El canto del rebaño

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EDUCACIÓN PARA JÓVENES INCONFORMISTAS

Así que se inventaron los Parlamentos con sus señorías de la derecha y de la izquierda, sus conservadores y sus laboristas, sus republicanos y monárquicos, sus demócratas, sus etc. y sus otros etc. Pero el modelo hace aguas por todos lados. ¿Entonces?

Cuando es mayoría la que  contempla su ombligo como centro del universo, se acaba   en  un colectivo social que contempla su ombligo como centro del universo, y desde esa contemplación, que es la del ego que se mira a sí mismo a la vez que le es indiferente su vecino, se construyó el paradigma individualista del mundo, que es el mundo del ego. Y como el ego  del mundo es inestable y miedoso busca sistemas defensivos: nadie se fía de nadie y el miedo siempre busca armas para obtener ventaja.

La inestabilidad  y el miedo los quiere  compensar el ego con  diversos pilares sólidos, los más sólidos posibles, aparte del pilar de las religiones institucionales, tan extendido aún como soporte del miedo. Un pilar sólido podría ser –piensa el ego- el que permitiera dar a los actores-consumidores del Progreso (los creyentes del Estado del Bienestar, los bautizados no casualmente como ciudadanos) una participación en la organización del Sistema. No para cambiarlo, sino para sostenerse en él con el mínimo sufrimiento y la máxima ventaja.

Para conseguirlo,  había que integrarlos primero– piensan los mentores y sus expertos-  para que sintieran que era su Sistema, y el único posible en cada momento para garantizar la consecución de sus sueños de vivir bien en este mundo.¿Y que es vivir bien? tener dinero y poder como los modelos que se le ofrecen como triunfadores, porque el ego no puede reconocer la existencia de otro mundo ni valorar más otros modelos. Así que se inventaron los Parlamentos con sus señorías de la derecha y de la izquierda, sus señores conservadores y sus laboristas, sus republicanos y monárquicos, sus demócratas,  sus  etc. y sus otros  etc.

En definitiva, para ser ciudadanos supuestamente protegidos se inventaron las urnas para usarlas cuando convinieran, y se convenció a los ciudadanos  por sus mentores y expertos en control de masas de que usarlas era un acto de madurez cívica, un gesto patriótico y una garantía de conseguir todo eso que los programas de los políticos anunciaban como bienes a conseguir. Con la garantía del Estado, claro.

Es tal el  fervor  ocasional de los gobiernos por las urnas, que a veces obligan a votar, como ha sucedido y  sucede todavía en algunos países del mundo, pero no tendría nada de extraño que de pronto esos mismos gobiernos decidieran convertirlas en voluntarias o hubiese un golpe de Estado y quedara prohibido votar. Y los expertos y políticos autócratas dirían a los ciudadanos que no votar era por su propio bien; que era mejor para su bienestar  y seguridad aceptar las leyes que sabiamente emanaban de los centros de poder.

Cualquiera que sea el resultado de acudir al toque de llamada a las urnas  en las sociedades bautizadas como democráticas,  nada cambia nunca – excepto algunos toques de pintura en el deteriorado Parlamento- por el hecho de elegir quién manda cada cierto periodo de tiempo. Eso todo el mundo lo sabe, pero el rebaño acude a votar una y otra vez hipnotizado por las campañas electorales.

Dar voz y autorización a decidir supuestamente el destino colectivo a elegidos  a los que no se tiene acceso a cambiar ni a juzgar cuando mienten o incumplen sus promesas  no parece ser la mejor de las soluciones, ni, por supuesto, ofrece  suficientes garantías para personas con espíritu crítico mínimo. Por eso existe mucha abstención. No suelen ser mayorías, y eso da un respiro al Sistema cuya máxima aspiración es conseguir que se vote a quien sea, pero que se vote, que todo el mundo vote. Después de todo ¿qué más da elegir esto o lo otro? , deben pensar los candidatos supuestamente enfrentados.

