse con el apoyo a las autocracias, dictaduras y teocracias de los países invadidos o enemigos del imperialismo. Hay que lanzarles un mensaje de esperanza especialmente ahora que nos han dado la lección de que ellos, los pueblos oprimidos por las autocracias y el imperialismo, también quieren democracia. Más democracia y menos tradición. Han desbordado las especulaciones de quienes desde posiciones de izquierda creían que debía respetarse la tradición de estos pueblos cuando lo que empiezan a reivindicar, como los trabajadores y revolucionarios desde el siglo XIX, democracia y libertad. Aunque también debería reivindicar una revolución económica y social.

El tercer elemento que pone de manifiesto la confusión ideológica de la izquierda es su tradicional indiferencia hacia la revolución sexual porque, excepto los anarquistas, las izquierdas de origen marxista nunca han reivindicado ni luchado, a priori, por la libertad sexual. Si hiciéramos una reflexión sobre los grandes cambios morales que se han producido después de la IIª Guerra Mundial, veríamos que éstos se produjeron desde la periferia del Poder y desde la periferia de las izquierdas, en cualquier parte del mundo. Podemos enumerar la conquista del divorcio, del aborto, de los anticonceptivos, del feminismo, de la homosexualidad, de los vaqueros, de la minifalda, del tanga, del desnudo, de la pornografía, de las vacaciones, de la sensualidad, del amor libre, del movimiento hippy, del cine, de la música rock, de los Beatles, de Jackson, de Madonna, de Lady Gaga…en torno a los cuales cientos de millones de personas han aprendido a ser libres y hasta felices, sin que la izquierda haya protagonizado ni tan si quiera reivindicado, a priori no a posteriori, estas grandes conquistas, que ahora, ante la ofensiva del capitalismo financiero, apoyado por las religiones monoteístas, cristianismo, catolicismo e islamismo, podremos perder, si no sabemos defender. Y para defenderlos hay que tomar conciencia de esta amenaza y movilizarse no solo en la calle sino en los medios. Y quiero aprovechar para hacer una reflexión sobre la importancia de los medios de comunicación porque la mayoría de éstos están bajo control de la reacción. Es necesario potenciar indefinidamente estos medios desde posiciones alternativas a la reacción.

¿Es importante, es urgente, es necesario que junto a la revolución política y económica se reivindique la revolución moral que no es otra cosa que la libertad sexual? ¿No es acaso la libertad sexual una revolución política? ¿No sería conveniente volver a Freud, volver a Fromm, volver a Marcuse, volver a Reich como quien retoma los clásicos como referentes ideológicos? Pero, ¿acaso si todas las mujeres musulmanas, ejerciendo un derecho que no tienen, el de la libertad de conciencia, decidieran vestirse, casarse, amarse como y con quien les diera la gana, no sería ese gesto una revolución política? Se desplomarían todas las teocracias y dictaduras estatales y patriarcales que las han mantenido explotadas, embrutecidas, privadas de placer durante siglos. Y ¿qué hacemos? En nombre de la tradición nos hacemos comprensivos con quienes las embrutecen. ¿Tampoco entendemos, aunque sólo fuera por nuestro propio interés, que su explotación política, económica y sexual es una amenaza permanente contra nuestras libertades? Ya que el cerco sobre éstas lo cierran, dentro de las democracias, las fuerzas conservadoras, dirigidas por el cristianismo y el catolicismo, con sus valores y leyes de protección de la moral reaccionaria.  Y la reacción moral también está en marcha en Europa.

Seguimos viviendo dentro de una gran paradoja. Esa a la que ya se habían referido Reich, Fromm o Marcuse: ¿cómo es posible que las clases explotadas tengan los mismos valores que las clases que las dominan? Es necesario romper esta servidumbre sadomasoquista hacia quienes nos explotan y aquí es donde la revolución moral fundamentada en la libertad sexual encuentra su importancia estratégica y su razón de ser en la lucha contra esta forma de dominación. Marx, de una manera muy abstracta, había dicho que la ideología dominante es la ideología de la clase dominante, Bakunin de una manera más concreta declaró que las religiones tienen como misión formar súbditos en función de las necesidades de la clase dominante.

