El estallido de la indignación (parte II)

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Entrevista a Jorge Majfud, por Analía Gómez Vidal*

Analía Gómez Vidal nació en Buenos Aires, Argentina, en 1989. Estudió Economía (especialización en Periodismo) en la Universidad Torcuato Di Tella. Actualmente, cursa la Maestría en Economía en la misma institución, y trabaja como asistente de investigación en la Federación Iberoamericana de Bolsas (FIAB). Es colaboradora habitual de distintos medios independientes y se desempeña como responsable del blog del South American Business Forum (SABF).  

Twitter: http://twitter.com/#!/agomezvidal

Ligoteo

 

 

Analía Gómez Vidal: En contraposición con lo expresado por usted en la primera parte de esta entrevista, existe la sensación colectiva de que las nuevas tecnologías “democratizan” y le dan voz al ciudadano que tiene acceso a ellas.

 

Jorge Majfud: Son un instrumento, una herramienta, un arma o un juguete. Depende del uso que se les dé.  

 

AGV: Bien, pero retomando su afirmación sobre la distracción de las nuevas tecnologías, ¿Son una pantalla engañosa para el atontamiento en masa? ¿Definen un nuevo estrato social, sin valor real a nivel político y civil, que marca una nueva forma de marginalidad? Pero en ese caso, ¿Cómo se justifica la expansión y globalización de ideas alrededor del mundo? ¿No sería simplista extremar el rol de las nuevas tecnologías en las revueltas árabes, ya sea posicionándolas como actores principales, o como “elementos de distracción”?

 

JM: Dese los antiguos egipcios, fenicios, hebreos y helenos las ideas se han expandido, internacionalizado y globalizado. Nacen, se desarrollan, se expanden y mueren. Algunas duran unos pocos años y otros algunos siglos. Algunas renacen permanentemente, como las ideas de los antiguos griegos. Las tecnologías tienen su propia dinámica pero no están exentas de los estímulos de la cultura, de la historia y de los intereses más temporales de la política. La invención de la imprenta provocó una revolución pero fue provocada por la revolución humanista, y así todo. Yo no creo que haya un Demiurgo capaz de calcular y provocar el “atontamiento de las masas”. Tampoco creo que las masas sean tontas, pero no voy a caer en la demagogia de “voz populi, vox Dei”, de la cual no creo ni medio. Basta con mirar un poco la historia. La democracia directa está todavía por nacer. Aparece más lejana de lo que pensábamos hace veinte años, pero la posibilidad real está ahí todavía y tal vez sea inevitable. Postergable, pero inevitable. Tenemos los instrumentos, pero nos falta la madurez social, la cultura necesaria que sólo llega con generaciones de aprendizaje. Por ahora hay sólo balbuceos, con frecuencia trágicos.

 

AGV: Volviendo al análisis sobre el sistema capitalista, como lo plantee anteriormente, existe una cierta sensación de statu quo aguerrido.

 

JM: Sí, esa es una buena definición. Pero también hay una lucha por una “reparación”. Todos quieren “salvar algo”, desde el Euro hasta los puestos de trabajo. Nadie, o casi nadie, habla de “sepultar algo”. Pero el statu quo siempre ha sido violento, más cuando se lo cuestiona. Pi i Margall, un catalán progresista, si no anarquista, en 1851 publicó Reacción y revolución… Lo tengo por aquí, decía: “la revolución es la paz y la reacción la guerra”. Y en otra parte: “Cincuenta años atrás —dicen— no existía entre nosotros esta peste abominable [de los partidos políticos]; a la voz de Dios doblaban todos los españoles la rodilla, a la del rey ceñían o desceñían sus espaldas. […] La libertad nos ha traído la discordia […] La revolución ha venido a cerrar la era de paz de nuestros padres, ha venido a encender la guerra entre clase y clase, entre hombre y hombre, entre la fe y la razón […] Nuestro pueblo, es cierto, se ha insurreccionado cien veces en lo que va del siglo; mas se ha insurreccionado, examinadlo bien, por falta de libertad, no por la libertad de que ha gozado”. Son reflexiones muy actuales, escritas en un contexto ultraconservador.

