Rubalcaba, el superviviente

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Contra todo pronóstico, y toda indisciplina ajena, Rubalcaba ha conseguido alzarse con la Secretaría General del Partido Socialista Obrero Español, en una maniobra política de mago del manejo de las voluntades, por pura convicción lograda más que por paseos impropios por las alcantarillas del poder, de los que siempre fue acusado pero de los que nunca se pudo probar nada.

Es difícil plantearse un cambio real en el PSOE con la elección de Rubalcaba, pero no nos cabe más que aceptar el órdago a la grande que se han jugado los delegados socialistas y aguantar el tirón porque no tenemos más que ases que llevarnos a la boca, porque intuimos, con razón, que la realidad superará a la ficción y Alfredo dejará paso, cuando deba, a un candidato más joven y más ilusionante.

Rubalcaba es un superviviente, un hombre curtido en mil batallas, valga el tópico, uno de los políticos más inteligentes que ha dado España en las últimas décadas, siempre al servicio del poder, que otro ostentaba pero que él manejaba, moviéndose sin hacer ruido y forjando una carrera sólida al frente de cargos cada vez más importantes, destacando, por su trascendencia para la historia, su paso por el Ministerio del Interior.

Se prevé, ahora, una oposición dura, pero leal, no de las que practica el PP, sino de las que acostumbra el PSOE, sin dejar un tabique sin apuntalar, pero colaborando en la medida de lo posible, un duelo dialéctico en el Parlamento que ganará Rubalcaba, sin duda, porque Rajoy, una vez desprovisto de su discurso machacón sobre lo mal que lo está haciendo el Gobierno, se queda en un mero registrador de la propiedad, triste y gris.

El PSOE ha apostado por la transición tranquila en lugar de decantarse por la ruptura que hubiera supuesto Chacón, una ruptura que con Zapatero funcionó, pero no olvidemos que en el 35 Congreso Almunia no quiso saber nada, no había opción a la continuidad, pero ahora sí. Esa es la diferencia de Rubalcaba con Almunia, con el resto de los políticos de España, cuando todos huyen al empezar a deletrear la palabra fracaso, él redobla sus esfuerzos para lograr sus objetivos.

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