¡Comed, comed, malditos!

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No olvidaros de comer

Esta noche  me siento frugal. Mi cena se resume a un filete de lomo y un panecillo que acaban juntos en maridaje de bocadillo. Como no tengo vino, un vaso de agua me sirve para pasarlos, porque el pan ya no es lo que era, no;  aquellos panecillos de corteza arrugada y crujiente, de miga blanda pero tersa, de puntas tostadas e incluso a veces requemadas, lo que les añadía más valor, de sabor a harina y a llama del horno.

Una brillante manzana es el epílogo de tal pitanza. Una cena sana, me digo convencido. Al menos, me ha quitado el hambre de antes de dormir. El hambre peor, el peligroso, el hacedor de pesadillas y disneas, el que ataca antes que el sueño, a traición, a caballo de una voluta de humo. Ese hambre que me lanza hacia el frigo y acaba ante un armario frente a una lata de judías con chorizo, con la duda metafísica de Ser o no Ser, haciendo cuentas con las consecuencias de dormir en tales circunstancias.

Pero esta noche, he cenado parco. Sano ¡Éa!

Cuando me meta en la cama, luego, se acostará conmigo la mansa renuncia a querer saber y los dos dormiremos tan inocentes como ignorantes, ajenos a lo que nos acecha, ausentes, perdidos en el propio cuerpo que late y excreta, en una gota de sudor, una mínima porción de ponzoña imperceptible.

Nada es veneno, todo es veneno.
La diferencia está en la dosis.

Será entonces, en el momento de laxo abandono, cuando comenzará el ataque. Usando el pan como caballo de Troya vendrán, en oleadas, los químicos venenos que anidan en los silos, donde reposa el trigo, para mezclarse  juntos, grano, insecticida y fungicida. En la carne magra de cerdo, los antibióticos  me harán para siempre inmune a sus efectos cuando una infección me obligue a necesitarlos. En la manzana, el regusto en mis papilas que su comer procuró, es una simple cortina de humo para ocultar al maldito pesticida y a sus compinches los nitratos, a la larga, jinetes del apocalipsis. Por el cauce que recorrió el agua antes de ser bebida no aletean peces de colores ni crecen los canónigos. Nos cambiaron su continente de cristal  por otro que sobrevivirá a los glaciares, a las fuentes, a las mareas, a nuestra propia desembocadura.

En el sueño sitiado, Paracelso me recuerda que nada es veneno, todo es veneno. La diferencia está en la dosis.

La pesadilla me convierte en ratón de laboratorio y me atrapa en el cepo de las quinientas millones de toneladas de productos químicos que se inyectan en todos mis rincones. Se baten mariposas con aleteos de dioxinas. Mutan las flores con el rocío de lindano. Nadan las ballenas en mares de mercurio.

Estoy en fase R.E.M. Ahora los campos que habitan en mis sueños se ensanchan para que me desparrame por ellos y noto un olor, que, con la indefinición de la premura, me alerta de peligros. Soy capaz de oler los aromas del viento pero son los que desprende la tierra los que me aterran porque su halo es fétido y maligno; afecta e infecta al Ser con su halitosis industrial que todo contamina, como si aún no contento con su hedor, quisiera eliminar cualquier vestigio de vida. Me despierto.

Llevo prisa. Me preparo una tostada con mantequilla.  Bebo un zumo de piña. Ya estoy medio vestido. Me acabo de vestir. La vida me reclama. En la vorágine se me olvida que la mantequilla de la tostada, la que por cierto tenía trazas de insecticidas, era portadora de quince sustancias cancerígenas, entre ellas dioxinas industriales. Olvido también que en el zumo envasado hacían surf tres pesticidas y un fungicida. Cuando llego al trabajo aborto la auto pregunta sobre qué llevará el café de la máquina del pasillo. Me lo bebo sin rechistar, saboreándolo incluso. De paso, pienso en la comida e igual me como unos filetes de panga vietnamita, que me han dicho que tienen muchas vitaminas.

Esta noche, en la tele, ponen “Soylent Green” de Robert Aldrich. Ya casi no me acuerdo de cuándo la vi en el cine. Han pasado siglos… aunque parezca mentira

Tan sólo hace unos días, se publicó este artículo mio en la Revista La Oca Loca, que hablaba de que las cosas no son como parecen. Ahora, transcurrido un pequeño tramo de tiempo, otra amenaza alimentaria nos ataca con bajas por nuestra parte. Esta vez no parecen productos quimicos, sino bacterias, ‘Escherichia coli’ para ser exactos. Resulta que las verduras pueden contagiarse de ésta bacteria por el simple procedimiento de regarlas con aguas fecales, puesto que el coli vive en los intestinos animales y ya se sabe que todo animal evacua lo que le sobra.

Anoche confieso que soñe que veía a los promotores de riego tan alimenticio; podía verlos abriendo las tajaderas para que el «agua» llegase hasta los caballones del vivero, convencidos de aportar el mejor abono, el natural. Como se viene haciendo cuando el agua de riego escasea, se tira de consumo de aguas negras; la cuestión es que el pepino sea gordo y por este método parece que son más gordos. Se han publicado en prensa, en diversas ocasiones, denuncias de tales prácticas pero poco o nada ha quedado en la población. Poco o nada se ha dicho de las sanciones a quienes así actuan. Seguro que en España todo esto se controla muy bien ahora, pero,¿ y en el resto de paises exportadores de productos agrícolas alimenticios?

Al final, nuestros pepinos no serán los culpables. Aparecerá otro País que será el responsable. ¿Pero, que más nos dá? Mañana será otro caso el que haga vender periodicos. ¿Pero, y nosotros? Podemos probar a no probar bocado, aunque, a ver quién es el chulo que se alimenta del aire. Podemos hacernos un seguro con franquicia, total sale más barato y quién sabe, a lo mejor no nos pasa nada y sólo les pasa a otros. Podemos practicar la bacanal de la Grande Bouffe y morir de mala digestión pero contentos. Podemos… podemos… ¿qué podemos?

Me temo que estamos todos instalados en la resignación. En la cultura de la ruleta rusa. Que lo tenemos mal, vaya.

–No olvidaros de comer, el mejor riesgo de «cascarla» antes cuanto más os alimentéis– Acabará siendo un slogan en cada bolsa de la compra.

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