Apostasía y libertad

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Traigo a colación este asunto por una noticia que acabo de leer en la que se da a conocer que unas decenas de personas, entre las que se encuentra un amigo, exigen de la conferencia episcopal española que se les borre del registro de bautizos. Tiene la Real Academia de la Lengua Española, cuatro términos para definir la palabra apostasía.
1) Negar la fe de Jesucristo recibida en el bautismo.
2) Dicho de un religioso: Abandonar irregularmente la orden o instituto a que pertenece.
3) Dicho de un clérigo: Prescindir habitualmente de su condición de tal, por incumplimiento de las obligaciones propias de su estado.
4) Abandonar un partido para entrar en otro, o cambiar de opinión o doctrina.

A mí sinceramente me parecen cortas las definiciones, pero no voy a ser el enterado de turno que corrija a los “reales académicos”.

En cualquier caso, añadiría: Dicho de una persona normal y corriente: Renunciar a la pertenencia de una iglesia con todas las consecuencias por voluntad expresa.

Lo exigen no por capricho sino porque consideran que tienen derecho a renegar de una fe impuesta por costumbre o por creencias familiares.

Tienen derecho a pedirla y solicitarla porque simplemente se sienten incómodos en una situación que ellos no han elegido libremente y por tanto, lejos de una convicción personal.

Pero hétenos aquí con que se tienen que enfrentar con la que se cree propietaria de sus datos y de sus conciencias, la iglesia católica, que se niega rotundamente a concederles ese derecho arguyendo razones que se planteaban en la edad del paleolítico.

La experiencia personal que tengo es que van a tener que luchar por ese derecho la tira de años, excepto que en algún momento de la historia, entre un rayo de luz por entre las oscuras y anquilosadas grietas de dicha institución. Aunque mi caso es otro, ya que sigo siendo creyente no en un proyecto eclesiástico-administrativo sino en otro que apuesta por la cercanía de un Dios, amante del ser humano, tal y como lo plantea Jesús de Nazaret, me siento solidario con unas personas (me da igual que sean diez como mil) a las que les asiste el derecho más íntimo que es el respeto a su propia conciencia.

En el año 1.981, solicité al Vaticano dispensa de celibato porque, después de tres años de experiencia como sacerdote católico, no quería seguir como tal en una institución lejana a la realidad de la gente y a un mensaje evangélico totalmente revolucionario. Dicho permiso me llegó en el año 1.991. ¡¡Diez años!!. Ahí es nada. Actualmente creo que la solicitud tarda entre dos a tres años. Y eso por no querer seguir perteneciendo a una casta sacerdotal, cuánto más cuando se trata de renunciar a un bautizo por razones personales y que, repito, pertenecen a su propia conciencia ya que en un momento determinado de sus vidas, han tomado la decisión de no querer saber nada de religiones, ni de iglesias, por múltiples razones, como no creyentes o ateos.

¿Cuáles son las verdaderas razones de la iglesia para negar esta solicitud? Al grano, sin rodeos. Con la prepotencia que le caracteriza sigue creyendo y predicando que está en la posesión de la verdad absoluta y de hacer creer que si no se está bajo su tutela el infierno nos espera. Es increíble cómo puede seguir convencida de que la salvación de la gente depende de ella. Qué maniática obsesión. Al no avanzar y, como consecuencia, no cambiar sus conceptos, siguen anclados en, como decía un obispo recientemente, la “preciosa edad media” y por tanto, sometidos a su poder inexorable. Pero, por encima de todo, y por mucho poder que creen poseer, tienen una preocupación terrible por perder adeptos o fieles, lo que le supondría, entre otras cosas, una falta de ingresos dinerarios y en especie de todo tipo. El quid de la cuestión. ¿No sería de sentido común o de lógica, digo yo, aceptar la libertad de las personas? La gente que es de mi edad, recordará con qué insistencia obligaban al personal a ir a misa todos los domingos bajo amenaza de pecado mortal con sus consecuencias. ¿Y ahora qué? Esa consigna cansina acabó por silenciarse, como tantas otras. A esa misma mentalidad, siguen aferrados.

Así que, amigas y amigos apóstatas, paciencia. Lamentablemente no queda otra.

Soy de la idea de que somos hormigas contra un gran elefante.

Luchar por unas ideas y transmitírselas a nuestros hijos, sin faltar el respeto a nadie, es suficiente razón para seguir sembrando semillas de libertad.

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