Los partidos políticos y su desideologización

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El hombre es un animal político. Esto lo afirmaba Aristóteles en la primera parte de su libro Política, y sigue siendo una afirmación cierta, relevante y de plena actualidad. Al igual que el hombre es un ser social y libre desde su nacimiento, el hombre es un ser político, que es y se comporta como individuo dentro de una organización estatal y por ende, política.

Sin embargo, este hecho indiscutible se entrelaza con la nueva corriente social de la desideologización de la política, es decir, el hecho de que los partidos políticos (en teoría representantes democráticos de la sociedad) han renunciado a sus principios (los que fueren) en favor de las estrategias que les pueden llevar más fácilmente al éxito político. Y sobre esto hay mucho que debatir.

En primer lugar, el hecho de que un partido renuncie a unos principios por una estrategia electoral que le lleve al poder, no significa que el individuo que se presenta a las elecciones haya renunciado a su parte política. Y la estrategia en principio es algo legítimo. La duda está en saber si detrás del vacío ideológico de los grandes partidos actuales (tanto en Europa como en EEUU) están individuos que también han renunciado a su parte política (en caso de que esto sea posible) o simplemente son estrategas que han asumido la nueva forma de ser político respondiendo a las reivindicaciones de la sociedad.

Supongamos entonces que el político de turno sigue siendo y creyéndose un ser político, pero sin embargo esto lo oculta detrás de un “buenismo de sacristía” que le sirve de cartel electoral para convencer al electorado de que su opción política es la más recomendable, casi indiscutible. Pero, ¿es moralmente aceptable ocultar al individuo detrás del colectivo para un fin tan poco higiénico como es llegar al poder a toda costa? Viendo el panorama político y el comportamiento de los “mass media”, parece claro que sí.

Sin embargo, si es catastrófico que los políticos sean mentirosos, ocultistas y colectivistas, probablemente es más grave y peligroso que realmente hayan dejado de ser seres políticos. ¿Y por qué? Porque eso nos enfrentaría a una clase dirigente de ineptos que son desechables tanto en la forma como en el fondo. Tener un político hipócrita ya es malo, pero tenerlo hipócrita y estúpido es doblemente malo.

Pues bien, si miramos los pasquínes  electorales que acaban de presentar los grandes partidos para las próximas elecciones y se los enseñamos a un desconocedor de la España actual, probablemente el susodicho tenga dificultades para situar gran parte de las «propuestas» dentro de una línea ideológica o de otra. Y esto es un claro reflejo de que los partidos han sustituído los principios ideológicos por las propuestas estratégicas encaminadas al triunfo electoral.

Esto es bueno, ¿o es malo? Pues depende de cómo se quiera mirar. Es bueno para el político de turno que, aunque sea a costa de algo tan abyecto como la renuncia a los principios y al “ser político” del individuo, consigue su objetivo último que es ganar unos comicios electorales. Pero es malo porque se renuncia a parte de la esencia del ser humano, y toda renuncia en este sentido puede ser muy peligrosa.

Cuando hace medio siglo una parte importante de nuestra sociedad se quejaba en su fuero interno de la imposibilidad de expresar su “yo político” públicamente, las personas se sentían angustiadas y encerradas, y con razón. Y ahora que nos encontramos en el extremo opuesto, las masas “aplaudidoras” se alegran de la renuncia a las ideas, los valores y los principios (sean del signo que sean) porque lo único importante es el poder y lo que lleva consigo, o sea, el dinero, la opulencia y los otrora llamados siete pecados capitales.

¿Se asombran entonces ustedes del resultado que esto trae consigo? No, no podemos sorprendernos (ni quejarnos) de que nos gobiernen los que nos gobiernan (o los que nos quieren gobernar). La clase política, repito una vez más, es un fiel reflejo de sus votantes… más aún, se adapta a ellos. Por eso, si el electorado pide hombres-masa, se les da hombres-masa. Si el populacho pide “líderes” desideologizados, se le da lo que pide. ¿Qué será lo siguiente? Probablemente un gobierno de indignados.

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