La revolución que Occidente compró

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Durante los días de las movilizaciones en Egipto escuchamos a muchos analistas occidentales desgranar halagos en referencia a la pacífica y civilizada revolución egipcia. Lo grave es que muchos eran académicos a cargo de cursos universitarios donde forman jóvenes que una vez graduados se incorporan a Organismos internacionales. Era notorio que no tenían cabal idea de lo que hablaban ni del daño desinformativo que estaban ocasionando al público en general. Hasta llegaron a decirnos que todo era un gran movimiento liderado por una generación joven y pujante que se erigió en el paladín de la calle árabe desde la mítica plaza Al-Tahrir. Ahora deberían explicarnos ¿Qué fue de esa generación joven y revolucionaria a 60 días de las movilizaciones? ¿De que revolución hablaron? ¿Dónde está en los hechos esa revolución? ¿Está en los barcos de guerra iraníes que transitan nuevamente el canal de Suez? ¿En los velos que han regresado en las cabezas de las conductoras de televisión en El Cairo? ¿En las Iglesias incendiadas y devastadas? o ¿En las tumbas de los coptos recientemente asesinados por los salafistas?

Estos análisis increíbles y propios del más oscuro desconocimiento de los países árabes-islámicos colaboraron para que todo el mundo creyera que el objetivo principal de la revolución egipcia era la estabilidad, la libertad, la justicia, la igualdad, la democracia, el respeto por los derechos humanos, una vida digna sin opresión, la educación sobre el odio y una constitución secular que asegurara la igualdad de derechos y obligaciones para todos los ciudadanos egipcios de todas las religiones.

Cuando escuchaba estas definiciones no solo percibía que estos “prestigiosos” analistas del mundo árabe no tenían cercana idea de la realidad sino que ignoraban absolutamente los parámetros culturales e idiosincrásicos más elementales de los pueblos árabes. Pero al oír que todos indicaban y ratificaban la existencia a rajatabla de una revolución genuina en Egipto, también se hizo evidente que la historia de aquella parte del planeta era desconocida y ajena a todos ellos. Solo era cuestión de que pasen los días para que la realidad mostrara de forma elocuente lo que vendría en la era post-Mubarak. Es cierto que no pocos periodistas, comunicadores y presentadores “querían tener esa revolución en su show radial y sus programas televisivos”, decirles que no había tal revolución era ver en sus rostros la angustia y frustración mediática dado el desconocimiento sobre el verdadero escenario en Egipto en particular y el mundo árabe en general de estas personas.

De ninguna manera resultaba complejo percibir con claridad las derivaciones de “la primavera egipcia” en su tiempo post-revolucionario, no puedo decir que me he sentido sorprendido ni decepcionado por el Consejo Militar que asumió el poder luego del derrocamiento del presidente Mubarak. Todo era muy básico y como era de prever el Consejo Militar adopto las mismas prácticas inhumanas y despreciables de regímenes egipcios anteriores. La discriminación, la injusticia y la persecución de los cristianos coptos es el claro ejemplo de esta conducta maligna e impropia cuando se habla de democracia y revolución. Pero no se agota allí la falsedad de la revolución aplaudida por sectores políticos, militantes y académicos occidentales, pues contra toda lógica patriótica e irrespetando sus obligaciones con otros países árabes, el nuevo régimen decidió jugar ficha en favor de los mulás iraníes y su régimen fundamentalista. En definitiva, esto es lo que ha hecho el nuevo gobierno egipcio sin sonrojarse ante su flagrante violación de los acuerdos vigentes entre Egipto y la comunidad internacional en la lucha contra el terrorismo. El régimen de Teherán simboliza a todas luces la hostilidad y la injerencia en los asuntos internos de los Estados Árabes del Golfo y lo propio hace en Líbano, Irak y Yemen; por lo que deberíamos preguntarnos si el único logro de la revolución egipcia fue la sustitución de un faraón por otro.

Lo real es que hasta ahora nada sustancial ha cambiado en Egipto, excepto el despido encubierto y el arresto de varios funcionarios, ministros, oficiales del ejército y gobernadores provinciales del antiguo régimen, incluidos el ex presidente Mubarak y esposa.

El primer fracaso y retroceso importante del Consejo Militar fue el apego obstinado de sus miembros en la defensa del artículo 2º de la constitución del país cuyo texto, implícitamente legaliza la discriminación y el apartheid en Egipto. La traducción del árabe del mencionado articulo indica textualmente lo siguiente: “El Islam es la religión del Estado; el árabe es su lengua oficial y los principios de la sha’aria islámica son la fuente principal de la legislación de la Republica”. Fue en este reino de discriminación que el Consejo se negó a nombrar cristianos y mujeres en el Comité Judicial designado para estudiar y proponer enmiendas constitucionales, como resultado las enmiendas aprobadas fueron escasas, insustanciales, de simple estética decorativa y en nada relevantes a los intereses de la totalidad de ciudadanía egipcia.

