La segunda muerte de un anarquista

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La segunda muerte de un anarquista: Sobre las muertes de Eloy Gutierrez Menoyo y Osvaldo Payá Sardiñas

En los últimos meses han fallecido dos personalidades completamente distintas, pero reunidas bajo un mismo combate por la democracia en Cuba. El primero, Osvaldo Payá, disidente democristiano, líder del Movimiento Cristiano Liberación y premio Andrei Sajarov de los derechos Humanos del Parlamento Europeo en 2002, murió el 25 de julio pasado, víctima de un accidente de tráfico en la provincia oriental de Bayamo, sin que todavía hoy se conozcan realmente los detalles del siniestro, ni la versión personal de los implicados; Payá, fue el principal conceptor y organizador de la insólita propuesta política a iniciativa (realmente) popular que ha visto la luz en Cuba en los últimos 53 años. El único proyecto político que, si bien no hizo tambalear las bases del régimen como era su ambición, al menos provocó un cierto temblor en la piel del caballo.

Osvaldo Payá

Aunque el tábano de la Propuesta Varela quedase numéricamente aplastado por mayoría, sus consecuencias políticas seguirán marcando por mucho tiempo el futuro de la nación. Está muy claro que la inscripción del carácter socialista en la Carta Magna de la República, como único sistema posible per secula seculorum, no sólo ha venido a ensombrecer aun más el complejo panorama político de la isla, sino que muestra la imposibilidad de luchar a armas iguales, utilizando la legalidad, contra un sistema que controla y mueve todos los resortes de la opinión pública. Decidir que el socialismo es la única opción viable, equivale a un golpe de estado institucional sin tiros ni derramamientos de sangre.

Recordemos que una disyuntiva semejante (la falta de legalidad institucional) justificó el asalto al cuartel Moncada en Santiago de Cuba de un tal Fidel Castro, quien legitimó su sangrienta acción de guerra, por la descarada subversión del orden constitucional, -manu militari-, de su paisano Fulgencio Batista. Dos son hoy las opciones posibles para el demócrata en Cuba tras estos sucesos: El exilio y dada la falta de la libertad de políticas posibles fuera del socialismo: La lucha abierta por medios no pacíficos.

El enfrentamiento directo presenta innumerables inconvenientes desde el punto de vista práctico; organizarse, pasar a la clandestinidad y armarse, representan misiones realmente imposibles en una isla, porque que las que las únicas vías de aprovisionamiento pasan por los circuitos estatales. Sin olvidar que el terrorismo (que es como se le llama ahora a ese tipo de reivindicación desesperada) tiene muy mala prensa y un convicto por esta causa, no podría beneficiarse del amparo de la ley norteamericana ni de la europea. Por todas estas razones, sólo queda la única opción viable, a saber, la emigración definitiva, que es lo que realmente sucede desde hace mucho tiempo, como lo muestran las recientes cifras negativas (Cuba pierde 37 mil habitantes por año, sin contar las causas naturales) publicadas por la Oficina Nacional de Estadísticas.

El socialismo y todo lo que este trae aparejado, (el colectivismo, el control de la propiedad por parte del estado, la manipulación monetaria) no es más que un nuevo avatar de la falsa alternativa planteada por Castro cuando comenzaba a afianzarse en el poder en 1961 “¿Cuáles son los derechos de los escritores y de los artistas revolucionarios o no revolucionarios? Dentro de la Revolución: todo; contra la Revolución: ningún derecho”.

El ejercicio de las disyuntivas unívocas, ha sido sin dudas una de sus mejores especialidades retóricas y, la fuente de todo discurso político posterior en Cuba, incluyendo por supuesto, la Numantina opción de hundir la isla en el mar antes de renunciar al socialismo; sin olvidar el “¡Que se vayan!” Que coreaban las masas enardecidas, mientras apaleaban a los atribulados ciudadanos que se iban por el Mariel. Un lema que hacía eco a las palabras del Fidel Castro en 1980 “…a los que no tengan un alma revolucionaria, no los queremos, no los necesitamos” pronunciadas antes de abrir la frontera e iniciar el éxodo humano más importante del siglo XX.

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La segunda muerte que hemos de lamentar ha sido la de Eloy Gutiérrez Menoyo nacido en Madrid en 1934 y fallecido en La Habana el 26 de octubre de 2012; Menoyo, el polo opuesto de Payá, era un español, nacionalizado. Participó con Castro en la lucha armada y alcanzó el grado de Comandante en la fila de la guerrilla. Desde muy pronto, el rumbo pro soviético que tomaba el país lo hizo alejarse de su admirado mentor Fidel Castro. Al cabo, esas diferencias llegaron a volverse irreconciliables por lo que volvió a tomar las armas contra el nuevo poder. Fue arrestado y encarcelado durante veinte años en condiciones infrahumanas, hasta que la personal intervención de Felipe González, entonces jefe del gobierno español consiguiera su liberación.

