¿Qué parte de la palabra libertad no entienden?

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A todos nos apena el tremendo  revuelo que aún sigue provocando la sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña, que daba la razón a las familias que solicitaban educar a sus hijos en castellano. Somos espectadores de estas cosas y nos preguntamos qué consecuencias tendrá y si algún día tendrán fin. Los nacionalismos salen de sus trincheras, bajo las faldas del Estado, y aprovechan la ocasión para jalear a sus seguidores en los ratos de ocio, quienes tras las manifestaciones regresan a la comodidad de sus vidas,  construidas sobre todo aquello que desprecian.

El nacionalismo vive de la exaltación de los sentimientos de las personas. Y para ello, es necesario espolear esos sentimientos continuamente, porque desde la racionalidad, con argumentos lógicos, no conseguirían arrastrar a las masas en sus reivindicaciones. El nacionalismo justifica  su existencia en el miedo. El nacionalismo excita a las personas proclamando falsedades del tipo “nuestra lengua será liquidada y desaparecerá si no salimos a defenderla”, y toda su estrategia de sensibilización se ejecuta en torno a esta gran mentira.

El catalán, el euskera, y por supuesto, el castellano,  han perdurado centenares de años, sobreviviendo a invasiones, guerras y déspotas. Para ello, no han necesitado del nacionalismo, ni de las subvenciones, ni de inmersiones escolares obligatorias. Las lenguas perduran porque hay madres y padres que enseñan a sus hijos la lengua en la que a su vez, fueron educados. Tan sencillo como esto.

En realidad, todo este temor por la desaparición de la lengua y la cultura catalanas es artificial. Y para que este miedo sea sentido por la población y haga temblar sus entrañas sensibles, debe ser es infundado intencionadamente por todas las vías posibles. Esto es lo que hacen los nacionalistas desde hace años.

Las culturas se influyen entre sí y evolucionan. Es inevitable. ¿Acaso no nos ha influido la cultura americana, mediante el cine, el rock, las hamburguesas, los árboles de Navidad, Mickey Mouse y Papá Noel? ¿Nos sentimos amenazados por ello? ¿Nuestra lengua, el catalán, el castellano, están amenazadas por la proliferación del uso del inglés? Y sobre todo, ¿acaso no es evidente que nuestras vidas han cambiado mucho en comparación con la de nuestros abuelos, que no estaban expuestos a estas influencias?

La preocupación por la desaparición del catalán es vana, y solo se justifica desde una mentalidad nacionalista, esto es, desde el irracionalismo.

Estos días, hemos visto que los nacionalistas catalanes han salido a la calle, henchidos de ese amor patrio, tan ibérico, tan español, y cubriendo sus razones con la senyera, han reclamado que se perpetúe  una gran injusticia: la imposición de la lengua catalana a todo el que quiera estudiar en un colegio en Cataluña.

Pero también sorprende la retahíla de argumentos de los defensores de la enseñanza bilingüe. Y esa sorpresa es que son  argumentos recíprocos a  los que usan los nacionalistas: “estamos en España y hay que estudiar en español” en aras de una supuesta igualdad de los ciudadanos de obligado cumplimiento.

Sin embargo, para suavizar su reivindicación, sus promotores proponen el bilingüismo como solución: que la mitad de las asignaturas en el colegio se aprendan en cada idioma. De esta manera construyen un mensaje más amigable para ganarse la simpatía de una parte de la sociedad catalana, y presentarse  como la opción del sentido común, la opción del punto medio. Como si al estar en el punto medio, el problema se resolviese, o como si el punto medio, que intuitivamente representa la moderación, la ecuanimidad y la virtud, les convirtiera en “los buenos” de esta polémica.

En mi opinión, ni los unos ni los otros jamás tendrán razón. La posición nacionalista es injusta por no respetar la libertad de educación de los habitantes de Catalunya cuya lengua materna no es el catalán.

La posición bilingüista, por su parte, pretende obligar a los que quieren estudiar sólo en catalán, a que estudien en los dos idiomas.

Son irreconciliables. Y siempre lo serán, porque el prevalecimiento de cada una de ellas implica necesariamente la imposición de su criterio a la otra parte. Y así, mala solución tiene el tema.

En definitiva, los bilingüistas pretenden contentar a los que estaban cabreados y para ello, están dispuestos a cabrear a los que estaban contentos. ¿Qué parte de la palabra libertad no entienden tanto los unos como los otros? ¿Por qué y a santo de qué, tiene alguien que venir a decirnos en qué idioma deben estudiar nuestros hijos?

¿No es libertad que cada familia elija el sistema de escolarización de los hijos, sea en catalán,  sea en castellano o sea bilingüe?

Si algunos de ellos, del uno y otro bando, están leyendo esto, les aseguró que coincidirían al responder esta pregunta con los mismos razonamientos: que  la educación pública obligatoria tiene como misión asegurar y proteger la lengua común, y que no es económicamente sostenible un sistema educativo “a la carta”.

En relación al primer pretexto, que el rol de la educación es el de proteger la lengua, deben convencerse que las lenguas no dependen de ello para perpetuarse. De hecho, la educación obligatoria se implantó en el siglo pasado, y hasta entonces las sociedades espontáneamente desarrollaron y cultivaron su propia lengua. El catalán mismo, por ejemplo.

Y en relación al pretexto de que sería  económicamente insostenible,  no es más que eso, un pretexto. Porque lo más lógico, sensato y respetuoso con la libertad de cada uno, es que el Estado permita la libre elección del centro educativo, público o privado, mediante el otorgamiento del cheque escolar a las familias.

Una cultura, una lengua,  no puede imponerse, sino fomentarse. Y son las personas las que libre y espontáneamente deciden dejarse influir por esa cultura.  Las culturas y las lenguas no tienen derechos. Son las personas los legítimos titulares de los derechos, por encima de las culturas y las lenguas. Libertad es que los padres elijan el idioma de escolarización de los hijos. Anular ese derecho, aunque a muchos les duela, sólo puede calificarse como un acto cruel de colectivismo.

 

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