Sobre la libertad y el poder

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El hombre es parte de la naturaleza.
Cuando se estudia, retrospectivamente, a sí mismo, no puede dejar de enorgullecerse de la superioridad que le confieren y avalan sus éxitos; sin duda que éstos, piensa, prueban que ha estado llamado, desde su creación, a un fin especial y diferente al resto. Un ser tan poderoso, tan bueno y tan malo a la vez, sólo puede tener una explicación sobrenatural. Al fin y al cabo, se dice, “sólo yo soy libre.”

La palabra “libertad”, quiere decir, en este contexto estudiado aquí, la facultad natural que tiene el hombre de obrar, o no, según sus deseos. Apunta con el dedo esta palabra, cada vez que es pronunciada, al corazón del hombre, y le dice: “Tú eres el dueño de tu vida.” A eso apelan los oradores políticos y los poetas cuando intentan levantar los ánimos de sus compatriotas en los momentos más duros de un conflicto. “Libertad o muerte”, suelen gritar llenos de pasión. Es la libertad máxima, la libertad del espíritu, de la voluntad. Cuando el orador sube a la tribuna y alzando el tono de su voz, apela a la libertad como fin que justifica la guerra o la muerte inminente, está apelando, con esta palabra, a lo que de bueno y bello tiene morir por un ideal; lo que de bueno y bello tiene ser hombre, y no bestia esclavizada, lo que de feo y malo tiene el ser esclavo y bestia de carga. Imaginarse algo parecido ocurriéndole a él, como bestia de carga de otro, lo llena de odio y de valor en la lucha. No, él no es un animal, él es un hombre, y ha sido creado para ser libre y no para ser esclavo de nadie. Los movimientos sociales que lucharon frente al liberalismo del siglo XIX, comenzaron por justificar su causa y su lucha a partir del valor estético (la libertad es bella), ético (la libertad es buena), y metafísico (la libertad es divina) de esta idea de la libertad. La dignidad de todo hombre implica el contenido, esencial, de su libertad. La abolición de la esclavitud, el racismo, o la igualdad de sexos son sus frutos a día de hoy.

La razón no interviene tanto en la libertad, como lo hace el sentimiento, la pasión, y la fe en el ideal, de ahí que las guerras entre nacionalismos y naciones tengan la misma categoría que las guerras entre religiones. Lo que convence al hombre a luchar y arriesgar la vida es la idea de que la libertad es buena, bella y que es justo morir por ella. En este ideal de libertad se basó la guerra de independencia americana frente a Inglaterra y, por eso, la democracia americana está basada, más que en una idea política de igualdad, en una idea religiosa y metafísica de la libertad y dignidad de todo hombre creado por Dios. Dice la Declaración de Independencia americana de 1776 lo siguiente: “Los hombres nacen y permanecen libres (…). Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inviolables; que entre éstos está la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.” Muchas veces este ideal es un poderoso instrumento para justificar las guerras por el poder imperialista que esa misma democracia niega. Si alguien, como muchos intentan hacer sin éxito, quiere convencerles por medio de la razón de que la guerra inminente es sólo por dinero o por conseguir hacerse con el control de ciertos recursos naturales de incalculable valor, predicará en el desierto. El invasor, como el dios Moloch, muchas veces reclama sus propios sacrificios ante el altar de la libertad; la primera víctima en ser sacrificada por ese ideal que esconde al verdadero motor de la guerra, que es el poder, es siempre la vida humana.

En el fondo de todo problema sobre la libertad y el poder late el problema de la animalidad del hombre, de que su deseo de libertad nace del deseo de ser poderoso y autosuficiente, el ser dueño de su vida y su destino. Por haber entregado el fuego a los hombres, por haberles dado ese poder, Prometeo es castigado por Zeus a estar eternamente atado a una roca y a que un águila desgarre eternamente su hígado. Las imágenes de Prometeo atado a la roca y de Cristo en la cruz expresan lo mismo: el dolor es consustancial a la vida, su lado oscuro injustificable, pero ese mismo dolor y la valentía con que el hombre se enfrenta a él lo dignifica, lo hace más libre todavía espiritualmente.

