Inocentes, pero ¿inocentes de qué?

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Ahora todos nos echamos las manos a la cabeza, nos culpamos unos a otros, lamentamos nuestra situación y reclamamos que alguien nos saque de esta en la que nos hemos metido, pero pocos, cada vez menos, hacemos una autocrítica sincera sobre nuestra propia responsabilidad en la génesis de la crisis.

Porque nada de esto hubiera sucedido si el ciudadano medio, alguien como tú o yo, o, incluso, tú o yo mismos, no hubiéramos colaborado de manera activa, sí, sí, activa, así que no aceptemos el discurso inocente de que nosotros no hicimos nada para estar como estamos.

Durante años, durante muchos años, todos tratamos a la propiedad inmobiliaria, esa de la que ahora decimos que es un derecho adquirido constitucionalmente por todos los ciudadanos, y que debería de ser digna, y demás paparruchas, esa misma, pues bien, la tratamos como si de un activo financiero cualquiera se tratara.

Todo era cuestión de comprar para vender, comprar caro para vender más caro, comprar ahora y vender antes de formalizar la hipoteca, especular, especular, y especular, nuevos ricos incipientes en busca del dinero fácil, sin ningún tipo de valores más allá de la fatua riqueza económica.

La propiedad inmobiliaria debería dedicarse a la residencia habitual, o a la segunda residencia o, como mucho, para una inversión en forma de alquiler recibido, pero bajo ningún concepto debería de ser tratada como un activo financiero que se puede comprar y vender mediante un mecanismo puramente especulativo, y eso es precisamente lo que hicimos.

Por tanto, inocentes, pero ¿inocentes de qué?

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