 

 

AGV: Mientras los indignados protestan y salen a las calles, hay un movimiento en sentido contrario, pero paralelo, que se refugia en la posición más conservadora. Entonces, surgen resultados políticos como el fortalecimiento del Tea Party en EE.UU., o la victoria del PP en España de la mano de Rajoy. Estos sucesos, a su vez, parecen estar en contradicción íntima con las demandas de los jóvenes y trabajadores indignados en Occidente. ¿Por qué entonces se dan estos resultados? ¿Qué hace que caminemos en dirección contraria a lo que demandamos?¿Son realmente alternativas o posiciones excluyentes?

 

JM: Vamos por partes. El Tea Party es un movimiento básicamente reaccionario. La confusión y la falta de sustento conceptual es tal que se mezclan un ejército de mediocres feudalistas con gente de una inteligencia extraordinaria y con algunas propuestas verdaderamente valientes, como es el caso del republicano Ron Paul y su no-intervencionismo radical. No obstante, sospecho que este movimiento fraudulento del Té disminuirá su influencia política de forma progresiva. Los Occupy han aparecido en el momento justo para contrabalancear lo que muchos piensan es una ola conservadora imparable. En España, como en otros países, votaron con el bolsillo y con un fuerte sentimiento de frustración. En esos casos de crisis económicas, los votantes necesitan encontrar un culpable que no sean ellos mismos. En el 2003 estuve en España por varios meses y le dije a mis colegas arquitectos: la nueva generación está demasiado acostumbrada a la bonanza económica. Sus niveles de gasto y ocio multiplican al de Uruguay y Argentina, mientras que no veo que la productividad por persona sea mayor. Por otra parte, el boom de la construcción no puede sostenerse indefinidamente. Me dijeron que los que estaban en crisis eran Uruguay y Argentina, no España. Cierto: las olas de inmigrantes provenían del sur. Ellos recordarán mi respuesta (algo de lo mismo ya había dicho en los diarios de España): No olviden que, por alguna razón, el Río de la Plata se llenó de inmigrantes europeos en el siglo XX, sobre todo de España, y esa realidad se va a repetir apenas se produzca la primer gran crisis aquí. Sonriendo, me preguntaron si sabía cuándo vendría esa crisis (razón por la cual rechazaba una magnífica oportunidad que me estaban ofreciendo por escrito para trabajar como arquitecto allí) y les dije: “No más de cinco años, al menos en la construcción; luego viene lo demás, como siempre”. Ahora los españoles están emigrando. Ahora, el sistema bipartidista es la ilusión perfecta del cambio que mantiene el statu quo: los electores votan al partido de la oposición cada vez que quieren un cambio pero no se animan a cambiar nada de verdad. El debate electoral en España fue alarmantemente mediocre. “Esto es inconcebible, es una real vergüenza, es incalificable, es producto de hacer las cosas mal, es inexcusable”. Es la política de los adjetivos. Luego de limpiar los discursos y los debates (en realidad no hubo debate entre Rajoy y Rubalcaba, ni entre el PP y el PSOE en general, sino simulacros) no quedaba nada, o casi nada. Entonces la política, que es concebida como solución y salvación de una sociedad en crisis, se convierte en su opuesto: en un consuelo destructivo, más que en un instrumento de potencialización de una sociedad. Porque un cambio real hubiese sido preguntarse, en tiempos de bonanza, qué se está haciendo mal para realizar los cambios a tiempo y no cuando llega la crisis. Esa es mi mayor crítica desde hace un par de años a los países de America Latina. Están dormidos en la autocomplacencia de la bonanza, en el festejo del derrumbe (muy cuestionable) del imperio. Pero si observamos que gran parte de esa bonanza se basa en la misma historia de décadas y siglos atrás, debería llamarlos a reflexión. Por ejemplo, la exportación de commodities, la lenta, y hasta, inexistencia de una mayor cultura democrática en el sentido del respeto individual por las reglas de juego (que se traduce en corrupción administrativa arriba y violencia civil e impunidad generalizada abajo) y la falta de coraje civil para cambiar esas mismas reglas y una repetición y renovación alarmante de viejos discursos exculpatorios.

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