La educación en España: una aproximación al desastre

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La enseñanza en España- tanto como la educación- están muy desacreditadas. Aunque los datos negativos oscilan entre las diversas comunidades, al terminar la escolaridad obligatoria una media de uno de cada tres estudiantes fracasa en los objetivos que el Gobierno propone.

Y los estudiantes que destacan se ven empujados a emigrar con sus títulos en la maleta en busca de empleo. Una situación insostenible de fuga de cerebros que tendrá graves repercusiones.

El fracaso escolar no puede reducirse al dato del número de aprobados en los cursos, sino en el desarrollo de cualidades y aptitudes capaces de convertir a los chicos y chicas en personas de espíritu crítico, sensibles, dialogantes, poseedores de una buena autoestima, respetuosos, responsables, creativos, abiertos a la cultura y a nuevos aprendizajes, a la vez que amantes de la lectura como herramienta de acceso al conocimiento. Todas esas cualidades deberían haberlas adquirido en una gran mayoría teniendo en cuenta que el tiempo de permanencia obligatorio en la institución escolar es como mínimo 10 años. Y diez años en la infancia y adolescencia, cuando existe tanta plasticidad cerebral y de la sensibilidad en los jóvenes deberían ser más que suficientes para alcanzar un porcentaje de éxito cultural y educacional más que satisfactorio. Sin embargo no es así.

Al terminar la escolaridad obligatoria, una gran mayoría de jóvenes estudiantes repudia la lectura, es reacio a participar en actividades culturales, tiene obsesión por el móvil y los juegos de pantalla y un concepto negativo de la escuela, del mundo adulto y de sus profesores, aunque no existen estadísticas al respecto.

Preguntarnos por las causas de tan deplorables resultados es un asunto complejo que no permite maniqueísmos simplistas, porque lo que está fracasando son varios elementos esenciales: un modelo de enseñar, un conjunto de programas, un modelo cultural, una mala iniciación a la espiritualidad – confundida con religión católica- y desde luego un modelo social y un tipo inadecuado de relación familia-escuela. Todo este avispero está colocado bajo la batuta del Gobierno de turno y cada gobierno de turno bajo la batuta de quienes les subvencionan las elecciones (o sea, banqueros y multinacionales). El Sistema capitalista es un ente que funciona en todos los campos, y el educativo es preferente, porque asegura su continuidad a través de mentes juveniles de repuesto convenientemente moldeadas. Por eso se asegura que en el medio escolar se consiga inculcar ante todo algunos elementos que le son esenciales: orden externo, disciplina externa y sumisa obediencia. Lo demás, aunque también necesario, se da para asegurarse un buen rendimiento laboral el día de mañana: son los programas de estudio elaborados por los gobiernos de acuerdo con su ideología y necesidades. Programas, por otra parte, que se dan con pocos recursos, pues las inversiones de los gobiernos en las escuelas son deplorables, siempre bajo mínimos, y en época de crisis como la actual son algo vergonzoso.

En estas circunstancias, el fracaso escolar se convierte inevitablemente por un lado en un triunfo del Sistema (porque consigue la sumisión y la disciplina de los estudiantes) y por otro en un fracaso social, porque no solo no consigue las cualidades señaladas más arriba como metas de la educación, sino que la propia estructura y dinámica del sistema escolar conduce al desinterés y pasividad y fomenta la irresponsabilidad de los alumnos y alumnas, lo cual tendrá negativas consecuencias en la vida laboral y social de los jóvenes, cuya única motivación en la mayoría de casos es aprobar exámenes que garanticen títulos. Se estudia para eso y se espera que eso sirva, aunque los conocimientos que se aprobaron se olvidan rápido, como se ha demostrado experimentalmente.

A todo lo anterior es preciso añadir que no existe una valoración social mayoritaria de la cultura ni de la preparación cultural de sus miembros. A la gente suele darle lo mismo lo que sepa el vecino o el amigo, porque el Sistema le ha hecho valorar más lo material: el coche o la casa del vecino o el amigo y este es el efecto a largo plazo del fracaso escolar.

El fracaso educativo, tiene, pues, diversas variables, y sería un milagro que triunfara un niño o niña procedentes de un medio donde el dinero sea el mayor de los deseos a conseguir, o donde exista una mala convivencia familiar, o profesores distantes que hagan poco atractivo el trabajo, y unas malas relaciones padres-profesores.

¿Existe una fórmula mágica capaz de acabar con este estado de cosas? Es evidente que no. Si algunos ingenuos padres piensan con toda buena intención que la nota de su hijo-a en la papeleta del examen garantiza su éxito está en un error. Cuando se vive en una sociedad como la nuestra, cuya máxima aspiración es el TENER propiedades, dinero y privilegios, no pueden existir fórmulas mágicas. Y menos aún en España, donde el Estado está a la cola de Europa en inversiones educativas, y los resultados son los correspondientes: estamos a la cola de Europa también en esta materia. Y nos faltaba esta crisis.

Sumemos ahora las otras crisis; las crisis de valores, la crisis moral y ética en que se debaten las sociedades actuales en pleno Apocalipsis y llegaremos a la conclusión que el niño o la niña que triunfe como ser humano integral en estas condiciones es un héroe y debiera ser declarado como tal y escrito su nombre en los anales de su ciudad para emulación de las generaciones venideras.

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