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Política

La nación de La Pepa

Última actualización: 16/03/2012 08:30
Diego J. Ruiz
Diego J. Ruiz
PorDiego J. Ruiz
Madrid 1968. Liberal libertario. Miembro del Partido de la Libertad Individual (P-Lib) www.p-lib.es y del Club Liberal Español. Síguele en twitter: @diegoj_ruiz
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Siempre hablaré de cultura antes que de nación. Y es que el término nación es la excusa para el intervencionismo, el socialismo y los  recortes de libertad. Las grandes leyes que han relegado la libertad a un segundo término, siempre se han justificado por el bien de la nación. El término nación siempre ha patrocinado el agrandamiento de los estados y la reducción del ámbito de autonomía de la sociedad civil. Y no hay subida de impuestos, subvención, y sobre todo, guerra, que no esté argumentada por el bien de la nación.

Pero a pesar de todo ello, España es una nación. No porque lo digan el PP, o el PSOE, o cualquier institución o fundación, o incluso la Constitución de 1978, sino porque la nación es el espacio de convivencia entre individuos de culturas diversas en el que se relacionan libremente, se influyen y se benefician mutuamente.

España es hoy una nación compleja porque en muchas de sus regiones la coexistencia de culturas excede lo estrictamente geográfico. En Cataluña por ejemplo, conviven dos culturas lingÁ¼ísticas, pero conviven varias culturas sociológicas. Andaluces, gallegos, extremeños… conviven con los catalanes.

Al nacionalismo catalán, al nacionalismo vasco, al gallego, les aterra esta realidad. Ven con horror que en Cataluña, País Vasco y Galicia  convivan culturas diferentes a la autóctona. Y a pesar de que aceptan que esas culturas puedan desarrollarse allí, persiguen situar a su propia cultura en un plano de superioridad, quedando las demás subordinadas. Y para conseguirlo, conculcan los derechos de los individuos a expresarse y cultivar su propia cultura.

Esta perspectiva no es nueva. Es la misma que el franquismo trató de imponer en nuestro país durante años, y que aún hoy en día es compartida por sectores de nuestra sociedad. Franco decidió imponer en España una homogeneidad cultural inexistente, de manera artificial. Así emprendió un ominoso proyecto de ingeniería social que impuso una nueva «cultura españolista». Surgió el españolismo, creado a partir de estereotipos regionales, falsos mitos de la guerra civil y de una interpretación pervertida de la historia de España.

La implantación del españolismo en todo nuestro país, tuvo como consecuencia  que las culturas catalana, vasca, gallega,  quedaran relegadas a la categoría de folclore durante largos 40 años, y por tanto, sometidas a esa nueva invención que era la cultura españolista.

Aún en nuestros días ese españolismo de cuchufleta y pandereta, forma parte de nuestro imaginario nacional, y sigue ejerciendo influencia, incluso a nivel político.  Posiblemente pasará alguna generación más hasta que lo hayamos superado.

Pero curiosamente los  nacionalismos centrífugos han adoptado abiertamente los mismos instrumentos que empleó el franquismo. En Cataluña, que hace 30 años rezumaba españolismo de chorizo y pandereta, hoy rezuma catalanismo de butifarra y caganers. Los nacionalistas que allí gobiernan desde la Transición,  han venido promoviendo estereotipos  con fines propagandísticos, y han mitificado falsamente personajes históricos  y reescrito su Historia  para que cuando se estudien en las escuelas, no desentonen con su doctrina redentora.

El nacionalismo cree ciegamente en las naciones monoculturales. La mayoría de las veces recurren a la acción política para conseguirlo, como hacen los partidos nacionalistas en España. Pero en otras, que no son pocas en los últimos dos siglos, recurren a la violencia, a la guerra, al genocidio y a la limpieza étnica. Europa ha sufrido esta verdad, y a todos nos vienen esas tragedias a la mente.

Esta homogeneización cultural es liberticida. El nacionalismo es liberticida porque promueve la homogeneización cultural. Por ello su creencia en la libertad es tan sólo un pretexto político vacío de contenido.

En una sociedad de máxima libertad individual, el nacionalismo perdería su razón de ser. Si la libertad fuera plena para todos los individuos y en todos los ámbitos de la vida y de la sociedad, todo ciudadano podría expresarse y vivir conforme a su cultura y sus creencias, sin coerción alguna por parte de otros.  Y siendo así, ¿qué motivo tendrían para apelar al nacionalismo?

Por todo ello, en contra de lo que muchos piensan, la alternativa al nacionalismo catalán o vasco no es el nacionalismo español. Ni tampoco viceversa.

La verdadera oposición al nacionalismo es la plena libertad individual, en absoluta ausencia de coerción y coacción por parte del estado.  Sólo ello es garantía de convivencia entre culturas diferentes.

Son ya doscientos años desde que por primera vez se pasó lectura oficial en Cádiz del artículo número uno de la Constitución de 1812, en tiempo de la invasión francesa: “La nación española es la reunión de los españoles de ambos hemisferios”. En mi opinión, esta definición de nación nunca ha sido superada en su significado e implicaciones.

Cuando aquellos diputados constituyentes, procedentes de todas las provincias españolas, tanto de la península ibérica como de las Canarias, la América hispana, y hasta Filipinas, definieron de esta manera la nación,  otorgaron la misma libertad a todos sus habitantes. Eran los nuevos ciudadanos, pertenecientes a culturas muy diferentes: criollos, quechuas, guaraníes, aztecas, incas… de aquel lado del océano, más castellanos, aragoneses, vascos, andaluces, catalanes, canarios… de este lado.

La nación de La Pepa fue el más extraordinario y sincero intento en nuestra historia por instituir una nación multicultural que asegurase las mismas cotas de libertad ciudadana y derechos a todos los españoles que vivían en la complejísima realidad que el imperio había forjado a base de fuego, espada y catecismo.

La Constitución de La Pepa reconocía errores, injusticias y penas que esas personas de tan diversas culturas habían sufrido bajo el yugo de la Corona. Y en su articulado no acertaba a resolverlos del todo. Pero proclamaba la intención de seguir compartiendo un mismo viaje en la Historia, y sobre todo, de compartir un mismo ámbito de libertad, en el que el poder de la Corona y del Estado, tuviera unos límites claros que imposibilitaran que cualquiera de esas culturas viera menoscabada su desarrollo.

Doscientos años después, recordamos todo ello como un bonito sueño. Pero es un sueño que aún perdura como ejemplo. Y más aún en este momento que tanto necesitamos de buenos ejemplos.

¡Viva La Pepa!

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PorDiego J. Ruiz
Madrid 1968. Liberal libertario. Miembro del Partido de la Libertad Individual (P-Lib) www.p-lib.es y del Club Liberal Español. Síguele en twitter: @diegoj_ruiz
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