Condenados a un determinismo social

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La política económica determina sin duda los destinos de la personas y esta es una verdad avalada por la experiencia histórica. Siempre ha habido una escisión entre ricos y pobres que ha sobrevenido a cualesquiera circunstancias históricas e incluso se ha argumentado desde una selección biológica que somete a los seres humanos  a un destino inexorable que imposibilita su ascensión en la escala social, condenándolo a un determinismo radical. Las arcaicas estructuras sociales de Occidente han ido sufriendo escisiones a los largo del tiempo pero han salido siempre airosas de las situaciones conflictivas. El liberalismo, abanderado de la libertad individual y de la capacidad de las personas de esquivar su destino, se nos había presentado como un sistema que rompía con los privilegios y nos situaba a todos los seres humanos en la misma línea de salida. Nada más lejos de la realidad, este sistema se ha quitado la máscara y nos muestra su cara más diabólica, la que permite que cualquier regla del juego económico y político pueda ser transgredida si el objetivo sirve para ascender en la escala social.

Estas reflexiones valen para afrontar con cierto pragmatismo la situación de los llamados países desarrollados de Occidente, esos que se han dado a sí mismos el título de civilizados pero que no dudan en masacrar a quienes se oponen a sus designios. Asistimos a una ardua selección de las personas desde una perspectiva económica y, como no, también biológica pues sólo acceden a una situación de privilegio económico quienes tienen la habilidad y la inteligencia suficiente para hacerlo. Esta afirmación resulta claramente peligrosa por cuanto que contiene una argumentación biologicista que ha dado lugar a fenómenos históricos de triste recuerdo para todos ( la esclavitud, el apartheid, el nazismo…). Ya en la modernidad, lejos de las reivindicaciones de justicia social que reclamaba el incipiente capitalismo democrático, nos encontramos con que la antigua burguesía queda reconvertida en una clase empresarial y financiera que controla las vidas de los ciudadanos amparándose en una base política democrática que justifica cualquier exceso en su actividad lucrativa. Este peligro se anunciaba tiempo atrás  tras el establecimiento del sistema capitalista en toda la órbita occidental. Por eso no resulta tan extraño para los expertos económicos que hayamos llegado a la situación en que nos encontramos.  El problema de la corrupción es de tal envergadura sobre todo en países como España que ya no sólo salpica a las entidades financieras y a sus directivos sino que ha calado en la clase política que amparándose en el sufragio ningunea a la ciudadanía y se ampara en un sistema judicial parsimonioso y tutelado por el aparato gubernamental.

En esta tesitura de crisis económica, los ciudadanos occidentales vivimos en un continuo estado de presión mediática que nos acaba haciendo inmunes a cualquier circunstancia por grave que esta sea a tenor de un proceso vital de adaptación a las circunstancias. Sin apenas darnos cuenta se ejerce una manipulación sutil sobre las personas  que se transforma en un determinismo social que anula toda posibilidad de reacción ante la situación de crisis económica que padecemos. Estas son las armas del neocapitalismo que ya predijera Marx y que con el tiempo aunque aparentemente más suavizadas se han vuelto, de pronto, contra toda la ciudadanía que concienciada del progreso al que este sistema nos había conducido se ha visto condenada a un fracaso social que hará mella, sin duda, en la vida de las próximas generaciones no sólo en lo económico sino lo que es todavía peor, en la consideración ética de las personas a las que se va a clasificar según su capacidad para poder sobrevivir en esta jungla en que se ha convertido, o ya lo era, la sociedad neoliberal en la que estamos inmersos.

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