El Separatismo, un desatino y una deslealtad

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Separatismo

Desatino es manipular sentimentalmente al pueblo con manejos emocionales y mesiánicos. Deslealtad es morder la mano que te alimenta y te quiere, y te ha dado tu propia mano de obra. Y no solo es deslealtad, sino obscenidad, traspasando la línea roja de lo legal y de lo punible.

Desatino es engañar con falsas realidades y promesas como la de un mundo feliz sin la madrastra que nos oprime. Deslealtad es hablar de robo y de expolio cuando no es verdad. Desatino es manipular a los niños desde su más tierna infancia y envenenar sus conciencias con fábulas y mentiras sobre España.

Todo ello es desatino y deslealtad. Desatino es fomentar desde la política la insolidaridad entre las tierras de España y  españoles. Intentar mantener el aparato nacionalista a expensas del pueblo y de sus necesidades más vitales y echar la culpa al resto de los españoles de los males propios es una obscenidad.

La soberbia del hombre  origina los nacionalismos excluyentes e insolidarios. Estos se convierten en dictaduras excluyentes no solo de aquellos que no piensan como ellos, sino al final de todos los que se cobijan en su suelo. Bajo excusa de democracia esta es utilizada como pretexto de acceso al poder y una vez allí convertirse en dictadura totalitaria, esclavizando al propio hombre, su libertad y su propia vida ordinaria.

Por el afán desmedido del poder, por el endiosamiento que se genera en el hombre político, éste busca cada vez más como llegar a dominar más, a ampliar su poderío aunque para ello, y en pro de sus fines, no repare en medios. Y  así buscando unas bases históricas, un sustrato socio cultural que haga posible sus reivindicaciones nacionalistas, llega a cambiar la historia, modificando los libros de texto, y así enseñarlo a nuevas generaciones que son educadas en el nuevo ambiente espúreo creado. Así, estas mentiras con el tiempo se hacen verdades que nadie osa poner en duda, como las incongruencias de no citar la Corona Aragonesa en los libros de texto, y atribuir una procedencia no aragonesa  en beneficio propio, a personajes tan célebres como Baltasar Gracian y el mismo Cajal.

Así se enseña que la nación de la que quiere separarse, España,  para crear una nueva nación,  les está oprimiendo, robando, etc, etc. Así se van forjando nuevas generaciones que ya desde la niñez son manipuladas en el odio a la nación opresora.

Esta manipulación del lenguaje, de la cultura crea odios, resentimientos, emponzoña los corazones, dando como consecuencia violencia y desunión. Además es fuente de pobreza y de división, como la actual que sufrimos, dando una imagen al Mundo lamentable, que desincentiva la inversión. Todo para mantener en la poltrona a sinvergüenzas con un ego descontrolado, que lo único que les importa es su beneficio propio, aunque sea a expensas del bienestar social de sus gentes. Cuestiones como la sanidad, el bien social son relegadas en pro de emplear todos los medios económicos posibles en crear aparatos de propaganda en el extranjero, para así, y con la colaboración de la propia mass media subvencionada, servir a sus delirios nacionalistas que además quieren expandirse a otras tierras de España.

Bienes culturales, religiosos de Aragón son retenidos injustamente pese a los pronunciamientos de la justicia ordinaria y eclesiástica. Es la ley del embudo, y encima se las dan de víctimas.

En un mundo cada vez mas globalizado, estas posturas separatistas constituyen un anacronismo y una enorme torpeza. Bajo el lema, España nos roba, se intenta justificar todo, incluida la violencia sobre el que no piensa como ellos. Y encima se las dan de demócratas, cuando se mueven, dentro de una línea fascista dictatorial., que va aplicando día a día, en su ingeniería social un cambio maquiavélico preestablecido ya en décadas anteriores.

Y lo lamentable es que las autoridades espirituales de esos pueblos, que tendrían que orientar y dirigir  las conciencias de tan burdos desatinos, no cumplen con su misión y caen en el delirio nacionalista.

Ante esta espiral de torpezas y  odios incluidos, nuestra postura como demócratas tiene que ser firme, y hacer aplicar las leyes constitucionales que enderecen tales desatinos y deslealtad. En las escuelas tienen que ser enseñada la verdad y no la manipulación, teniendo que haber libertad para la enseñanza de la lengua castellana, la oficial de nuestra nación, junto, eso sí,  con las otras lenguas vernáculas. Esta ha sido la base y el origen principal de las ideas separatistas, excluir la lengua oficial del Estado. La ingeniería social de los nacionalistas se ha ido gestando en décadas creando estos cambios culturales en las escuelas, bajo la mirada permisiva de los no nacionalistas, pero que por intereses políticos electoralistas y de mantenimiento del poder, o cobardía, no osaban cambiar y toleraban.

Todo este desatino nos lleva a todos a una profunda reflexión: Todos hemos colaborado a fomentar este germen separatista de uno y otro modo, y los políticos constitucionalistas los primeros. O cambian y cambiamos todos,  o ya este proceso de mentira se hará irreversible. Nuestra respuesta con la ley en la mano tiene que ser firme, clara y convincente. Ya no se requieren más tapujos y connivencias. Un profundo cambio de la enseñanza en las escuelas nacionalistas tiene que aplicarse, porque ahí se encuentra la fuente del problema, que incluso puede y de hecho se ha llegado hasta justificar el terrorismo.

La ley constitucional tiene que aplicarse sobre todos aquellos que retan y chantajean al Estado. Continuar por cobardía o desidia, y  minusvalorizar el problema puede hacer que este sea cada vez  mayor, de hecho ya lo es, y desembocar en la ruptura de la Nación Española, y tal vez, Dios no lo quiera, en su balcanización.

Creemos entre todos, los políticos los primeros, unas bases solidarias, justas entre todas las regiones a efectos de mantener una España unida y fuerte ante Europa y el Mundo que espera de nosotros un ejemplo de convivencia solidaria. Así la crisis económica que ante todo es de valores humanos y sociales se irá diluyendo, dando paso a una sociedad más justa y unitaria, donde  de nuevo el trabajo surja y las desigualdades sociales vayan menguando.

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