¿Lengua machista?

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Me suelen irritar las palabras, frases o expresiones que se ponen de moda, siendo vociferadas por los medios de comunicación y repetidas, de un día para otro, por el estólido eco del pueblo. Pero aún más me repugnan ciertas ideas cuya pobreza intelectual resulta directamente proporcional a la velocidad con que se propagan. Una que me suscita un especial rechazo, más aún por falsa y dañina que por manida, es aquella que afirma que nuestra lengua, la de Cervantes, es machista.

Cierto es que cuando algo se revela como extraordinariamente positivo se suele decir que es cojonudo, mientras que cuando una cosa resulta plomiza y aburrida se afirma sin pestañear que es un coñazo. Pero no es menos cierto que cuando nos hemos divertido sobremanera decimos que nos lo hemos pasado teta, mientras que cuando escuchamos una soberana tontería pronto la calificamos de gilipollez o pollada.

Igualmente, en los últimos años existe una obsesión enfermiza por desterrar de nuestro lenguaje el uso del genérico masculino. Los políticos dirigen sus discursos a los ciudadanos y ciudadanas, los sindicalistas se manifiestan junto a sus compañeros y compañeras, y los pedagogos y docentes, para no ser menos, interactúan con alumnos y alumnas. Y esto se puede extender –y de hecho se extiende- todo lo que se quiera, de manera que en no pocas ocasiones un texto que podría haber ocupado no más de un par de páginas termina llenando cuatro o cinco. Salta a la vista lo gravoso e inútil de esta práctica lingüística. No obstante, si se quiere ser de verdad consecuente, habría que llevarla hasta el límite. De este modo se debería hablar de corruptos y corruptas, ladrones y ladronas o asesinos y asesinas, por ejemplo.

Pero vayamos al eje de la cuestión: los términos machismo y feminismo. El primero de ellos no tiene más carga semántica que la negativa (definición RAE: actitud de prepotencia de los varones respecto a las mujeres), mientras que el segundo resulta esencialmente positivo (definición RAE: doctrina social favorable a la mujer, a quien concede capacidad y derechos reservados antes a los hombres). Tales definiciones resultan intachables, pues los diccionarios ni juzgan ni opinan, sino que definen con la mayor precisión posible. Ni un reproche, por  tanto, al respecto. Eso sí, existen dos términos que en los tiempos que corren merecerían estar igualmente incluidos en el diccionario de la RAE. Me refiero a las palabras hembrismo y masculinismo –o varonismo, según se prefiera-. Además, definirlas no entrañaría dificultad alguna: actitud de prepotencia de las mujeres respecto a los hombres, en el primer caso, y doctrina social favorable al hombre, a quien concede capacidad y derechos reservados antes a las mujeres, en el segundo. Y es que los tiempos han cambiado, y en lugar de limitarnos a corregir ciertas costumbres culturales degradantes para la mujer y a subsanar clamorosas injusticias políticas y sociales sufridas por ésta, hemos consentido que se produjese un movimiento pendular que ha convertido, en no pocas ocasiones, al hombre en nueva víctima de similares vicios.

Pensemos en un programa televisivo. Si un hombre se aventura a contar un chiste chusco y fácil del tipo “¿Cuándo irá la mujer a la Luna? Cuando haya que limpiarla”, le caerá como mínimo una regañina por parte del presentador –si es presentadora, seguramente también una colleja- acompañada de un sonoro abucheo del respetable previamente azuzado por el regidor de turno. Sin embargo, si es una mujer la que en el mismo programa hace una gracieta en la que pone en duda la virilidad de su ex, cifrando ésta únicamente en el exiguo tamaño de sus atributos, la carcajada queda garantizada, y pobre de aquel que no esboce una sonrisa de complicidad, pues los toques de atención en forma de codazos le caerán por diestro y siniestro. El hembrismo cultural resulta, pues, tan palpable como escandaloso.

Pensemos ahora en algo aún más doloroso e hiriente. Una mujer pide el divorcio sin argumentar razón alguna –ahora ya no es necesario según nuestra legislación-. Ella ni trabaja ni ha trabajado nunca, su marido gana tres mil euros al mes, tienen dos hijos menores, y de único patrimonio, una casa de cien metros cuadrados que es el domicilio familiar. El hombre, además de buscar y pagar una vivienda de alquiler, tendrá que desprenderse de buena parte de su sueldo para la manutención de los niños, cuya custodia -faltaría más- será para la madre. El varonismo social resulta, pues, una lucha tan justa como imperiosa.

En definitiva, dos términos que piden a gritos su salida del ostracismo. Que reclaman su lugar en una partida que ya no se puede seguir jugando con las mismas reglas de antaño, porque las cosas han cambiado, y de qué manera. Dos palabras que merecen ser resarcidas, negro sobre blanco, para que cualquiera pueda conocerlas y llegar a utilizarlas si así lo estima oportuno.

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