Libertad de elección: caso catalán

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La libertad es objeto de burla en nuestros días. Nosotros, habitantes de una democracia occidental, hemos olvidado o relegado a papel de segundón la importancia de la madre del propio sistema. Se oyen muchas voces en nuestros días clamando por todo aquello que haría añicos el sistema democrático y, lo peor de todo, que todos esos protagonistas viven en la obnubilante ilusión de que no es así.

Esta reflexión quiere ir más allá de manidas coyunturas económicas o crisis sociales, de los valores como algunos dicen. Intenta ver si cuando se desbroza el sistema actual, político, social y económico, español realmente subsume con consistencia en esa anomia que nos lleva a rechazar de plano esto y anhelar algo distinto, o directamente, llamar a las puertas de la utopía. Indignación. Acicate para salir a la calle junto con otros, con quién compartimos esa voz crítica y deseamos algo mejor. Y todo esto merced de la libertad pero ¿hacia la libertad? ¿o con ánimos de desintegrar este sistema por la crueldad de ceder el más valioso de nuestros bienes? El caso catalán ejemplifica con gracia todo esto. Libertad de decidir no ser libre.

Luis del Pino armaba un potente espectáculo en forma de sagaz crítica en su blog en Libertad Digital sobre el tema de la independencia catalana. El filo hilar de su argumento defendía a capa y a espada la libertad de expresión, como él dice, de envolver el bocadillo en la bandera catalana si así gusta. Reduce la importancia de la exhibición en el Camp Nou en el clásico y vira hacia lo importante, el arma política, lo que se intenta soslayar con el caso y un poco de historia. La triste historia de un pueblo adoctrinado en pensar en la vergüenza de pertenecer a este Estado español. Chispa con la crisis, y culpas hacia unos gobiernos que no le han dado todo lo ellos ansiaban con fin de sostener una especie de paz convenida, entre la Cataluña intransigente y la España, de las dos Españas, y de las diecisiete comunidades. El tórrido espectáculo cala en los medios y en los políticos. Don José Ignacio Wert se destapa con su nacionalismo español dispuesto a españolizar una Cataluña rebelde con todo el murmullo de fondo sobre la educación desigual en España y el tema de la independencia. Y ya, con esto, hay palos para todos.

Prohibido españolizar España nos cuenta Cristina Losada en una breve pero intensa comparación con la Francia centralista. Un conato hacia defender el nacionalismo werteriano basado en la más que dudosa «buena» imposición de la nacionalidad con el ejemplo francés. Habla de España de la pluralidad, y de la Cataluña de la exclusividad pero se desliza hasta el atropello cuando siembra ánimos de ser todos iguales, en el centro, el sur, al este y oeste de este país. La bola se hace cada vez más grande y el riesgo se introduce en el enfrentamiento, en estas condiciones tan angustiosas de la crisis, que hace casi imposible la conciliación, como quiere Joan Ridao en El País, aludiendo a la voluntad de las mayorías si urge pero a tenor de una victoria democrática fuera del marco de la propia constitución. Ese es el problema. Sugiere Irene Lozano de que si el gobierno está para dar lo mejor a todos los españoles y velar por sus intereses, también se incluyen en el paquete los catalanes y por tanto, la paradoja de decidir que no es óptimo para ellos la secesión. Un tema, creo, irresoluble por la vía de la simple razón porque todo razonamiento recae en un ineludible sentimiento.

Por eso reacción por reacción, quiero dar la mía, quizás vertida sobre las consecuencias en exceso pero, dadas las circunstancias, no creo que sea poco relevante. Si se escinden de la unidad de España, todos perdemos, pero más ellos. Deben calibrar y arbitrar si pueden, escapar, del lío publicitario del Govern catalán. Aquel sigiloso manipulador que se muestra como benefactor y víctima de malos tratos. El sello de la casa son todo ese despilfarro, todo ese contenido sentimental transmitido en la coacción, en la fuerza de la mayoría como si el 50,1% tuviera alguna legitimidad sobre el restante en imponer algo tan fuerte como es la independencia. Esa libertad que ellos quieren a nivel colectivo lo pagarían todos a nivel individual. Ese libre y pacífico tránsito económico de frontera de la comunidad al resto de España cortocircuitado por mor a exaltar sentimientos inundados de deuda, déficit fiscal y la humillación de un rescate. La libertad de poder pasar fronteras, a desplazarse y buscar la quintaesencia del libre albedrío es socavada con la esclavitud de un imperativo moralista, con larga tradición reaccionaria y un componente autoritario indiscutible. Pero, si ellos, dueños de sí mismos, lo quieren, sea el derecho internacional quién arbitre el caso. Lo único en la práctica que no quiero es el chantaje político al gobierno de todos y la concesión de privilegios, no sé si federales o de qué tipo, pero causando desigualdad y obligaciones al resto de los españoles. Un insulto a la libertad, aunque a eso estamos acostumbrados.

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