Dieciseis días despues

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NOCHE ELECTORAL

Hoy, domingo, 22 de mayo, ha sido día electoral para el 69% de la población. Día tranquilo, como de habitual, según dice el Presidente del Gobierno. Pero el día tiene noche y la de hoy, promete, porque es la noche electoral y la galería de rostros a los que nuestros votos alegran o ensombrecen su gesto, va desfilando delante de mi cerveza, que es la única que atiende interesada la televisión, consiguiendo puntualmente mi interés cuando una inflexión en la voz del que habla de tal o cual partido me obliga a levantar la vista desde mi ordenador hacia el televisor.
Confieso que me aburren. Esta vez, sin embargo, el perdedor reconoce su derrota y tras esta humildad quizá haya aviso para navegantes, aunque disimular ante la evidencia de poco sirve dada la rotundidad de la matemática. A los que ganan se les nota una inequívoca euforia, normal, como nos ocurre a todos cuando ganamos en algo, aunque sea a los chinos. Lo que pasa es que no me gusta volver a oír lo mismo que en todas las otras ocasiones anteriores. El sempiterno mensaje del amago y escondo, del sí pero depende, el guiño con destino previsible, el Monopoly, el saludo a solas.
Su estado de ánimo, en función de que lleguen o salgan, me da la sensación de ser propiciado por algo tangible que planea sobre todo, como es lo valioso, lo materialmente valioso. Es comprensible, por tanto, la tristeza o la alegría pero echo de menos un ademán de servicio en sus talantes, algo que atisbe una emoción de deber cumplido o por cumplir, de reconocer en sus adentros de que han sido puestos o depuestos por los votantes. Pero solamente adivino egos y fanfarrias, las de siempre, las de la lucha de clases como si Marx acabase de escribir El Capital, y los neo liberales que todo lo maquillan con la economía de escala. Hablan de derechas e izquierdas con la ligereza del que habla sin creerse a sí mismo, pero saben que ejercer el Poder no deja margen a los ideales y echando mano a la tendencia al olvido que todos padecemos, todavía arrancan los votos emocionales.
Las circunstancias geopolíticas dejan sólo un papel a los dirigentes: el de gestores. Y gestionan con arreglo a presupuestos, como cualquier director de empresa. Si lo social es elemento diferenciador entre conservadores o progresistas, atengámonos a los resultados de lo realizado y veremos cosas curiosas y sorprendentes.
Al final, si se gestiona mal el común patrimonio del Estado, los votantes ponen a cada uno en su sitio, que es lo que ha pasado; por eso no entiendo ese sacar pecho del ganador, ni esa rabieta mal contenida del que pierde. Está claro que no entienden nada. Lamentablemente. Siguen con sus maniobras de pactos, de chalaneos de tratante, te doy mis votos si me regalas la estampita del niño Jesús. ¡Que dios proteja al finado Sr.  D`HONT!
Estos días ha nacido un movimiento ciudadano, de origen desconocido, que reclama cosas con sentido común. Sólo las podemos llamar utopía si renunciamos de entrada a pintar con imaginación el gris panorama. No creo que consigan cambiar las reglas. Hay demasiados intereses en juego. Pero es llamativo que la gente se congregue en torno a los ideales, aunque la concibo más como una queja de los propios fastos de nuestros próceres y a una pequeña tentación autogestionaria. Veremos su evolución y los hay que hacen apuestas de cuanto tardaran a formar un partido político.
Pero,  dieciseis dias después de los comicios, todo se resume a realizar las maniobras necesarias para tener la mayoría, fin único y determinante de nuestras democracias, aunque esa mayoría haga aliados de cama a probados y contumaces expertos en infidelidades. Mientras, los ciudadanos se preguntan para qué sirven los votos si el poder se queda, en demasiados casos, en los menos votados.
¡Que tendrá el poder cuando todos lo bendicen!

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