A vueltas con el sistema electoral

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Sabido es que nuestro sistema electoral adolece de notables desequilibrios representativos. Son cientos de miles los ciudadanos que ven cómo su voto se diluye en el limbo al que la ley D´Hont condena a buena parte de las papeletas encabezadas por  siglas de partidos no mayoritarios de ámbito nacional. Y lo que es aún peor, son otros tantos  los que terminan inclinándose por el llamado “voto útil”, no concediendo su aval a quien les gustaría, sino a aquel que les provoca un menor rechazo de entre las dos fuerzas políticas mayoritarias, lo que genera una preocupante apatía democrática en el ciudadano.

La coalición Izquierda Unida ha resultado la más perjudicada por este cruel sistema en las últimas décadas. No obstante, los políticos rojiverdes han sido incapaces de trasladar a la opinión pública su más que justificada oposición a tan nefasta ley electoral. De hecho, siempre han denunciado esta injusticia con la boca pequeña, casi con vergüenza, extraña actitud que sólo se entiende si se cae en la cuenta de su idílica relación con las fuerzas regionalistas e independentistas –las otras grandes beneficiadas del sistema- con las que han pactado y gobernado allá donde les ha sido posible –Cataluña, País Vasco, Galicia, Aragón, Baleares, Comunidad Valenciana…- olvidando, quizás, que la izquierda es por definición internacionalista, esto es, contraria a las limitaciones de las nacionalidades, y más aún a las nuevas fronteras delineadas por los nacionalismos locales.

Han tenido que ser Rosa Díez y Unión Progreso y Democracia, un partido con apenas cuatro años de vida, los que ponga sobre la mesa del debate público tan importante cuestión. Y lo han hecho con la boca bien abierta y la cabeza bien alta, tomando de las solapas a un eufórico candidato a la presidencia del gobierno en su debate de investidura. Solemne acto en el cual, después de echar un bochornoso capote a sus correligionarios encausados o condenados por corrupción, el señor Rajoy defendió con la prepotencia del acomplejado y el impudor del cínico las “bondades” de un sistema que ha permitido a su partido obtener un diputado por cada sesenta mil votos, mientras que UPyD ha necesitado más de doscientos mil para conseguir cada uno de los suyos. Desvela así el ya flamante presidente su preferencia por los partidos nacionalistas a la hora de buscar apoyos si en futuras elecciones se da la circunstancia –nada remota, por otra parte- de que ni siquiera tan ventajoso sistema le sirva para revalidar su mayoría absoluta. He aquí el líder que España demandaba, el virtuoso hombre de Estado, el de altura de miras… Que lo sepan sus votantes. Y sobre todo, que no lo olviden.

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