Podría buscarse la razón de por qué es fea y mala, como valor, la idea de poder, y por qué es bella y buena la idea de libertad, cuando ésta es la consecuencia natural de aquélla. La libertad humana tiene una connotación romántica y bella, mientras el poder tiene una connotación tiránica y fea; y si la una es pregonada por la teología, la poesía, la política, o la filosofía, para la justificación del estado, a veces lamentable, a que las fuerzas del mundo natural han arrojado al hombre, la otra idea, la del poder, es vista como la presencia maligna que anida en su pecho de forma amenazante, su lado demoníaco. En el fondo no hay dos naturalezas en el hombre, sino una, la natural; en ella late siempre la irracionalidad de la existencia, su falta de razón, su misterio; incluso la teología cristiana, que interpreta el mundo moralmente como si fuera un drama, con una causa para su principio y una causa para su fin, no puede armonizar su doctrina de que el mundo es bueno y bello con el hecho de que esta misma creación y este mismo mundo se hicieran como castigo por haber pecado contra el Creador: para ello tiene que apelar a la fe, a la imaginación, a la dignidad del hombre, a su libertad conseguida. Muchos, que ven la religión como algo bueno y bello, como un acercamiento al ideal de perfección que alberga el hombre en su fuero interno, como veía Platón a la filosofía, ven en la Iglesia católica, por ejemplo, no ya una más o menos fiel representación de la palabra revelada por el Espíritu Santo o por Dios en la Biblia, sino su más clara traición al mensaje de pobreza, caridad, y humildad predicado por Cristo. No comprenden estos críticos que, en el mismo momento en que una teología toca la tierra y pretende sobrevivir en la naturaleza, en ese mismo momento su religión se convierte en política y, por tanto, en la ciencia de cómo adquirir, aumentar, o retener el poder para preservar su existencia.

El poder y la voluntad permiten nuestra supervivencia. A modo de anchas y largas murallas defensivas, salvan a las sociedades donde imperan de caer presa de la depredación de otras sociedades invasoras. Tras las murallas donde vigila el poder y el dominio de una cultura, ambas atentas a los cambios y dispuestas a interpretar los signos naturales que indican la proximidad de un peligro para su existencia, dentro de esas murallas, en el corazón de la ciudadela, se güarecen la cultura y la educación en su lucha por conseguir, para todos sus ciudadanos, la libertad y la justicia, la imaginación y la poesía, la ciencia y el teatro. Ahí late el corazón de la vida, escasa siempre, de la razón.

El fruto de esta libertad y esta vida de la razón es transitorio, no obstante, como corresponde a su existencia fugaz y transitoria, pues tanto si es por un exceso de poder y soberbia, como si es por azar o destino, no se suele tardar mucho, como nos enseña la historia, en que esa sociedad, esa civilización, esa cultura, esa construcción humana tan heroica, se debilite, caigan sus murallas y colapse sobre sí misma, siendo sus habitantes asesinados, mutilados o hechos esclavos y utilizados como bestias de carga para los trabajos más duros e insanos, como el de sacar oro y plata de las minas, dentro de las entrañas de la tierra. Los conquistadores no los consideran humanos en el mismo sentido que a ellos.

No tardarán los nuevos conquistadores en sentirse cómodos y en mandar reconstruir las murallas. El ciclo de la vida habrá vuelto a iniciarse. Un nuevo competidor se alza, entonces, majestuoso y bello, convencido de que es un ser diferente del resto de animales, pues ha sido creado por el Creador, su Creador, como un ser animal único e irrepetible, libre y destinado a vivir eternamente en la otra vida.

Se siente joven y fuerte, poderoso y libre.

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Nota Bene.- Como consecuencia de las apreciaciones de Don Rafael Ruiz Herbello, Doña Ana Gato Allende, y Don Salvador Moreno Valencia, creo necesario apuntar las siguientes explicaciones adicionales al texto.

Veo, en la práctica, que el poder es natural en un ser vivo y que, cuando ese poder se hace realmente efectivo y dominador, los actos de ese ser vivo se premian con la consecución de la idea de libertad: el invasor vencedor Alejandro Magno, a su llegada a Egipto, es divinizado en el oráculo de Siwa, como hijo de Ammón o Zeus. Esto es la consecuencia lógica de la divinización del poder real o imperial o democrático que luego vendría con César, Augusto y el resto de emperadores romanos, hasta llegar a la Declaración de Independencia americana o la Revolución Francesa de 1789.

No obstante todos estos ejemplos prácticos y toda la teoría que uno diseña para explicarlos, que está basada en la comprensión de la naturaleza, lo importante en este caso no es, no ya “saber” si el hombre es “libre” porque tiene un alma inmaterial o divina que lo separa de la materia, sino que, en la práctica, actúa y siente que es libre y crea ese derecho inviolable y divino dado por su Creador. De hecho, la “libertad” más auténtica en el hombre se la suministra su conocimiento, su comprensíon, y aceptación, de lo que considera la verdad del mundo en el que vive. Por eso se dice que “la verdad hace libre a los hombres”, pues, aunque partes integrantes de la naturaleza, comprenden, y aceptan, su auténtico papel en ella.

