¿Votará a la Dictadura del siglo XXI?

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¿Se encuentra usted entre los que no votan? Sin duda eligió un camino áspero y lleno de dificultades. Y no es que le falten razones para elegir la disidencia democrática  que todavía permite abstenerse no se sabe por cuánto tiempo, de seguir retrocediendo esta pantominocracia. La hemos visto  en estos últimos años, disfrazada de democracia, realizar una escalada progresiva de agresión  contra las libertades y derechos de personas, sociedades, instituciones y naciones.¿Votará a la  Dictadura del siglo XXI?

Los gobiernos de las llamadas democracias se han  convertido en cómplices de salteadores de salarios, pensiones, negocios y bienestar social. Se  trata de un  asalto a gran escala del mundo financiero contra todos nosotros sin excepción; un mundo controlado por una pocas y poderosas familias a nivel mundial que son la principal  parte interesada y sostenedora de las llamadas “agencias de calificación de riesgos”, una especie de King Kong al que hay que sacrificarle cuantos derechos y economías  dispongamos para tranquilizar su voracidad sin límite. Han descubierto la ley del tonto: que es mejor matar las gallinas de los huevos de oro que permitir que se reproduzcan, lo que en términos económicos significa: desviar las inversiones desde las industrias medias y pequeñas que sostienen la economía real a una especie de juego de gran casino que es el juego  sucio financiero. Sucio, pero legal. Le llaman “libertad de mercados”, y es legal aunque esa libertad acabe con la de todos nosotros, paralice las industrias, produzca desempleos masivos y reduzca la capacidad de consumir del personal que tanto aman los mismos ricos que la arruinan.

Si hubiese democracia en lugar de pantominocracia, el llamado Estado de Derecho – hoy en bancarrota y en declive-, hubiese actuado al menos de dos formas: poniendo límite a la voracidad de King Kong, y escuchando la voz popular de indignados y de toda clase de  gentes que se resisten a aceptar que los gobiernos  estén al servicio de los pueblos que les votan, y no del FMI o del Banco Mundial con sus tentáculos llamados Bancos centrales que nadie vota y han tomado el poder. En lugar de enfrentarse a los  enemigos de la voluntad popular, como era su deber,  los políticos que suponíamos demócratas han ido reculando hasta poner a sus países, entre ellos el nuestro, en estado de quiebra económica, política y social de un modo tan vergonzoso como humillante, tan increíblemente servil a los nuevos amos como sordo al clamor popular. Ya pueden haber manifestaciones, protestas, ocupaciones de bancos o del mismo banco central; ya pueden los indignados intentar por todos los medios que se conozca su opinión. A estos sátrapas de la banca mundial les da lo mismo lo que la calle, la opinión pública y los votantes de sus mismos partidos les digan o recomienden. Han blindado de tal modo su capacidad de sentir que se han desconectado totalmente de la realidad. Lo único que les interesa es el poder. Y uno se pregunta para qué lo quieren si no es para seguir haciendo lo mismo: apretar más el cuello del pueblo. Pero aún así, ni ellos mismos están ya seguros. Con el pecado llegó su penitencia, porque ahora ni ellos mismos están ya seguros en la poltrona que consiguieron con el voto de sus pueblos. No hay más que ver lo que ha sucedido en Grecia o en Italia por diferentes motivos a Papandreu y a Berlusconi. Eliminar a un presidente de gobierno en Grecia por pedir un referéndum  o  en Italia por cualquiera sabe qué manejos mafiosos, para cambiarlos por hombres de paja colocados por el FMI o  el Banco Mundial  controlado por los más ricos de entre los ricos es una señal de alarma general para cualquier presidente de gobierno.  Así que es cierto eso de que “le llaman democracia y no lo es”. Y no lo es sencillamente porque es una nueva dictadura .La dictadura del siglo XXI. Ya no se conforman con mantener la famosa Ley D’Hont que siempre juega a favor del bipartidismo, sino que la aplican con tanto rigor a otras opciones políticas que prácticamente nadie se entera de que existen hasta el mismo día en que va a votar, si es que lo hace, y se pregunta de dónde han salido esos señores de los que no tenía noticia.

No  faltan razones, no, para  ser abstencionista, aunque tengamos que ir contra  las mayorías que opinan que si no votas luego no te quejes, o de que votar fortalece la democracia. Y desde luego, sabiendo que tenemos que enfrentarnos a la enorme máquina de hipnosis colectiva llamada televisión. Así que por más cuentos chinos que le cuenten tiene usted todo el derecho a pensárselo dos veces con toda libertad antes de acudir a rendir su voluntad por cuatro años más a esta farsa.

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