En el castillo de Kafka

0
132

             En el castillo de Kafka

   EN EL CASTILLO DE KAFKA O LA CRUELDAD DEL SISTEMA

Con la crisis sistémica del capitalismo neoliberal mundial se ha puesto fin al llamado Progreso. No obstante la gente sigue empeñada en amontonarse en las ciudades, lo que no resulta nada positivo, excepto para los capataces del gran capital. Podría ser este un buen momento para ir viendo cada uno el modo de reintegrarse en otros modos de vida alternativos a la urbana. Bastantes ya lo hacen, pero no es esta la tendencia.

Se ha calculado que la inmensa mayoría de la población mundial vivirá en ciudades a lo largo de este siglo, tendencia creciente que es posible ver con toda claridad en nuestros días. Sin embargo hay que decir claramente que la ciudad es un artificio antinatural, una célula cancerígena de la naturaleza, un laberinto de soledades y de incomunicaciones artificialmente diseñado para hacernos creer todo lo contrario: un habitáculo esperpéntico.

Los hijos de la ciudad estampan sus deseos contra los muros grises y lloran por las avenidas bajo cataratas inmóviles de hormigón y cristales. Contémplalos discurrir solos entre solos: se envuelven en una vaga atmósfera de animal doméstico que se perdió y busca un mapa para saber cuándo y dónde. Entre tanto caminan con el aire sombrío de los desprotegidos y una garra nerviosa en sus vísceras vagando por laberintos ruidosos o refugiados – sólo los afortunados- en su jaula de hormigón. Los otros sólo vagan y vagan…

Compárese a un animal en estado salvaje con otro condicionado a vivir en un zoo. Salvo las semejanzas externas de rigor, hay entre ellos abismales diferencias. Los primeros conservan intactos todos los atributos de su especie y una perfecta salud. Los segundos, en cambio, sufren las consecuencias del alejamiento de la naturaleza y es fácil encontrar en ellos muy diversas maneras de alteración de salud, de conducta, y la pérdida de habilidades propias de su especie. ¿Quién no ha visto el terco vaivén del oso enjaulado, ese movimiento hipnótico que expresa desesperación? ¿Quién desconoce el clamor y la degeneración animal en las granjas? ¿Quién no se siente inclinado a pensar la profunda relación que esto tiene con la degeneración general de la especie humana? Miren los bañistas en un día de playa. Contemplen sus grasas que anuncian enfermedades; comprueben su alejamiento por más aglomerados que estén.

El ritmo del oso enloquecido en su celda es el ritmo del hijo de la ciudad que perfora su tarjeta laboral de entrada y salida, ese ritmo del vaivén de casa-trabajo-casa con leves intervalos para garantizar el propio va-i-ven, y amagos de huida controlada por calendarios hechos a medida de los dueños de jaulas, no a la medida de las necesidades de regenerarse cada cual tras esos trabajos que estupidizan .Mas el oso tiene un argumento a su favor: nunca quiso pertenecer a una jaula. ¿Y cuál es el argumento por el que un hijo de los campos desea entrar en el zoo urbano? Una simple fórmula, la doble palabra mágica del siglo XX: PRODUCTIVIDAD=CONSUMO= PLACER. Ya ni siquiera se aspira a la felicidad; se conforma el personal con el placer sucedáneo y transitorio. Pero hasta con esa fórmula está acabando el neoliberalismo.

La Ciudad, se va convirtiendo en un espacio para desocupados crecientes, y para los otros un antro de Productividad y Consumo. En sus templos consagrados al dios PRODUCTO se celebran cada día los sacrificios de millones de personas y animales que llevan a un lento aniquilamiento físico, mental y moral a través de la fórmula circular producir-consumir-morir. A las puertas de los templos se apiñan las masas de desocupados hambrientas de Producto, sea cual fuere y al precio que fuere. Con su demanda insaciable dan a los sumos sacerdotes del dios la voluntad de poder necesaria para que no decaiga el ritmo de los siervos que laboran en los templos de la producción. Los más jóvenes, se agolpan expectantes ante las puertas de este castillo de Kafka para conseguir su tarjeta de admisión, esperando impacientes el despido o la muerte de los más viejos para ocupar su lugar y seguir rodando la rueda. Y cuando tal cosa sucede, hay pelea entre muchos para ocupar el lugar vacío. Saturno vuelve a devorar a sus hijos y estos pelean entre ellos para ser sus servidores.

Y es que no puede hablarse de Ciudad sin utilizar la palabra Competencia. Ya nacieron los burgos en competencia con los campos feudales y evidentemente ganaron los primeros, así que ahora la competencia para las gentes corrientes- que son las más- se establece en los laberintos urbanos. Como se dice, “el enemigo está en casa”. Puede vivir en la puerta de al lado o en el piso superior; puede cruzarse contigo en la calle o compartir la sala de espera de una entrevista. Pero sobre todo, ay, puede ocupar tu puesto en el culto al dios Producto y excluirte con ello de los templos del dios Consumo y sus placeres. Por eso ese aire sombrío y desconfiado por las avenidas, esa garra nerviosa en las entrañas, siempre dispuesta por si acaso, porque “nunca se sabe”. Nunca se sabe, piensas, así que cuidado con todos. Cuidado. Alarma general. Afortunadamente, piensas, se ocupan de ti un número considerable de gentes en este Castillo gracias a las cuales puedes permitirte asomar tus ojos aburridos por los agujeros cuadrados de tu jaula de hormigón un domingo por la tarde, y así poder contemplar el espectáculo de un millón de ojos aburridos como los tuyos en un millón de agujeros cuadrados cruzándose con tu mirada a esa misma hora el domingo por la tarde. Como ves, la ciudad alcanzó a igualar diferencias, pero eso no debe preocuparte: la vida seguirá mañana con su sentido cotidiano y su danza- vaivén convocada por la Gran Máquina.

Y si alguien te susurra al oído eso de que las víctimas se llegan a identificar con sus verdugos, niégalo rotundamente y no vuelvas a dirigirle la palabra, porque vaya usted a saber qué secreto beneficio busca para perjudicarte.

Ahora bien: si mueres en la ciudad puedes descansar tranquilo, los servidores de la Gran Máquina harán ocupar tu sitio sin tardanza, y en la ventana de la que fue tu jaula hallarás en la hora convenida del domingo siguiente otro par de ojos aburridos. Eso sí: debes vigilar tu tumba, porque al menor descuido puedes ser expulsado y manos ajenas pueden traer flores para otro. Mas si esto sucede inevitablemente, no te preocupes: el otro tampoco durará.

Tal vez sea la hora de reconsiderar el sentido de nuestro trabajo, el sentido de nuestra vida, y comenzar a contemplar la posibilidad de volver al pueblo de nuestros abuelos, donde la gente se conocía y compartía y ver si todavía sigue en pie aquel huerto abandonado.

1987-2012 ( las cosas no cambian tanto)

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here