El polvo de la paja

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El polvo de la paja

 

Regresar a la vorágine política y económica del día a día tras unos días de asueto es el mejor remedio contra la nostalgia vacacional, porque te hace regresar de un solo estacazo a la realidad de la mediocridad de la clase política de nuestro país y a la ausencia de un debate social riguroso e inteligente, en favor del ruido más ensordecedor, que en la vida es el del silencio, pero que en la política es el de la demagogia.

Tratar de poner en solfa la reforma de la Constitución bajo el argumento de que el equilibrio presupuestario va en contra del Estado del Bienestar o de los derechos sociales de los ciudadanos es tan burdo y absurdo como justificar la existencia de Dios en función de lo que desconocemos, y es que tan empeñados estamos todos en hacer ruido, ruido, y más ruido, que no nos paramos a diferencia el polvo de la paja.

El equilibrio presupuestario debería de ser el objetivo primordial de todo Gobierno, independientemente del signo ideológico del que se trate, porque la única forma de garantizar el Estado del Bienestar es teniendo los recursos necesarios para financiarlo, y un Estado endeudado está derivando recursos que podía dedicar a la financiación de derechos fundamentales de los ciudadanos al pago de los intereses de la deuda. Por tanto, retomar el debate ideológico de si el equilibrio presupuestario es de derechas o de izquierdas es algo tan trasnochado que no merece la pena perder ni un segundo en ello. Como bien dirimió Felipe González «el equilibrio presupuestario no es ni de derechas ni de izquierdas, es de buen gobierno».

Ahora bien, lo que sí es discutible, debatible y altamente denunciable es el ejercicio de servilismo político al que hemos asistido por parte de los dos grandes partidos de este país que han plegado velas ante el ordena y mando de los mercados internacionales, cerrando una negociación sobre la reforma de la Constitución en cuestión de días y sacándola adelante con nocturnidad y alevosía, dejando de lado a toda la sociedad.

Mejor nos hubiera ido a todos, como país, y como sociedad, si esta misma celeridad la hubieran aplicado a otras cuestiones tan fundamentales como la educación y la sanidad, y no las hubieran dejado a merced del viento que más soplara.

En definitiva, dejémonos de demagogias de patio de colegio y hagamos un debate político, económico y social riguroso, en el que sólo quepa la argumentación cabal y sin ruido. El equilibrio presupuestario es algo esencial al funcionamiento de todo Gobierno, y como tal debe tratarse, mientras que la Reforma Constitucional con nocturnidad y alevosía a la que hemos asistido es una auténtica traición a los principios básicos del Estado.

Pero, ¿qué queda de los Estados más allá de la obediencia a los mercados?

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