Su testamento político es una desgarradora evidencia de lo que he explicado antes en este artículo: la imposibilidad de establecer un cambio pacífico en Cuba. Menoyo fue un observador apasionado de la realidad cubana, que nunca pudo escudriñar como un extranjero cualquiera. Este detalle indispensable, explica sus tal vez sus erradas posiciones políticas, aunque no impiden asombrase por la sed de absoluto que llenó la vida de un hombre que corría sin descanso detrás de la pureza.

El 20 de enero de 1993 fundó Cambio Cubano, agrupación que abogaba por una reconciliación con el gobierno de Cuba y una salida pacífica al régimen socialista. En junio de 1995, Gutiérrez Menoyo viajó a La Habana y se reunió con Fidel Castro. Los principales miembros del exilio cubano en Miami tildaron entonces a Gutiérrez Menoyo de “traidor” y “dialoguero” y acabaron para siempre con su improbable capital político.

Funeral de Eloy Gutiérrez

Pero en su escrito testamentario no se le escapó a Menoyo la verdadera dimensión del desatre cubano ¿Cómo indemnizar a un país a 50 años de disparates contra su ciudadanía? ¿Cómo se indemniza a un pueblo de tantos daños directos contra la colectividad y el ciudadano? ¿Cómo se le indemniza de los errores por consecuencia? El gobierno cubano no deja duda de su incapacidad de crear progreso. Como resultado de esta realidad el cubano deambula sus calles como un ciudadano disminuido, inquieto, triste e insolvente. En la mentalidad de los que se aferran del poder a toda costa ese ciudadano es el modelo y candidato perfecto a la esclavitud. La constitución no funciona. El sistema jurídico es una broma. La división de poderes no es siquiera una quimera. La sociedad civil es, como el progreso, un sueño pospuesto por medio siglo.

A este patriota no le quedaban dudas al final de su vida, que la catástrofe irremediable de un proyecto que una vez inspiró al mundo entero, no se situaba ya a nivel institucional sino moral ¿Burla la justicia la madre desesperada que busca leche para su hijo en la bolsa negra? Se pregunta desesperado. Menoyo no murió de un aneurisma lo mataron la desidia y el aburrimiento. Este dilema no escrito, ni aprobado por la sabia critica social, presupone y justifica toda la atonía de la sociedad civil en Cuba y es la base (incomprensible para un analista exterior) sobre la que reposa la longevidad del castrismo. Por aquello de que “más vale malo conocido que bueno por conocer”, persistirá el régimen actual, pero también el chavismo venezolano y el resto de las propuestas socialistas del continente sudamericano.

El más ignorante de los polacos tenía a su disposición la escala de valores del “antes y del después” acumulada durante siglos. Ningún país de América incluyendo Cuba, a pesar de sus elevados índices de desarrollo alcanzados antes de 1959, los posee realmente. Lo único que conoce el ciudadano americano es el discurso populista y paternalista de sus líderes; agravado por la creencia de que es el estado es in fine, el único encargado de resolver los problemas económicos de sus ciudadanos, redistribuyendo la riqueza recaudada por medio del impuesto al capital.

La existencia de Eloy Gutiérrez, tan o más romanesca, -y muchísimo menos sombría- que la de otro famoso Comandante de la Revolución, Ernesto Guevara de la Serna, ha sido ignorada, primero por la mitología castrista y luego por la propia izquierda europea, empezando por el Partido Socialista Obrero Español. Esperemos que su ejemplar vida y su no menos ignominiosa muerte, -en la indiferencia casi total- puedan algún día inspirar a un director de cine o a un novelista, capaz de atrapar la enorme dimensión humana de ese hombre de excepción que fue Eloy Gutiérrez Menoyo.

Aunque no lo parezca, los destinos de Cuba y de España siguen reunidos, lo prueba la obra ejemplar de este patriota, síntesis perfecta de las dos orillas. Los españoles deberían comenzar a interesarse seriamente en el destino de su antigua provincia, que se encuentra en estos momentos en un callejón sin salida. Allí el poder no sólo dispone de tiempo, sino de la una realidad que no puede soslayarse, porque si bien el sistema está en bancarrota, la gente no quiere perder lo poco que tiene. La solución española podría devolverles la esperanza.

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