Indignaos: la fuerza del tópico

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Después de que los hagan millones de personas, movido por la curiosidad y casi por la necesidad de comprender un fenómeno que me resulta curioso, he leído famoso librito Indignaos de Stephane Hessel. Se trata de  un texto breve donde se amalgaman referencias y datos heterogéneos. Comienza el autor refiriéndose a la época de la Resistencia en Francia, que él vivió personalmente, y donde sitúa, no sé si con mucho rigor histórico, el origen del estado del bienestar en este país. Pasa a hablar de la declaración de los derechos  humanos. Luego, sin solución de continuidad, toca el problema palestino, tomando un punto de vista claramente antijudío y partidario -al menos, justificatorio- del terrorismo de Hamas. Un poco más adelante el autor se introduce en vericuetos intelectuales y hace ciertos pinitos como filósofo de la historia, con un rigor nulo, citando a Hegel, Sartre, Walter Benjamin, Apollinaire. No podía faltar la alusión (ligera y nada contundente) al 11S y a Georg Busch Jr. (para Hessel el principal responsable de la regresión democrática que, según el, vive el mundo). Termina el texto con un canto a la no-violencia y con la aparición de sus mitos más recurrentes: Mandela, Luther King, Gandhi y con la famosa llamada a la indignación.

 Es imposible encontrar en estas páginas un hilo conductor, una trama argumental que le dé cierta consistencia al libro, una idea clara o un programa. Por eso, tampoco es susceptible de refutación o debate. Ni siquiera aparecen ideas originales o provocadores chispazos conceptuales a la manera de un Cioran o un Gómez Dávila. La izquierda, sin salir de España, escribe cosas más sugerentes. Gustavo Bueno, García Calvo, Savater… cualquiera de ellos no admite comparación con Hessel.

 ¿Cómo una obra así, tan endeble intelectualmente, tan tópica y previsible en todas sus líneas, alcanza un éxito universal  y es considerada con una especie de oráculo del nuevo progresismo? La causa no puede ser otra que la enorme campaña publicitaria que ciertos medios han  proyectado sobre la obra y su autor -hasta ayer, prácticamente un desconocido, a no ser en círculos muy restringidos-. La izquierda, que tanto se queja del infinito poder de las poderosas empresas mediáticas, sabe como nadie usarlo en su favor.

 Una magnífica maquinaria de marketing puede ser una explicación de este éxito desproporcionado. Otra explicación, más amplia y quizá más generosa es la que de que, en este siglo XXI, ya ha pasado el tiempo de las ideas. Ya tuvimos bastante en el siglo XX; y todas fracasaron. ¿Para que queremos más  ideas? Nos basta con un manojo de lugares comunes  y una buena proyección mediática.

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