Vivimos en una gran confusión ideológica porque vivimos atrapados en una moral: la moral de la clase dominante. A pesar de que la izquierda progresista fue materialista e ilustrada y en términos políticos anticlerical hasta la IIª Guerra Mundial, al menos. En la posguerra y durante la “Guerra Fría”, por errores estratégicos, se fue adaptando en un proceso de cristianización de los partidos de izquierda a la moral dominante que, como la ideología que la contiene, es la de la clase dominante. La paradoja es que en la medida en la que las izquierdas se debilitaban ideológicamente ante el fenómeno religioso éste, en sus iglesias, se fortalecía tomando fuerza de aquella debilidad. Entonces ¿a quién benefició la estrategia de cristianización de las izquierdas sino a la derecha, a las Iglesias cristianas?

Un grave error de las izquierdas, con la excepción de los anarquistas, desde el siglo XIX hasta el día de hoy, y el marxismo teórico y político también cometió ese grave error, como lo cometieron, desde otras perspectivas Freud, W. Reich, Fromm, Marcuse y hasta, por lo que se conoce, Foucault, fue que no entendieron porque no analizaron la función estratégica tan importante que las religiones monoteístas tienen en los Estados no democráticos, e incluso en los democráticos. Gramsci habló de los aparatos ideológicos pero tampoco investigó la importancia del fenómeno religioso, como hecho autónomo, en el reparto de funciones en los Estados no democráticos.

No ha sido la clase dominante en cualesquiera de sus formas de explotación económica y de gobierno desde la Antigüedad hasta hoy la que ha elaborado una ideología adecuada a sus intereses. Con la fuerza militar y el derecho les bastaba para dominar y no necesitaban justificar intelectualmente su brutalidad.

Esa fue y sigue siendo la función de las religiones monoteístas. Son ellas las que asumieron la elaboración de una ideología, contenida en sus sistemas de valores, para legitimar la explotación, el Poder explotador y formar súbditos en función de las necesidades de las clases explotadoras. Todo esto está contenido en sus dogmas. Dice León XIII en su encíclica “Rerum novarum”: “preciso es que las muchedumbres sean contenidas en su deber, porque si la justicia les permite por los debidos medios mejorar su suerte, ni la justicia ni el bien público permiten que nadie dañe a su prójimo en aquello que es suyo y que, bajo el color de una pretendida igualdad de todos, se ataque a la fortuna ajena.  Verdad es que la mayor parte de los obreros querría mejorar su condición mediante honrado trabajo y sin hacer daño a nadie; pero también hay no pocos, imbuidos de doctrinas falsas (socialismo y comunismo) y afanosos de novedades, que por todos medios tratan de excitar tumultos y empujar a los demás hacia la violencia. Intervenga, pues, la autoridad pública: y, puesto freno a los agitadores, defienda a los obreros buenos de todo peligro de seducción; y a los dueños legítimos del de ser robados”…

Las religiones monoteístas tienen esa función: controlar a las masas y ponerlas al servicio del Poder. Además de legitimar el Poder autoritario y la explotación política, económica y social. Estas religiones, y de una manera especial las cristianas y la católica, se han repartido las funciones dentro del Estado. Su función es adoctrinar a los pueblos según la doctrina cristiana. En los concordatos firmados entre el Estado español, por ejemplo, y el Estado teocrático Vaticano queda claramente delimitada la función de cada uno. Si leemos los artículos 26 y 27 del actual Concordato franquista, inconstitucionalmente, escandalosamente vigente en España, podremos comprobar este reparto de funciones.

Pero su instrumento de dominación, el que da contenido a la doctrina cristiana, son sus valores. Esos que configuran su moral. Y ésta está construida a partir de un argumento estructural: la necesidad de reprimir el placer sexual como vía para alcanzar la perfección, esto es: la castidad y la virginidad. Pero, claro, esta disciplina, autodisciplina, tiene un objetivo: transformar a los ciudadanos en súbditos de la clase dominante y del Poder. Y unas consecuencias: formar un carácter sadomasoquista, según Reich, Fromm o Marcuse. Sadomasoquista y resignado, servil, dócil, obediente y, por supuesto, sufridor, porque, como narra Orwell en su desoladora novela “1984”, sólo cuando las víctimas asumen el sufrimiento como algo propio el Poder puede decir que domina absolutamente a sus propias víctimas.

