Las huellas de la sequía

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Ha transcurrido casi medio otoño y desde el verano apenas ha llovido en la Galliguera. El suelo es polvo; el barbecho un cansino recorrido de briznas secas; los manchas boscosas de los robles marronearon precoces tiempo atrás; por los barrancos no se escurren los arroyos. La sequía pinta el cielo de azul y la tierra de ocre. La sequía asfixia  la esperanza que sólo la lluvia puede alimentar.
Los cauces de los ríos Asabón y Gállego están exhaustos, la consecuencia es ver al pantano de La Peña quedándose desnudo de su traje verde de montaña y agua. Sin el agua para esconder sus vergüenzas, el cuerpo de barro asoma sin pudor por sus contornos como carne húmeda y maleable sobre un  lecho  del que jamás volvió ningún amante. Picotean su piel de limo las garcetas. Las carpas de Carmen  necesitan remansos donde esperar el pan. El viejo puente de piedra por donde árabes y cristianos nunca  cruzaron juntos emerge de un largo sueño con sus losas convertidas en memoria perenne. No es fácil ver aparecer el lomo encorvado de su arco medieval. El puente de la Gorgocha o de Cacabiello, que lo mandó edificar Ramiro I para ser tutelado por el castillo de Cacabiello, que aún dormita entre sus ruinas, escarpe arriba de las compuertas, al abrigo de la Chuata, por donde adivinan las tormentas los pobladores de este valle. No, no es fácil verlo pero a veces la simple barrera de la física juega al ratón y al gato y se hace generosa para mostrar los tesoros inundados.
Nos vienen al instante las concretas conclusiónes del informe del ingeniero Sr. Bello que ya en 1925 advirtió de que el aterramiento del vaso del  pantano podría conseguir la ruina de sus fines que no son otros que ofrecer agua para el riego de las tierras bajas. A la vista de su aspecto, el barro está ganando la batalla. Todo es cuestión de tiempo o quizá de nuevos planteamientos, si de verdad tememos la sequía.
dedicado a Carmen de Alava.
fotos E.Mateo

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