El despilfarro económico de la campaña electoral

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El despilfarro económico de la campaña electoral

Dice la RAE que el despilfarro es el «gasto excesivo y superfluo», y como tal, como superfluo, y como excesivo, resulta doloroso siempre, pero más en tiempos de penurias, cuando la necesidad aprieta y los gastos deben de ser controlados hasta su máxima, o mínima, en este caso, expresión.

Sin embargo, los partidos políticos, lejos de escuchar sus propias autoproclamas de austeridad, se han lanzado a una vorágine de despilfarro bajo la excusa de la campaña electoral, de forma que se gastan nuestro dinero, el de todos los que pagamos religiosamente, o ateamente, que cada uno elija, nuestros impuestos para tratar de convencernos de que les votemos, sin pararse a pensar que siguen utilizando las mismas estrategias del siglo XIX, sin aprovechar el ahorro que proporcionan las nuevas tecnologías.

En pleno siglo XXI todos los hogares españoles cuentan con televisión y radio, un alto porcentaje disfruta de Internet, y otro tanto recibe la prensa escrita en casa, o bien la consulta en los bares, entonces, ¿qué falta hace toda la parafernalia de carteles, mítines, carpas, etc.? Se trata de un despilfarro en toda ley, que nadie critica porque todos están subidos en el mismo carro, en el carro del autobombo, del halago gratuito y de los favores que luego se deberán.

En lugar de tanto gasto innecesario, los líderes de los partidos políticos deberían de realizar debates, de forma que pudieran expresar la realidad detrás de su programa, sin caer en el ruido de la descalificación mutua y de la frase construida por los equipos de comunicación de cada líder.

El problema es que el vacío existencial se ha apoderado de todos los partidos políticos, sólo importa el poder, a cualquier precio, para acabar premiando a los amigos y castigando a los que no lo son tanto. Si tuvieran un verdadero programa al que aferrarse, un programa propio y no el del rival tergiversado, se centrarían en que la ciudadanía lo entendiera, lo comprendiera y lo siguiera, y se olvidaría de debates tan ausentes de rigor y tan repletos de demagogia como, por ejemplo, el de la legalización de Bildu.

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