La opinión de expertos es una guía, pero no es una ley

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¿Lo mío es lo mejor, o lo tuyo es inferior?

La “opinión de expertos” se utiliza para clasificar los artículos científicos y asignarles un nivel de importancia a la hora de tomar decisiones clínicas. Para la práctica clínica, la opinión de expertos es una guía, pero no es una ley.

En apariencia, esto supone un desprecio a la experiencia de los mejores profesionales que han acumulado con su desempeño profesional a lo largo de los años. En realidad, el sistema de puntuación asume que, si realmente han sido los mejores, a lo largo de su práctica habrán podido demostrar y publicar todo lo que sabían.

Sin embargo, no siempre los grandes científicos tienen el presupuesto para conducir un costoso ensayo clínico, por hallarse en países empobrecidos, o tienen el respaldo de la industria del sector si sus patentes no son donadas a accionistas sino al conjunto de la humanidad, como el ilustre Doctor Patarroyo. Además, la mayor parte de los estudios científicos biosanitarios en la actualidad están patrocinados por la industria, la cual decide su publicación o descarte en base a los beneficios.

Conocido este riesgo, parece temerario entregar el rumbo de la práctica clínica a un conjunto de estudios que pueden estar manipulados por intereses económicos, y relegar la opinión de los profesionales experimentados a un papel tan secundario. Aún así, existen razones para que los profesionales sigamos prefiriendo cimentarnos en la ciencia demostrable que en el discurso locuaz y desenfadado de un “experto” por el riesgo de que se produzcan conflictos de interés.

Tenemos mucha más receptividad ante un amable orador en un ambiente desenfadado que a un frío estudio escrito con el seco lenguaje científico en la pantalla del ordenador. Somos mucho menos críticos a sus opiniones, y nos planteamos menos quién o cómo se las ha podido infundir. Es del “experto” del que intentan valerse los que tienen que conseguir la venta y promoción de productos biosanitarios cuyos ensayos sobre el terreno no siempre garantizan el retorno la inversión realizada en su desarrollo.

El lenguaje científico es objetivo, las opiniones no. A pesar de su escasa relevancia teórica en la elaboración de los protocolos clínicos, los “expertos” suelen copar los puestos de representación de sociedades científicas y profesionales, son los interlocutores y asesores de la clase política, y condicionan mucho más de lo que nos gustaría las líneas maestras de la salud pública. Ellos definen los mensajes que se lanzan a la población, tras recibirlos de aquellos que los apoyan por intereses espúreos, y crean corrientes de opinión compartidas de manera casi inconsciente por el resto de la población. El experto asesor de lo público tiene que guiarse por principios éticos, o será un representante más de intereses comerciales.

Tenemos que respetar e incorporar todo el bagaje de “el que lee mucho y anda mucho” porque “ve mucho y sabe mucho”, como decía Cervantes. Los profesionales tenemos que ser capaces de elaborar la receta de nuestro saber incorporando los ingredientes que la ciencia, la etnomedicina, y la propia experiencia aportan. La opinión de los expertos puede enriquecerla arruinar el plato. Hacer nuestra propia comida o confiar en lo que nos pongan… una decisión nada inocente; elijamos con cuidado quién nos alimenta.

Teodoro Martínez Arán
Médico

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