Movimiento Indignado y Frente Cívico. Carta abierta a Julio Anguita

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Movimiento Indignado y Frente Cívico

Carta abierta a Julio Anguita sobre el Frente Cívico y el tipo de sociedad

Estimado Julio Anguita:

Carta abierta a Julio Anguita sobre el Frente Cívico y el tipo de sociedad            He leído con detenimiento su propuesta para hacer frente a la crítica situación actual a través de la formación de un Frente Cívico y quisiera transmitirle algunos comentarios por si pudieran ser considerados por usted, dentro de la conveniencia, señalada en su escrito, de impulsar el debate sobre la grave situación actual y sobre las iniciativas para intentar salir de ella:

. Comparto con usted y con millones de ciudadanos la preocupación por la situación de nuestro país y el rechazo crítico de las medidas con las que el Gobierno, y gran parte de los partidos políticos –quizás en cierta medida todos los de notable implantación- pretende resolver la grave crisis actual. Comparto también con usted el deseo de que nos unamos el mayor número de ciudadanos en la lucha por la desaparición de los grandes efectos destructivos que sufre nuestra sociedad, lo que implicaría, a mi juicio, la implantación de un nuevo tipo de sociedad …, pero ¿qué tipo de sociedad? –usted no utiliza a lo largo de su propuesta los términos socialismo o socialista, mucho menos comunismo, a pesar de ser militante del P.C.E.–. Es coherente y razonable considerar que si se pretende crear un frente amplio, se evite una definición demasiado estricta de los objetivos a conseguir que siembre la desunión por ideas y matices que pueden quedar útilmente relegadas al menos durante algún tiempo. Quizás por idéntico o parecido motivo tampoco menciona usted que la situación que vivimos sea una consecuencia de la evolución del sistema capitalista, limitándose a “señalar y comentar una serie de evidencias que el sentido común más a ras de tierra no
tiene por menos que reconocer como verdaderas e indiscutibles”.

. Aunque la idea de unión amplia me parece muy importante y digna de apoyo, presenta serios problemas en su viabilidad como organización y como instrumento para conseguir un cambio real de modelo social. La experiencia demuestra también que estos frentes se encuentran sometidos a dos tendencias contrapuestas, y finalmente ambas destructivas: por un lado, la descomposición interna, resultante del cansancio, de la falta de operatividad y de las maniobras de partidos, grupúsculos y servicios secretos en su interior –a veces con objetivos firmemente destructores y otras con fines de utilización como correas de transmisión propias– y, por otra parte un aparente fortalecimiento resultante de la hegemonía en su interior de alguna de las organizaciones promotoras o incorporadas, con ideologías y proyectos bastante definidos tendentes a desviar los objetivos del movimiento inicial.

. El que algunas organizaciones políticas, o sindicales, adquieran cierta preponderancia en el seno de un frente, parece algo natural y puede ser incluso positivo en un sentido de progreso para la mayoría de la población. La objeción, desde mi punto de vista, está en que dichas organizaciones sean de nuevo vehículos de dictaduras despóticas de alguna clase dominante. Y es en este aspecto donde se encuentra el fondo de la cuestión y donde se requieren análisis sobre, al menos, las principales organizaciones existentes, particularmente sobre los llamados partidos de izquierdas, incluido el PCE.

            Aunque en este escrito no me parece pertinente entrar de lleno en ese análisis, por otra parte imprescindible, voy a señalar algunos puntos, derivados también de la experiencia (y de su análisis teórico-materialista) que me parecen delimitar claramente algunos de los problemas tradicionales de la izquierda y que amenazan la situación actual.

a) Los llamados partidos obreros (en particular PSOE y PCE) no responden en profundidad a dicho adjetivo, sino que utilizan el término obrero como una cobertura mística, asociada a la pretensión de controlar y utilizar a la clase obrera. El mantenimiento de esta ficción sería una amenaza, como lo ha sido en la historia del movimiento socialdemócrata y comunista, para el conocimiento científico de la realidad social y para las posibilidades prácticas de un nuevo modelo de sociedad, en el que la clase dominante –socialista, cuadros, …– ejerza su dominio dentro de un control democrático por parte de la población.

            Esta desvinculación entre socialismo-comunismo y la clase obrera, fácilmente tildable de disparate reaccionario o de ensoñación anarquista, plantea la cuestión, inevitable en una perspectiva científica o materialista, del carácter de clase profundo de estas ideologías –cuya vinculación con la clase de los cuadros (políticos y económicos) me limito a mencionar en este momento–.

            b) Una de las derivas de estos partidos de izquierda, que refleja parcialmente la naturaleza clasista no obrera, ha sido la integración en el sistema capitalista, y la limitación de sus aspiraciones a una mayor participación en los suculentos beneficios de la clase capitalista (a veces dominando los órganos decisorios de las grandes sociedades anónimas o similares, como las cajas de ahorro, otras mediante la subvención estatal, …). De hecho el PC hace mucho que dejó la vieja historia de las crisis del capitalismo y de la necesidad de su desaparición y ha llegado, bajo su propia dirección, a identificar programa de progreso con la Constitución española actual, una tendencia que aún mantiene usted en el escrito aquí comentado al proponerla como programa del Frente Cívico y al señalar, entre otras cosas:

“6. Somos mayoría quienes comprobamos cada día cómo la Constitución, los textos legales y demás documentos internacionales de obligado cumplimiento son vulnerados, incumplidos, marginados falsificados en su aplicación”.

