¿Pesan más los derechos humanos que los intereses políticos?

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“¿Hay algún camino para evitar a la humanidad los estragos de la guerra?” Con esta pregunta inició Albert Einstein el intercambio de ideas con Sigmund Freud en 1932 con el fin de encontrar respuesta hacia la prevención de la guerra.

 Han pasado 79 años desde entonces y aún nadie ha encontrado respuesta a la pregunta de Einstein. ¿Cuántos conflictos se han sucedido desde entonces? ¿Cuántas muertes, mutilaciones, pérdida, destrucción e injusticias? ¿Cuántos magnates de las finanzas han llenado sus arcas con el negocio armamentista? Los políticos siguen careciendo de táctica dialéctica a la hora de afrontar un debate, sin conseguir llevar a cabo un método de razonamiento desplegado a partir de un precepto, de una norma. Los políticos, como siempre, lo único que conocen y a lo que siempre apelan es a la dialéctica de las armas. Y por más que hoy día se quiera justificar una intervención militar aplicándole términos tan empalagoso como “Odisea al amanecer” “Operación tormenta del desierto” “Operación Libertad Iraquí” “Operación Nuevo Amanecer” “Operación Libertad Duradera” “Operación Amanecer rojo” etc., no deja de ser una guerra que a la postre lo único que acarrea es la destrucción de vidas humanas.

¿Quién está interesado en que siga existiendo guerra en el mundo? ¿De dónde suele surgir el peligro bélico? ¿Quién tiene razón? No me vale ninguna respuesta, me valen sólo los hechos. Y los hechos me indican que mientras los bombardeos están destruyendo miles de vidas humanas la industria bélica está multiplicando las finanzas de los magnates y los dueños de los consorcios ante los que se inclinan reverentemente los dirigentes políticos. Estos son los hechos auténticos y no las palabras mojadas del imperialismo  proclamándose amante de la libertad, la democracia y la paz mundial.

Es la primera vez en los últimos cuarenta años que el pueblo de Medio Oriente se ha rebelado para derrocar los regímenes dictatoriales y está intentando decidir su futuro. Millones de árabes y musulmanes a los que el gobierno autocrático desangró y se les hizo caso omiso de las esperanzas y aspiraciones porque fueron privados de voz, ahora por fin parece que la están recuperando. Es por lo mismo que nos encontramos en medio de una serie muy importante de cambios en el Oriente Medio. Egipto lucha por un futuro democrático. Libia experimenta una cruenta guerra civil. Los sirios protestan porque desean respirar nuevos aires de libertad y por otro lado la muerte de Osama Bin Laden le presenta, no sólo a la región sino al mundo entero, nuevas cuestiones y desafíos.

Si durante años los gobiernos de los países occidentales han dado cobertura a esos regímenes, se han aliado con ellos en base a intereses económicos o geopolíticos, y han dejando de lado los derechos humanos y las condiciones de vida de la población, ¿a qué juega ahora la OTAN con ese “Apoyo humanitario”? Sí, de acuerdo, la resolución 1973 de la ONU en la que se basa la actual intervención militar en Libia responde teóricamente al objetivo de salvaguardar la integridad de la población civil ante la violenta represión con la que el régimen de Gadafi está respondiendo a las movilizaciones de protesta. Vale, está bien. Pero si a la OTAN sólo le mueve objetivos humanitarios ¿qué decir entonces de la violenta represión que los regímenes de Siria, Yemen o Bahrein están llevando a cabo contra sus poblaciones, así como otros tantos conflictos ignorados como puede ser el de Costa de Marfil, por no hablar de la crisis en Darfur con cientos de miles de muertes en los últimos años y millones de refugiados, uno de los desastres humanitarios más graves de estos tiempo? ¿O qué decir de las armas que durante años se ha estado vendiendo a los países del Norte de África y Oriente Próximo? Por ejemplo, según Amnistía Internacional en 2010 España vendió armas a estos países por un valor de más de 23 millones de Euros. Y si bien es cierto que desde que se iniciaron las revueltas se han tomado importantes medidas, ¿hace falta ser muy inteligente para darse cuenta de que algunas llegan demasiado tarde?… ¡Cuánta hipocresía prima en el campo de las relaciones internaciones!… Está visto que pesan mucho más las relaciones e intereses económicos y políticos que los derechos humanos.

Dicen que los objetivos de esta guerra contra el régimen Muamar el Gadafi son humanitarios. Sin embargo, ¿qué nos han enseñado cada una de las intervenciones occidentales que ha habido en el mundo? Que desde 1945 ninguna de ella se saldó con resultados positivos. Ahí tenemos unos datos recientes: los de Afganistán con 10.000 muertos civiles, e Irak, con más de 100.000 muertos civiles. ¿Acaso anima esto al optimismo? 

Según leo en la prensa de hoy 23/06/2011: Los países aliados dudan sobre la legitimidad y el coste de la intervención militar – Los europeos quieren la salida de Gadafi pero no respaldan una misión terrestre.

Cumplidos los tres meses del inicio de la operación contra Muamar el Gadafi, lanzada el pasado 19 de marzo por Washington, París y Londres, y a punto de cumplirse los tres meses del relevo tomado por la OTAN el 31 del mismo mes, a la operación Protector Unificado le tiemblan las piernas. Errores con víctimas mortales han hecho sonar las alarmas de la credibilidad de la Alianza; algunos socios advierten de que los fondos no son ilimitados en tiempos de crisis; otros anuncian ya retiradas; analistas hay que se cuestionan una campaña lanzada con prisa (y que sobre la marcha se atribuyó un objetivo que trasciende el mandato de Naciones Unidas para poner la continuidad de Gadafi en el punto de mira), y en Estados Unidos se cuestiona hasta la legalidad de la operación.   El País.com

 ¿Es que se dan cuenta ahora de que esta guerra ni es justa ni moral y que como se mostró anteriormente, podría incluso ser ilegal? ¿Se dan cuenta, igualmente ahora, de que las vías violentas utilizadas en este mal llamado “Apoyo humanitario” está suponiendo como era de esperar consecuencias nefastas para la población civil?… ¡Qué barbaridad!

                                                                    Maite García Romero

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