Las gentes que votan tienen que limitarse hasta las próximas elecciones a contemplar pasivamente los desmanes de los políticos o a manifestarse por las calles con menores probabilidades de éxito cuantos mayores son los problemas, cuando necesitan realmente  que se les dé todo lo que se les prometió, o cuando no quieren perder lo que ya tienen.

El resultado más  común es que en lugar de ser atendidos en sus requerimientos se tienen que enfrentar a la violencia policial, el rostro feo de la democracia y de todos los regímenes, pues autoritarismo y violencia son algo inherente al Sistema Mundial de las Desigualdades, con o sin democracia formal con todas sus urnas.

Semejante forma de control social, sin embargo, al ser aceptado por las manipuladas y pasivas mayorías tal como les es presentado por los medios de comunicación-adormideras, da al Poder la ventaja de no necesitar cambiar más allá de lo superficial,  lo aparente, lo políticamente correcto, el escaparate, o como se le quiera llamar,  para que finalmente los ricos sean siempre ricos y poderosos y sus imperios crezcan en todas sus formas en detrimento de todos los demás. El resultado es un mundo como el que tenemos, consecuencia final de la contemplación del ombligo personal.

Con esto no se quiere decir que la democracia por sí misma sea la meta de la humanidad, por muy real y participativa que sea, (de la que tan lejos estamos) ya que esta no puede ser otra que la evolución espiritual que nos ayude a salir de ese ensimismamiento individualista ajeno a nuestros semejantes  – si se quiere tener algún día formas de organización colectiva  que no pudieron  alcanzar a tener ayer ni alcanza a ver hoy  ninguna persona con espíritu crítico. ¿Cómo será esa organización? Eso lo decidimos cada día con nuestro modo de pensar, sentir y actuar. Es un error de primer grado pensar en un modelo social  perfecto o en un gobierno teóricamente perfecto en el  futuro mientras no abandonemos las actitudes egocéntricas, pasivas, sumisas e indiferentes al sufrimiento ajeno que han dado lugar al presente.

No  todos están en condiciones de ver esto, para desgracia de las eternas minorías obligadas a soportar el canto del rebaño.

MONEY, MONEY, MONEY

Los seducidos,  las mayorías de ciudadanos que gozan del derecho al voto, experimentan la sensación de  formar parte de una supraorganización atenta proveedora de bienestar y seguridad, que funciona gracias a su correcta participación como votantes y sumisos pagadores de impuestos.

Esta estructura les permite cambiar periódicamente el busto del Poder – y sólo su busto, nunca el corazón, pero  cuando  el “busto” se halla en aprietos  por diversas causas, y resulta así  poco rentable para ciertos sectores de la economía y de las finanzas, se produce una llamada crisis de gobierno, y se vuelven a convocar elecciones y a cambiar de nuevo el Busto. La cuestión es simple: si los capataces de los poderosos fallan en su gestión, hay que nombrar a otros capataces, pero queda bien claro que los dueños de la finca son los mismos.  De este modo el Sistema se legaliza, y con las lecciones aprendidas, aparenta renovarse con nuevos candidatos. Pero nada cambia, o lo hace tan poco que jamás se parecen los resultados a las fogosas promesas electorales que parecían iban a resolver todos los problemas de los electores. De este modo, ricos cada vez más ricos cuentan con el apoyo de gentes cada vez más  pobres, dispuestas a votar una y otra vez  para dejar de ser pobres, y a ser posible, convertirse en ricos. Convertirse en ricos es uno de los paradigmas básico de los pobres, que n o cesan de jugar a las apuestas para conseguirlo, habiendo renunciado, en cambio, al poder de su soberanía personal.

Embaucados por los cuentos de los gobiernos que prometen siempre un mejor futuro y  por esta especie de esperanza en los juegos de azar,  la gran meta de la mayoría, su banderín de enganche, es el deseo de disfrutar de poder, prestigio, posesiones, placeres, fama y reconocimiento, al igual que sus modelos los ricos.  Ser como ellos es la máxima aspiración de cualquier hijo normal de vecino. Su himno – “Money, Money”-  es el canto del rebaño que ama a su pastor y  la miseria trágica del  pez que muerde su cola.

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