El hecho de que todo este sentimiento de superioridad “divina” sea recurrente y se dé en la historia de la Humanidad de forma cíclica en todas las realezas e imperios, en todas las democracias o repúblicas socialistas, no hace sino probar, en la práctica, que el poder se justifica a sí mismo apelando a su Creador. Así, por ejemplo, en su libro “divino” del Génesis, su Dios Yahvé le dice (1, 26): “Y por fin dijo: Hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra: y domine a los peces del mar, y a las aves del cielo, y a las bestias, y a toda la tierra, y a todo reptil que se mueve sobre la tierra. (…) y dijo: Creced y multiplicaos, y henchid la tierra, y enseñoreaos de ella, y dominad a los peces del mar, y a las aves del cielo, y a todos los animales que se mueven sobre la tierra (…).”

Todo esto es un razonamiento a posteriori de un hecho ya consumado, a saber, el que efectivamente el hombre ya había dominado y se había apoderado del reino animal y era, por tanto, más libre que ellos; tan libre, como para pensar en escribir que Dios se los había dado sólo a él sobre el resto. Es el paso lógico de todo poder vencedor: el de legitimar la justicia de su advenimiento y su reino.

La clásica idea de “la larga cadena del ser”, sobre la que se basa la idea del alma inmortal e inmaterial del hombre, separada de la naturaleza, es una idea hoy desechada por la ciencia. Esta idea de “la larga cadena del ser” explica el mundo natural como una cadena que iba de lo inferior a lo superior, en donde las plantas ocupan la base, luego los animales, luego el hombre, luego los astros para los griegos o los ángeles para los cristianos, para, finalmente, acabar en Dios o el Ser sumamente perfecto.

Esta idea de “la larga cadena del ser”, analizada por el profesor Arthur Lovejoy, está desechada hoy por la ciencia, pues presume un universo estático, pero prueba que, para que una idea sea influyente, no tiene por qué ser necesariamente correcta. El crítico Paul Robinson, como escribe el señor Peter Watson, “empleó el mismo argumento para referirse a la influencia de Sigmund Freud en el siglo XX: ‘La figura intelectual dominante de nuestro siglo estaba, en buena parte, equivocada’.”

Como dice el señor Jan Kott en su imprescindible obra Shakespeare, nuestro contemporáneo (páginas 40 y ss.), las obras históricas de Shakespeare llevan por título nombres de reyes (…) pero si se leen estos capítulos (…) cada uno de los capítulos termina donde empezó. En todas sus obras la historia acaba en el punto de partida, describiendo un círculo. (…) Es exactamente esta imagen de la historia (…) la que se nos impone con fuerza. La historia feudal es una larga escalera por la que sube un séquito de reyes. Cada escalón, cada peldaño que asciende, que le acerca al trono, está marcado por el crímen, el perjurio y la traición.”

“Pero cuando dé el paso final (continúa Kott), la corona caerá rodando al suelo.” Un nuevo postor la recogerá y la reclamará. “Desde el último escalón sólo es posible precipitarse al vacío. Los monarcas cambian, pero la escalera permanece. Y todos, buenos o malos, valientes o cobardes, nobles o innobles, ingenuos o cínicos suben por la escalera de la misma manera. (…) se trata de un mundo real; del mundo en que vivimos. Una vez más tenemos que examinar el funcionamiento del Gran Mecanismo (…). En la obra de Shakespeare no hay dioses; sólo monarcas que pasan scucesivamente de verdugos a víctimas. (…) No existen reyes buenos y malos, sólo reyes, cada uno en su peldaño de esa misma escalera (…) Las obras de Shakespeare sondramatis personae del Gran Mecanismo.”

El Gran Mecanismo es la Naturaleza de Aristóteles, de Spinoza, de Darwin, de Santayana, de Ortega.

Continúea Kott: “No existe el cielo ni el infierno, ni tampoco el orden de las esferas. La Tierra gira alrededor del Sol, y la historia del Renacimiento es tan sólo una gran escalera desde cuya cumbre otro nuevo rey se precipita al abismo. Sólo existe el Gran Mecanismo. Pero el Gran Mecanismo no sólo es cruel; también es una farsa trágica. (…) Ricardo III es la inteligencia del Gran Mecanismo, su voluntad y su conciencia. En esta obra Shakespeare mostró por primera vez el rostro humano del gran Mecanismo. Un rostro terrorífico por su fealdad y por el gesto cruel de sus labios (…). En Shakespeare todos los valores son frágiles y el mundo es más fuerte que el hombre. El implacable rodillo de la historia lo aplasta todo y acaba con todos. El hombre viene determinado por sus circunstancias, por el peldaño de la escalera donde se encuentre en cada momento. Y ese peldaño limita todos sus movimientos, su libertad de elección.”

A esta libertad apuntaba, primeramente, mi ensayo que, ahora, sonríe irónicamente, à la Mona Lisa.

Edward de Vere, 17º Conde de Oxford, Lord Great Chamberlain, primero de los nobles y segundo sólo ante la reina Isabel I, es el hombre que utilizó elnom de plume Shake-speare, como demuestra, desde 1920 con el señor Looney, la teoría oxfordiana. Él no podría haber estado más de acuerdo en esto.

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