Tontos de hoy en día (II)

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Lo prometido es deuda.

Es hora de atender a ese segundo grupo que comparte el inabarcable espacio de la tontuna actual con los tontos titulados. Se trata, como ya advertí en la primera entrega de Tontos de hoy en día, de los tontos embrutecidos.

Éstos son más numerosos que aquéllos, no obstante, suponen un menor peligro, pues no ocupan importantes cuotas de poder, aunque se dé alguna que otra excepción. Este tipo de tonto combina a la perfección una supina incultura, realmente estremecedora, con una estulticia apabullante, presentándose como una bestia inmunda, un torpe pedazo de carne que, fuera de la muletilla de turno o el exabrupto verbal, es incapaz de estructurar un discurso, ya sea oral o escrito, que resulte comprensible. De modo que, en esta ocasión, creo que con esgrimir un par de ejemplos será más que suficiente.

Entre los tontos embrutecidos, por resultar especialmente molestos y dañinos, destacan los empeñados en exteriorizar su profunda idiotez.

Me refiero a los que pretenden hacer partícipes de su desquiciada fiesta nocturna al resto de la población. Para ello, claro está, no se lo piensan a la hora de contaminar las calles con el ruido –me niego a llamarlo música- que despiden las radios de sus coches, conduciendo de forma agresiva e irresponsable, como si la vida de cualquier otro ciudadano valiese tan poco como las suyas. Igualmente, no se cortan si de lo que se trata es de lanzar al aire de la noche -sea la hora que sea y siempre en manada- estúpidos cánticos, aquellos que suelen escuchar a sus únicos referentes intelectuales: los ultras futboleros. Son estos tontos, por lo general, seres violentos, dominados por las pulsiones más bajas, miembros de un rebaño que pace a gusto en este gran campo de incultura, desfachatez y abyección en que se ha convertido el mundo.

Similar nivel de idiotez alcanzan los que protagonizan este segundo y último ejemplo, aquellos que viven por y para su cuerpo, limitando las funciones del cerebro a una serie de mínimos, tales como articular alguna que otra frase –nunca subordinadas o yuxtapuestas- que les permita comunicarse con sus semejantes, o resolver ciertas operaciones matemáticas –nunca multiplicaciones o divisiones, y menos aún con decimales- necesarias para no pasarse del presupuesto a la hora de comprar cremas hidratantes y prendas ajustadas. En verdad, me resulta muy curioso su modus operandi, propio de un perfecto cretino: se pasan el día lustrando su cuerpo por fuera –ellos, con gimnasio y depilación, y ellas, al parecer más pudientes, con rayos UVA e injertos de silicona-, sin embargo, al llegar la noche, unos y otras se empeñan en destrozarse el cuerpo por dentro a golpe de garrafón y farlopa. Y son personajes de su ralea, chulos y golfas de la peor calaña, los que invaden los infames programas de una televisión cada día más putrefacta, llegando a convertirse en modelo de conducta para niños y adolescentes, los cuales, a buen seguro, terminarán zambulléndose en el mismo fango de inmundicia que hoy ocupan sus ídolos.

En conclusión. Entre tontos titulados y tontos embrutecidos, el mundo actual se ha convertido en el paraíso soñado por el memo, el gran reino de los idiotas, un fatídico lugar donde la inteligencia, considerada provocación, es vilipendiada y perseguida, y donde la norma es dictada por una caterva de cretinos con poder y acatada por una masa orgullosa de su propia majadería.

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