Las izquierdas tienen que elaborar, reelaborar sus propios valores, su propia moral alternativa a la monoteísta, y sin necesidad de enfrentarse directamente con los monoteístas, sin necesidad de hacer una manifestación explícita de anticlericalismo, si esto les asusta, es suficiente con defender el ejercicio de los derechos individuales,  y pongo el acento no en la proclamación sino en el ejercicio, contra la moral monoteísta y contra la ley, que desde la inconstitucionalidad la protege. Defendiendo el derecho a la libertad de conciencia y a la libertad sexual se estará combatiendo la moral monoteísta, cristiana y católica o musulmana que forma súbditos en lugar de ciudadanos. ¿Acaso no gozan algunas izquierdas de la virtud cristiana del puritanismo? Sin duda resulta que muchas izquierdas son puritanas y el puritanismo es una forma de dominación del monoteísmo. ¿No deberían por empezar a hacer su propia revolución sexual a nivel individual? ¿Qué fue de aquéllos tiempos en los que las milicianas gritaban por las calles de Barcelona y Madrid “Amor libre” e  “Hijos sí, maridos no? ¿Nos escandalizan los recuerdos de una moral vencida por el nacionalcatolicismo?

Tal vez, sin duda, una de las tareas de la izquierda sea, debe ser, impulsar una revolución moral para poner fin a la presencia de la conciencia de la derecha por intermedio de la moral religiosa en las masas. La izquierda debe defender, universalmente, los derechos individuales, la libertad política, el fin de la explotación económica y la libertad sexual como fundamentos de la moral de la clase dominada. Pero los militantes de las izquierdas deberán empezar por hacer ellos su propia revolución moral para descubrir la influencia que sobre ellos sigue teniendo la moral religiosa. ¿Acaso no son miles de militantes de izquierdas autoritarios, patriarcales, antifeministas y homófobos, en su conducta irreflexiva? ¡Qué paradoja!

La defensa de la libertad de conciencia y la denuncia de la “agresión moral” son, hoy, frentes de lucha inevitables para desenmascarar los llamados “valores” morales de la derecha. Batalla que hay que dar en los tribunales y en el Parlamento donde se legaliza la “agresión moral” contra la libertad de conciencia, de religión y de pensamiento. Toda imposición religiosa o moral es una “agresión moral” contra los derechos individuales. Hay que conseguir tipificar de delito contra las libertades cualquier “agresión moral”.

Pero, además, si no es posible la revolución social porque no existen masas revolucionarias, las izquierdas deberían ir creando, al menos, las condiciones organizativas y el estado de conciencia necesario para que sepamos que el pueblo existe.

¿Por qué no se movilizan las izquierdas y los sindicatos en todo lugar contra las subidas de los impuestos y señalan con el dedo a sus protagonistas y beneficiarios?

¿Por qué no se movilizan las izquierdas y los sindicatos en todo lugar contra la subida de los precios y señalan con el dedo a sus protagonistas y beneficiarios?

¿Por qué no se movilizan las izquierdas y los sindicatos en todo lugar contra las subidas de los tipos de interés y señalan con el dedo a sus protagonistas y beneficiarios?

¿Por qué no se movilizan las izquierdas y los sindicatos en todo lugar contra la congelación de las pensiones y señalan con el dedo a sus protagonistas y beneficiarios?

¿Por qué no se movilizan las izquierdas y los sindicatos en todo lugar contra la congelación de los salarios y señalan con el dedo a sus protagonistas y beneficiarios?

¿Por qué no se movilizan las izquierdas y los sindicatos en todo lugar por la reducción de la jornada de trabajo, el aumento de las contrataciones de trabajadores y la subida del nivel de vida?

¿Por qué no movilizan las izquierdas y los sindicatos en todo lugar a los jóvenes en torno a reivindicaciones como: reducción jornada de trabajo, formación, vivienda, creación de nuevas fuentes de trabajo…?

¿Por qué no se movilizan las izquierdas y los sindicatos contra la especulación de la vivienda y a favor de viviendas sociales y señalan con el dedo a sus protagonistas y beneficiarios?…etc.

Las izquierdas deberían empezar a organizar a los ciudadanos en torno a reivindicaciones y movilizarse permanentemente como grupos de presión en la periferia de los parlamentos denunciando a los parlamentarios cuando voten leyes contra los intereses populares, contra los recortes a los ejercicios de las libertades y a favor de la imposición de la moral represiva. El movimiento es necesario para defender las conquistas logradas y frenar la contraofensiva reaccionaria del capitalismo financiero y sus legiones clericales.

 

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