            En su primera conclusión reconoce usted algunas deficiencias de los actuales partidos, aunque no me parece suficiente, incluso podría decirse desorientador, centrarse en que “… algunas [fuerzas políticas] ya han gobernado en balde y otras carecen del respaldo necesario para ello” o que se encuentren “ante una tarea que les desborda”.

            c) Una situación similar se plantea respecto a los llamados sindicatos de clase, cuya incapacidad usted también señala.

. De acuerdo con lo anterior resulta poco consistente la conclusión que usted señala:

“5. Las consecuencias son obvias: sólo un Frente Cívico, una mayoría ciudadana organizada en torno a soluciones concretas es capaz de crear la fuerza necesaria para colocarla en la balanza del poder contraposición a otros poderes económicos, y sociales que siendo muy minoritarios, detentan en exclusiva el ejercicio del Poder. … La tremenda paradoja, la inquietante contradicción consiste en comparar la gravedad de la situación y la ausencia de sujeto social capaz de abordarla y superarla”.

            Con esta posición, donde parece que el problema principal es fundamentalmente cuantitativo y se soslayan los problemas de fondo de las organizaciones tradicionales, volverían, según todos los indicios, a reeditarse las viejas prácticas conducentes de nuevo a formas de dominación proclives al despotismo. ¿El frente cívico que usted propone, tendría como núcleo esas organizaciones tradicionales, que verían así resuelto el problema que usted parece presentar como deficiencia y falta de base organizativa?

            Por otra parte, ¿por qué relanzar el viejo slogan frentista cuando se está desarrollando una forma bastante unitaria y de cierta eficacia como el MOVIMIENTO 15M? ¿Por qué no impulsar este movimiento de indignación, apoyando precisamente uno de sus aspectos más positivos como es la cierta independencia, incluso suspicacia, frente a las organizaciones tradicionales de la izquierda?

. Su convocatoria a la constitución del Frente Cívico hace una interesante distinción entre “los militantes de fuerzas políticas y sindicales para que, a título personal, se incorporen al proyecto que este documento  expone” y las organizaciones mismas, aunque parece dudosa la eficacia de tal distinción y la naturaleza de la relación entre tales fuerzas políticas (y sindicales) y el nuevo frente propuesto. ¿Pasarían a un segundo plano los actuales partidos y sindicatos, con toda su constelación de intereses económicos y de status, o recibirían un impulso en su lamentable presente gracias a la formación frentista? ¿Qué interacción se perfilaría entre las ideologías y la amplia organización cívica?

. El asunto de la relación entre ideologías (de los intereses subyacentes y de sus concreciones organizativas) y la organización de la indignación ciudadana es fundamental en un análisis de la realidad y de la búsqueda de soluciones satisfactorias a la destructiva crisis actual del sistema. Las iniciativas actuales de indignación y de ocupación constituyen una base popular de suficiente entidad, representatividad y eficacia inicial como para merecer todo apoyo, sin introducir nuevas propuestas organizativas amplias que o bien se reducen a perturbadoras interferencias terminológicas o pueden tratar de encauzar el movimiento hacia lo que en gran medida parecería una nueva versión de la formación de IU por parte del PCE.

            La inevitable intervención de distintas ideologías dentro del movimiento indignado se produce en una situación que resulta paralizante para una solución de fondo de los problemas actuales: la ausencia, dentro del movimiento y fuera de él, de organizaciones socialistas no sólo de nombre, que se planteen con radicalidad la consecución de una sociedad socialista. Esta radicalidad socialista (acabar con los monopolios privados, con el dominio de entramados capitalistas más poderosos que los mismos Estados y que el Estado asuma en plenitud actividades económicas y de organización social vitales para la sociedad), si no se quieren repetir las atrocidades del pasado, debe ir unida al reconocimiento del carácter parcial de la organización –que no se atribuya ser el receptáculo de las esencias proletarias y admita su carácter de representación de una minoría social con pretensiones de dominio sobre el resto de la sociedad.

            En la situación actual es más acuciante, antes que la creación de nuevas figuras para la expresión del descontento de los ciudadanos, el enfrentarse a la ausencia de organizaciones de ideología socialista, en el sentido serio del término. Estas organizaciones deben abandonar las máscaras místicas y las falacias estratégico-propagandísticas de las organizaciones tradicionales e incorporar el respeto por el funcionamiento asambleario de los ciudadanos y la necesidad del control y contrapeso democrático de base sobre la tendencia a implantar una nueva dominación despótica sobre el conjunto de la población.

            El hecho de que en la historia del socialismo (de los partidos socialistas y también de los comunistas), las llamadas tendencias democráticas se hayan caracterizado también por un mayor o menor abandono de los principios socialistas parece invalidar la idea expresada de la necesidad de constituir partidos realmente socialistas susceptibles de aceptar un cierto control democrático de las poblaciones. Sin embargo, de la misma forma que en determinadas condiciones el dominio del capitalismo no se limita a las formas abiertamente fascistas, es concebible un dominio socialista que no adquiera las formas aplastantes que hemos conocido. Los grados de esa dominación de clase depende en gran medida de la consistencia y perseverancia de los movimientos de indignación y desconfianza, del progreso de formas ideológicas de no sometimiento a partidos e instituciones.

            En conclusión, más urgente que rediseñar el movimiento amplio de protesta sería redefinir nuevas organizaciones socialistas, con formulaciones ideológicas más allá de la apelación a la Constitución española, respetuosas, incluso favorecedoras, del actual movimiento de indignación y rebeldía.

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