La necesidad de lo superfluo

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La necesidad de lo superfluo 

La necesidad de lo superfluo

Cuando el carro cae en medio del camino porque una rueda se ha quebrado todos lo veían venir. Mientras tanto a quien advierte del peligro se le llama agorero. Este es un artículo que publiqué allá por marzo de 2008, en pleno auge inmobiliario y consumista y en vísperas de inauguración la gloriosa Expo, a través de las páginas de un diario bisemanal (La Crónica de Zaragoza en su número 183), que editaba El periódico de Aragón  y que se repartía gratuitamente en la Margen Izquierda de Zaragoza. En él pongo de relieve algunos aspectos que hoy suenan a manidos y están en boca de todos. He querido conservar la transcripción exacta del mismo recuperándolo de mi hemeroteca personal. Algunas veces lo que suena a manido o tremendista  acaba atrapándonos en medio de una realidad aplastante.

Juzguen ustedes mismos.

 

La necesidad de lo superfluo  (Crónica, marzo de 2008)

«Un servidor no deja de sorprenderse ante las noticias, estudios  y sondeos que casi a diario se pueden escuchar en los medios. En prensa escrita de difusión gratuita, se aseguraba que según una encuesta, los ciudadanos aragoneses dedicamos más presupuesto y con menos dolor al ocio, entretenimiento y diversión (concretamente a adquirir pantallas de plasma, videojuegos y consolas) que a procurarse productos de calidad en la cesta de la compra.

Tal vez sea cierto. Deténganse a observar cómo ha subido la venta de denominadas marcas blancas en productos de alimentación, higiene y menaje en detrimento de aquellas que nos aseguran la calidad de siempre. Hemos llegado al punto de que no nos hace duelo gastarnos en el bar  más de un euro en un cortado mientras que nos quejamos de lo alto que está el precio  del litro de leche en el súper o el precio de la tan manida barra de pan.

Hoy por hoy hasta al gato le resulta imprescindible la posesión de un teléfono móvil de ultimísima generación -cuya factura o saldo hay que pagar-, hasta el periquito tiene ordenador con ADSL, zapatillas de doscientos euros, coche tuneado, DVD, y claro, hay que salir de copas o de fiesta o pedimos créditos para ir al Caribe y, dado que los sueldos hoy en día no son gran cosa, y la hipoteca sí que lo es, hay que escatimar en lo esencial tirando de tarjeta para poder atender a esa otra clase de dispendios que nos distraigan de esta vida tan tediosa y que, a su vez, nos procuren un pretendido estatus de puertas para afuera de casa mientras reunificamos deudas con una simple llamada telefónica.

Seamos coherentes y demos a cada cosa su importancia, estableciendo un orden de prioridades a las cuales atender una a una y no nos dejemos llevar por el entusiasmo pasajero gracias a quienes nos calientan la cabeza para que seamos más felices mediante la adquisición de ciertas prebendas haciéndonos ver que no pasa nada.

Son tiempos difíciles y cambiantes y hay que adaptarse. Según algunos se trata de una simple desaceleración económica leve y pasajera y según otros una verdadera crisis de la que nos costará salir y no lo haremos incólumes precisamente. Cada cual que opine lo que quiera.»

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