Grandes delitos, grandes delincuentes

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Hoy en día el fenómeno transgresor en las altas esferas de las finanzas, la política, la Iglesia ( en lo que se refiere a la moral y principios cristianos)  y las fuerzas militares internacionales, alcanza cotas nunca vistas, y afecta a capas de población muy diversas y a países de todas las latitudes. Los ricos y poderosos, en la medida de su poder y de su capacidad de actuar, corromper o violentar, actúan a menudo contra las leyes que con su propio consentimiento, en ocasiones con su asesoramiento y muchas veces por su intervención directa, han sido aprobadas en muchos casos por sus propios amigos, conocidos o “subvencionados” del poder legislativo, al que incluso pueden pertenecer haciendo leyes a su medida. Mayor sarcasmo y cinismo no caben. Así, montan fácilmente negocios sucios, eluden impuestos, blanquean dinero producto de delitos mafiosos, venden y compran armas, organizan guerras y otros conflictos que supongan beneficios, expolian recursos naturales destrozando el medio ambiente, desinforman, trafican ilegalmente con materias primas procedentes de países infradesarrollados, o les obligan por diversos medios a suministrarles esos recursos (presiones políticas, industriales, comerciales, financieras, bélicas, y otras ). Por si no fuera bastante controlan y manipulan la información a través de medios propios o “comprados” y mienten a la opinión pública para hacer aparecer como virtudes un sinnúmero de actuaciones que cualquier niño con uso de razón identificaría inmediatamente como canalladas.

Quien se atreve a desenmascararles venciendo miles de obstáculos personales, familiares, sociales y laborales, queda expuesto a riesgos que pocas veces trascienden a la opinión pública por lo que se ha mencionado de que los medios de información pertenecen en la mayoría de casos a los mismos a quienes se pretende desenmascarar o a algunos miembros de su círculo de relaciones. Y los que trascienden, porque es imposible ocultarlos, son expuestos de tal modo a la ciudadanía que aparecen como sospechosos e injustos los mismos que pretenden acabar con la mentira y la injusticia.

Entre los mecanismos defensivos de estos tan impecables como implacables ciudadanos miembros del gran Club transgresor se halla en primer plano su fachada social, representada por la pulcra representación teatral con el attrezzo correspondiente en todo ceremonial social, religioso, y hasta deportivo. Gastan un enorme y bien cuidado aparato propagandístico para que los veamos identificarse con la bonhomía, la modernidad, los buenos propósitos de todo tipo, máscaras útiles todas ellas para aparecer como responsables fiables del timón del mundo. Todos ellos forman lo que podemos llamar un Gran Club de muertos espirituales envueltos en oro, momias en sarcófagos con formas de levita, uniforme con estrellas o brillantes sotanas purpuradas, pero tras esta fachada dorada para consumo de ingenuos, flamea el estilo chulesco, alcapónico, y mefistofélico.

Para quien se interpone en su camino, y según la gravedad de lo que está en juego, aguarda inexorablemente el descrédito personal y social, el ninguneo, el ostracismo, el secuestro, la tortura, y otros crímenes hábilmente combinados y dosificados según el peligro que supongan para los muertos espirituales.

Las principales víctimas suelen ser los que piensan por sí mismos y los testigos directos de crímenes que difícilmente van a ser juzgados porque el autor está bien protegido por su Club. Así, numerosos periodistas y defensores de derechos humanos son encarcelados, torturados o eliminados cada año, como denuncian sus familiares, sus amigos, sus abogados y las asociaciones de derechos humanos sin que tales cosas produzcan más efecto sobre el Club que la pequeña ola que se produce en un tranquilo lago al caer sobre el agua la hoja de un árbol.

Tan pobre resultado no resulta sorprendente cuando se sabe quiénes son los altos representantes de los poderes políticos, militares, financieros y mediáticos, siempre tan coordinados para que sobre el tranquilo lago de la mente colectiva caiga, a lo más, aquella ligera hoja otoñal y no un pesado meteorito productor de tsunamis que salpican. Especialmente si salpican de sangre.

(Podríamos hacer ahora un rápido ejercicio de memoria sobre víctimas que conozcamos. Es bueno para la salud personal y social ejercitar la memoria, sin odio, sin rencor, pero con exactitud; sin revanchismo, pero con justicia, amor y- si uno es creyente- con una oración a su favor, porque el olvido del crimen, en este mundo, lo convierte en perfecto. En el otro, ya es otra cosa debido a ley de siembra y cosecha)

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