Franco amortizó a la Iglesia lo que Mendizábal desamortizó

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         A raíz de polémica desatada con motivo del informe llevado a cabo por un grupo de expertos sobre la legitimidad en la que respecta a la posible retirada de los restos del dictador Francisco Franco del lugar que ocupa en la cripta de la basílica del Valle de los Caídos, los españoles nos hemos enterado de que una obra, la de la basílica subterránea  cuya construcción se llevó a cabo con dinero público y con la sangre y la salud de los presos políticos republicanos para de este modo poder obtener lo que se da en llamar la redención de penas por el trabajo, algunos solo vieron la libertad dejándose la vida trabajando en dicha obra, ahora, repito, nos hemos enterado los españoles de que es la Iglesia quien pincha y quien corta en todo lo relacionado con dicha basílica y lo que en ella se contiene. Nos han dicho muy claramente que quien tiene la última palabra para que los restos del dictador sean exhumados y depositados fuera de dicho lugar es competencia de la Iglesia. O sea, no hace falta darle más vuelta a la cosa ya que ante esto se puede decir que la Iglesia Católica es la propietaria de tan enorme como aberrante e ignominiosa construcción.

Ante esto se puede afirmar que el dictador amortizó a la Iglesia lo que Mendizábal en su día desamortizó: Los bienes terrenales, a los que tan dada es a poseer la Iglesia Católica. O sea que la basílica del Valle de los Caídos pasó, en su día y sin que los españoles lo supiéramos  a formar parte de los bienes de las llamadas “manos muertas”, o sea, de la Iglesia Católica española, que en absoluto sigue los consejos de su maestro, de Jesús, mediante los cuales advertía sobre el apego a las cosas del mundo: “No acumulen tesoros en la tierra…Reúnan riquezas celestiales que no se acaban…porque donde están tus riquezas, ahí también estará tu corazón”. No es este consejo o advertencia el que seguía la Iglesia en el medioevo, ni ahora en  pleno siglo XXI tampoco,  y así nos lo hacen saber algunos comentaristas de la obra de Leo Huberman, “Los bienes terrenales”.

Está claro que a la Iglesia le preocupan más los bienes terrenales que los celestiales y bien a la vista está. La pompa y el boato del que hacen gala en todos sus grandes eventos, uno de ellos las visitas del Papa, dan fe de ello y ponen de manifiesto sin ningún pudor que la pobreza no es precisamente algo que la Iglesia esté totalmente dispuesta a combatir y erradicar porque la Iglesia está a años luz de la realidad del mundo, en realidad la Iglesia es otro mundo, no de otro mundo, sino que es un mundo aparte sin que tenga nada que ver con este mundo en que habitamos y en el cual nos atacan más las penas que las alegrías. No es casualidad el que la Iglesia siempre haya estado más cerca del poder, de la riqueza, que de los pobres pero nunca ha intentado mediar ante esos poderosos para que repartan y traten mejor a los desvalidos y es precisamente esa convivencia con el poder, con el dinero, lo que le ha llevado a ansiar más el poseer los bienes terrenales que los bienes celestiales.

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