¿Apocalípsis?

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Nunca antes el mecánico gesto de pulsar un interruptor eléctrico cobró tanta importancia a tenor de los sucesos desgraciados que se están desarrollando en Japón.
Al común “ciudasúbdito” le llega el aluvión de noticias que muchas veces acaban por chocar entre sí, dada la poca consistencia de las explicaciones que se esgrimen para intentar maquillar lo evidente, y cada uno nos sentimos capaces de analizarlas en función de la distancia que se interponga entre la catástrofe y nosotros. No es igual estar ahora mismo en el archipiélago nipón que tomar café a tantos miles de kilómetros como a los que España se encuentra, viendo la televisión.
El pueblo japonés siempre ha dado muestras de su dignidad ante las tragedias pero estoy seguro que en cada interior del individuo, practicante o no del Shintoísmo, subyace ahora la inseguridad de estar siendo engañados por sus dirigentes, abocados a un sistema de vida que les fue impuesto por los vencedores, ávidos éstos de mano barata primero, ansiosos de alianzas después, temeros de su fuerza siempre; por segunda vez, las señales de fragilidad golpean al “primer” mundo dando plena actualidad a aquello de “que cuando las barbas de tu vecino veas arder…”
Torii, símbolo shintoista
Es a los japoneses a los únicos que no se les puede pedir ignorancia sobre lo atómico, no en vano tienen el dudoso honor de haber sido los primeros en sufrirlo en sus carnes, por eso parecen sorprendentes las declaraciones de su Gobierno restando importancia a los hechos, si no es para evitar el caos o la gran estampida. Hay que recordar que en las islas del Sol Naciente se ubican 54 centrales nucleares, más otras 24 aprobadas hasta el 2030, lo que unido a los altos riesgos sísmicos que se traducen en voraces terremotos y los fenómenos tsunamis, forman un cóctel demasiado espeso para beberlo sin que se inmute el gesto. No es por señalar pero que nadie olvide la mano callosa del Tío Sam firmando compromisos con la tecnología de las todopoderosas General Electric o Westinghouse, luego Toshiba, imponiendo su “american way of life”, o sea obteniendo pingües beneficios y la  dependencia de su aliado, antes enemigo.
La eterna cuestión que al Hombre angustia es demasiado sencilla de resolver porque reside en nuestros genes y no es otra que vivimos de prestado. La vida es un préstamo con intereses. No creo encontrar ni a un solo imbécil que lo refute; si lo hubiere, que el dios de la inocencia le proteja.
A partir de aquí, poco importan los olvidos al respecto ni siquiera las quimeras en la que nos hemos refugiado. Cuando decidimos dejar de cazar para convertirnos en agricultores no podíamos intuir que la evolución que lo motivó tenía el costo a largo plazo de la propia extinción de la raza sin fecha fija. Camino de ponerla llevamos pero nos hemos convertido en una especie mutante: humanos avestruces, aunque naturalmente los agujeros en el suelo para la cabeza tienen niveles de confort según la posición, la física, no la social, que también.
Es complejo el debate sobre nuclear sí o nuclear no, tan compleja como la actitud de la humanidad que ya no entiende la vida sin interruptores que se la alegren. Podemos joder al Planeta regándolo de radioactividad o dejarlo estéril gracias al efecto invernadero. ¿Acaso importa? Dadas las circunstancias cualquiera de las dos posibilidades nos devolverá a la Nada, es cuestión de tiempo; posiblemente, por ser optimistas, no lo verán nuestros nietos, pero esa medida de la realidad que llamamos tiempo no entiende nuestras reglas, simplemente impone las suyas. Así pues, a lo mejor, ha llegado el momento de coger el “morral” y volver a las cavernas pero mucho me temo que ninguna estará libre de contaminación cuando nos decidamos.
¡A gozar! Camaradas, que son dos días… encima nublados.

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