¿Y tú qué quieres ser, niño o niña?

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Una pareja canadiense ha anunciado al mundo que va a criar a su bebé sin comunicarle su sexo biológico, ni a él ni al resto de la sociedad. ¿Será su criatura más libre para comportarse como quiere, jugar a lo que le apetezca y vestir como le plazca? ¿O quedará preso de la decisión de sus padres y la estigmatización social por ser diferente?

Kathy Whitterick y David Stocker han anunciado a un mundo todavía perplejo que quieren educar a su hijo sin roles de género: solo sus hermanos, las matronas que lo vieron nacer y un amigo cercano de la familia conocen los atributos biológicos de Storm (Tormenta, en inglés). “Hemos decidido no difundir el sexo de Storm, por el momento, como tributo a la libertad y a la elección en lugar de la limitación”, declararon en el diario canadiense Toronto Star.

Los padres de Storm quieren que juegue con muñecas y coches, con el Scalextric y el Lego, que boxee o se pinte las uñas de colores, que muestre sus emociones o sea competitivo, que se disfrace de princesa o de superhéroe, pero que ninguno de esas elecciones respondan a expectativas empaquetadas en un manual predefinido. No buscan que se hijo sea asexual, pero sí ‘agenérico’.

La decisión de Whitterick y Stocker ha abierto la caja de pandora. Muchísimos comentaristas en el artículo publicado en el Toronto Star critican a la pareja por hacer un experimento social con sus hijos, los acusan de tratar de revertir la evolución natural humana y, en casos extremos, de condenar a su bebé a un rechazo social que puede convertirlo en un futuro psicópata.

“Para mí esto no es muy distinto a lo que hacen otros padres a la hora de imponer sus decisiones de género sobre sus hijos. En la actualidad se incita a las niñas a jugar al fútbol o llevar pantalones cortos; hace unas décadas esto hubiera sido considerado perverso y erróneo. Muchos padres tratan de que sus hijos no se vean constreñidos por el género y les permiten que lloren, expresen sus emociones o soliciten mimos”, explica a SINC la profesora Sally R. Munt, directora del Centro de Estudios Culturales de la Universidad de Sussex, en Reino Unido.

Una decisión privada ¿y legítima?

Sin embargo, no todas las visiones son positivas. “No creo que esto sea realizable. El niño no vive aislado, sino en sociedad. Sus hermanos conocen su sexo, ¿cómo van a lograr que niños tan pequeños guarden el secreto de forma sostenida? Y ¿cómo reaccionará cuando vaya a clase o tenga que rellenar documentos oficiales en los que lo primero que hay que decir es el sexo?”, explica a SINC Paula Heinonen, del Centro de Estudios Internacionales de Género de la Universidad de Oxford, para quien todo esto es más un espectáculo mediático que un experimento social.

¿Será Storm más libre? “Depende de cómo definamos el concepto de libertad. El no poder hablar de su sexo y el control para que el niño no lo sepa es también una forma de restricción en el día a día”, advierte Heinonen.

“En última instancia cada familia educa a sus hijos en sus valores y sus convicciones, es algo que pertenece al ámbito privado”, señala a SINC Miriam González Pablo, psicóloga del grupo PGD de psicología, gestión y desarrollo, que afirma que esta forma de educarlo podría retrasar o dificultar su identidad de género pero, a priori, no ve mayores secuelas psicológicas.

Los padres de Storm tomaron la decisión de criarle de esta forma después de que sus otros dos pequeños, Jazz y Kio, ambos varones, sufrieran discriminaciones sociales por sus comportamientos demasiado ‘femeninos’. Ambos llevan el pelo largo, a veces peinado en trenzas, y eligen libremente la ropa que les gusta ponerse. El color favorito de Kio es el púrpura y a Jazz le encanta el rosa chicle, aunque ninguno de sus padres tenga ropa de ese color.

El comportamiento de estos atípicos progenitores pretende llamar la atención sobre dos conceptos que socialmente se siguen confundiendo: sexo biológico y género. Nacer con un pene o una vagina define nuestro sexo, pero el género es una construcción social.

A los tres años los niños perciben las diferencias de género

“La relación entre sexo biológico y género es generalmente muy impredecible y difícil de precisar: hablamos de géneros en plural, puesto que hay muchos y no corresponden exactamente con el sexo biológico. Puede que haya hombres con un alto componente de feminidad y distintos niveles de masculinidad, y mujeres con masculinidad y diferentes niveles de feminidad. La forma del cuerpo no determina la forma que una persona vive su vida” explica Munt.

“Categorizamos como cuestiones de género cosas que no lo son, por ejemplo, llorar. No hay nada intrínsecamente relacionado con el género en ese acto compartido por todos los seres humanos y que, a pesar de que no está relacionado con los genes o las hormonas, asociamos con las chicas”, afirma Munt.

Lo mismo ocurre con la preferencia por ciertos colores. El mes pasado una empresa de ropa estadounidense generó controversia cuando se veía a una de sus directivas creativas en su catálogo pintando de rosa las uñas del pie de un niño. La división de colores, rosa para chicas, azul para chicos, parte de experimentos realizados a comienzos del siglo pasado por los que cada sexo elegía aquellas tonalidades que prefería. ¿Pero tiene una base científica?

Un estudio de la profesora Anya Hurlberts, del Instituto de Neurociencia de la Universidad de Newcastle (Reino Unido), realizado en 2007, demostraba que las mujeres prefieren colores más rojizos que los hombres. La explicación evolutiva podría deberse a la función de coger bayas en la antigüedad y, por tanto, la necesidad de identificar rápidamente los colores rojos sobre fondos verdes. El problema de estos análisis es que se realizaron con niños de tres años, ya conscientes de las diferencias de género.

La masculinidad y la feminidad son diferentes en cada cultura

Otros estudios recientes de la Universidad de Cambridge realizados en edades anteriores muestran que no existe predilección por el color, aunque sí por el tipo de juguetes que los niños y niñas eligen, una diferencia que se ve confirmada en experimentos con monos. Más allá de este resultado, la construcción del género sigue teniendo importancia: “Las desigualdades y el desequilibrio de género no parten de diferencias biológicas, sino de las clasificaciones y etiquetas que hacemos”, afirma a SINC Jane Henrici, Directora de Estudios para el Centro Internacional de Política para Mujeres de Washington.

“Hay brechas de desigualdad por género en todo el mundo. El género no es algo fijo, sino que varía de país a país. Si queremos disminuir las desigualdades entre hombres y mujeres hemos de entender bien en qué se basan”, explica Henrici.

Por ejemplo, “la masculinidad en Tailandia tiene un significado diferente a la de Suecia , y varía en función de condiciones geográficas y culturales”, añade Munt. Sin embargo, las convenciones, en pleno siglo XXI, siguen asignando un género determinado a cierto tipo de preferencias o comportamientos.

Añade así otra arista a una cuestión que, o bien se aborda desde el punto de vista exclusivamente científico –señalando las irrebatibles diferencias fisiológicas y quizá también cognitivas entre hombre y mujer– o bien totalmente social, pero del que todavía falta una perspectiva socio-científica.

Mientras esta se produce, hay quien entiende este suceso como un pequeño primer paso para flexibilizar el estricto concepto de género actual. “Si lo miramos de una forma optimista, también podemos interpretar que estos padres canadienses entienden que la sociedad en la que viven está preparada para enfrentar este desafío a los géneros; tratan de ayudar a que la sociedad cambie a través de la educación de sus hijos”, concluye Henrici. Habrá que esperar a que Storm crezca para preguntarle qué opina él o ella de todo esto.

SINC / Patricia Luna // Londres

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