Paro

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   Paro es despertar cada mañana sin ninguna esperanza cosida al corazón, deambular por la casa tratando de descifrar los motivos verdaderos que arrinconaron a uno al escalón de la espera ésta, tan cargante y tan sola, tan desnuda y tan fría. Que te da la sensación de andar como vacío, de no ser válido, de ser un hombre nulo. Que se te vienen a la cabeza los terribles estigmas del fuego con el que amenazas jugar a cada minuto. Y que no te importa nada, en un momento dado. Y que si te aprietan, puedes confundir los cables y tratar de enderezarte “por el otro lado”.

   Paro es tener que soportar, día a día, el saludo compasivo de los vecinos. Que te vieron salir, acaso con algún coraje bajo los brazos, y te ven entrar con la mirada fija al suelo y el cuerpo disminuido por el cansancio. Que te vaciaste en la jornada, de tanto anuncio, de tanto timbre y de tanta alfombra de despacho. Que te llenaste los huesos de prisas, de aceras, autobuses y metros siniestros. Que el hambre de otros te golpeó en las piernas y necesitaste un alto en el largo y tortuoso camino. Que no quedó de ti –buscador de grano- sino un muñeco bobo, medio loco y medio muerto.

    Paro es el dardo que hiere el alma y degrada la personalidad. El aguijón que envenena los sentidos, dando al traste con lo que ves, lo que oyes, lo que hueles, lo que gustas y lo que tocas. Que en el habla eres parco y rompes los diálogos con los silencios. Que los pensamientos se te arremolinan, se trastocan las imágenes y acabas en el pozo de la desconfianza. Que el objetivo que te marcaste lo ves que se va diluyendo sin remedio. Que todo se va al garete.

    Que si no fuera porque, de vez en cuando, una mano se te abre, un rayo de luz mínima te ilumina, una inocencia se arrima y unos labios se hacen carne de tu carne…

 Foto: tomada de www.definanzas.com

 http://jjconde.blogspot.com

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