Verano al descubierto

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Es incuestionable asumir que en esta película de la vida, el responsable del “casting” de actores tuvo mucho cuidado en respetar el juego de las diferencias, de manera que, afortunadamente, todos somos ejemplares únicos y distintos.

Andamos revueltos, en mezcolanza arbitraria, feos con guapos; altos con bajos; malos y peores; buenos e ilusos. La lección es sorprendente pues nadie en el fondo busca su par como sosias de sí mismo, sino que, quizás por nuestra extravagancia natural, ansiamos del cruce con la antítesis, dando muestra de nuestra humana incongruencia, pero también de la sutil inteligencia depredadora. Nadie imagina rebaños sin ovejas negras ni a las falanges de ángeles sin un demonio intruso.

El feo suspira por la guapa y ésta, a su vez, tiene sueños húmedos inconfesables con hombrachos deformes de  turbia mirada .

Son cosas de nuestra especie, común al fin y al cabo con el resto de animales, pues todos tenemos como prioridad la simple perpetuación de la misma y a tal punto son admitidas por tirios y troyanos como naturales, intrínsecas del código genético, de la envoltura mortal.

Pero los nuevos hábitos de conducta que los tiempos imponen traen como consecuencia la ausencia de complejos, de manera que el feísmo, lo vulgar y hasta lo soez, campan por las calles con toda impunidad, haciendo tabla rasa de lo correcto o conveniente, que sólo son claves de auto represión, necesaria porque, aunque se olvide, no vale todo. No puede valer todo. Sin las más elementales normas podemos acabar pastando en los prados, como hace el ganado.

Con la excusa del calor, las calles se han convertido en escaparates abiertos a lo zafio por los que curiosos especímenes transitan medio desnudos dejando de lado el pudor necesario que recomienda la prudencia y el buen gusto en defensa propia. Nada tan poco elegante y tan nocivo para la autoestima como esos señores maduros, candidatos inminentes al osario, paseando en calzoncillos, que pretenden semejar, sin conseguirlo, refrescantes pantalones bermudas y que sólo muestran el deterioro del cuerpo en la vejez, que es cuando más se necesita la dignidad. Nada tan poco libidinoso como esas hembras desgreñadas y rotundas, envueltas en sudor, mostrando sin vergüenza unas carnes precipitadas en lorzas imposibles a través de las costuras de unos trozos de tela que no tapan. Nada tan banal como esas aspirantes de vestales rubicundas que pretenden confundir el morbo con la celulitis, único efecto real que les asoma por el culo. Esos admiradores del músculo amasado en las barras de los bares, luciendo la sempiterna camiseta sobaquera y el aliento agrio, adonis sin espejo. Macarras sin secretos. Fauna urbana que engendra el mal gusto.

El verano tiene estas cosas además de otras mejores. Nos olvidamos que donde más calor hace es donde más tapados van. Curioso, pero vean a los tuaregs y luego no nos digan que hay que ir frescos cuando asola la canícula. Yo por mi parte soy de los que creen que elegante no lo es el que quiere sino el que puede. Soy un antiguo, lo confieso, me hastía la pública ostentación de tanta carne y no acepto los regalos que invaden mis retinas aunque de vez en cuando no evito mirar lo que merece una profunda atención, que no somos de piedra.

 

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