La austeridad comienza por uno mismo

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Hasta el más torpe entre los torpes sabe lo sencillo que es proponer la austeridad en el prójimo y lo complejo que se vuelve aplicarla en la propia persona, y esa parece ser la premisa sobre la que están funcionando los gobiernos autonómicos del Partido Popular, que no dudan en aplicar la tijera a los gastos que no les afectan directamente mientras que incrementan su propia pedantería presuntuosa con fatuos gastos de excelencia vital.

Al igual que sucediera en Madrid, Cospedal no ha dudado en recortar por todos los lados habidos y por haber a la vez que ha decidido cambiar la sede del Gobierno autonómico a un palacete de esos que hacen sentirte más importante por el mero hecho de habitarlo, en un regreso retórico al feudalismo más retrógrado, bajo el peregrino argumento de que ahorrará alquileres por doquier, sin ser capaz de justificarlo con el único argumento irrebatible, los números.

Este es el principal problema de los políticos en general, de derechas y de izquierdas, españoles e internacionales, honestos y corruptos, todos, sin excepción, buscan conseguir la propia importancia por delante del interés general de los ciudadanos, porque cuesta mucho conseguir el poder y una vez que se llega a él hay que aprovecharlo, a costa de quien sea.

Algo falla en nuestro sistema democrático si permitimos que aquellos que están sufriendo más la crisis sigan sufragando los intentos de recuperación, mientras que los que la provocaron siguen cometiendo los mismos errores de manera reiterada, malgastando el dinero que reciben en su propia entronización pagana, abandonando por el camino cuestiones de tan vital importancia como la educación y la sanidad pública, que estarían mejor, y no me canso de repetirlo, en manos del Estado central, para evitar que el reino de taifas siga gobernando a su antojo.

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