No cabe duda que mayoritariamente las constituciones de los países democráticos son laicas, un Estado moderno libre y democrático no requiere la protección y supremacía de ninguna creencia religiosa, pero sus instituciones deben asumir la responsabilidad de proteger y facilitar los derechos religiosos y la libertad de culto para todos los ciudadanos por igual. La religión debe ser una elección personal y libre, debe constituir un elemento del fuero íntimo de las personas, pero nunca se debe forzar a ningún ciudadano desde lo legal o moral pues nadie tiene derecho a imponer una forma de vida o una creencia religiosa a los demás. Ello no se ve reflejado en el artículo 2º de la constitución egipcia cuyo texto fomenta y fortalece el racismo y la discriminación entre los ciudadanos según sus creencias religiosas a la vez que cultiva y estimula sentimientos de hostilidad, rencor, desigualdad y un sentido de superioridad de los musulmanes sobre los cristianos. Aun así, el Consejo se negó a modificar ese nocivo artículo bajo la justificación de que “la mayoría de los egipcios son musulmanes sunies”, pero ignoró deliberadamente que hay casi 4 millones de cristianos coptos, más de 1 millón de musulmanes chi’ítas, miles de bahaís e incluso ateos que viven en Egipto.

El artículo 2º de la constitución egipcia ha sido por muchos años el arma arrojadiza utilizada por los salafistas y los fundamentalistas islámicos en detrimento de sus conciudadanos cristianos y es la norma legal que los violentos hicieron valer para llevar adelante acciones de humillación y desprecio que derivaron históricamente en el derramamiento de sangre de quienes profesan la fe copta. Pero ese artículo no es el único que se han negado a modificar “los revolucionarios egipcios”, las leyes sobre propiedad, libertad de trabajo, residencia, asuntos familiares y de la iglesia copta tampoco han contado con el consenso del Consejo para articular modificaciones que brinden una apertura democrática. En la práctica, las autoridades egipcias han mirado siempre hacia otro lugar y nunca sobre los grupos fanáticos y agresores a quienes han protegido en el salvajismo de sus actos ya que jamás se ha sabido de la aplicación de la ley sobre ellos por sus crímenes contra los coptos y los bahaís.

Pocos días atrás los coptos fueron atacados de forma inhumana por unos 4.000 musulmanes salafistas durante 18 horas en el vecindario de Embaba (El Cairo) sin que la policía o el ejército intervenga. Los atacantes dispararon armas automáticas y lanzaron cócteles molotov contra las iglesias coptas, cientos de casas y negocios de cristianos también fueron blancos de estos ataques. Una treintena de coptos fueron asesinados y 360 resultaron heridos. Mientras esto sucedía, quedo claro que el Consejo Militar egipcio no asumió su obligación nacional de protección de los cristianos y el ejército se limito solamente a observar de manera pasiva mientras los coptos estaban siendo sacrificados. Otro incidente no menor se produjo la última semana cuando unos 3.000 manifestantes sitiaron la embajada israelí en El Cairo intimando a las fuerzas de seguridad para que en media hora la bandera israelí fuera arriada bajo amenazas de irrumpir por la fuerza en la representación diplomática si no se cumplía con su petición. Estas movilizaciones dejaron un saldo de más de 200 manifestantes heridos, varios de ellos de gravedad. Ante tan clara realidad, no queda mas que preguntar a los periodistas, académicos y analistas que hablaron maravillados de la movilización egipcia e hicieron de la plaza Al Tahir casi un templo de la libertad ¿Dónde está la revolución pacifica que le han vendido Occidente estas mentes lucidas?

Lo concreto es que no se escuchan análisis de los eufóricos que alababan la revolución egipcia ni hay informes de prensa al respecto ahora que los salafistas están atacando a los coptos e invadiendo sus hogares, violando sus mujeres y asesinándolos, al tiempo que queman sus iglesias y amenazan con matar a su clero, incluido el Papa copto Shenouda.

Concluyendo, cabe decir en favor de la no injerencia en los asuntos internos de cualquier país, que es el derecho interno del Estado egipcio quien debe proteger de forma eficaz a sus ciudadanos por medio de su aparato jurídico. Y es a través del cual, la seguridad, la libertad, la fe, las iglesias y los bienes de los cristianos coptos deberían estar a salvo de la brutalidad salafista y de otros grupos integristas que han salido virtualmente a cazar cristianos y darles muerte allí donde se encuentren. Pero hasta que eso ocurra, si es que ocurre con el nuevo gobierno, los derechos de todos los coptos así como la igualdad de todos los ciudadanos deben estar protegidos y honrados sin discriminación, sin racismo y sin injusticias. Y lo más importante, tanto el artículo 2º de la constitución egipcia como el anacrónico decreto Hamayoni (1) deben ser inmediatamente abolidos. A falta de que esto suceda y en favor de no confundir más de lo que ya han hecho a la opinión pública, deberían dejar de hablar ya de la revolución egipcia.

Les guste o no, ni antes ni ahora ha habido tal revolución.

(1) Decreto Hamayoni: Es un instrumento pseudo legal aun vigente en la ley egipcia que data de la dominación otomana de febrero de 1856 y que regula la construcción de las iglesias y su mantenimiento.

 

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