España como proyecto

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Ni la nación española ni la democracia española pueden construirse sobre la punta de las bayonetas del Ejército nacionalista español imponiendo su voluntad a todos los ciudadanos del Estado.

Foto: Tomas Fano

El concepto de nación es muy reciente. Nace asociado a la revolución francesa por negación del Estado monárquico y contiene, en sus orígenes, una comunidad de ciudadanos libres. Pero luego vienen las leyes que limitan y anulan los derechos proclamados y la nación acabó siendo, en su primera fase, un espacio privilegiado de la burguesía y no de toda sino de la más rica, para ser, después de la Iª Guerra Mundial y por la presión revolucionaria del pueblo trabajador una nación de todo el pueblo pero también de toda la burguesía.

Eso ocurrió cuando los trabajadores, primero, y las mujeres, después, fueron reconocidos como ciudadanos al concederles, conquistar, el derecho al sufragio. A partir de ese momento los derechos individuales se universalizan y la forma democrática de gobierno se identifica con la libertad, pero con la libertad política no con la libertad moral ni con la libertad económica. Por lo que la nación estaba integrada por clases antagónicas y sus constituciones consagraban ese antagonismo y protegían el derecho del capital industrial y financiero a explotar al trabajador. La nación es hoy un espacio político interclasista en el que unos explotan a otros como si fuera lo más normal del mundo. Como en la Grecia clásica, donde la esclavitud de unos permitía que otros se pudieran dedicar a la política y la filosofía. Y fue el mejor sistema político conocido hasta las democracias asociadas al Estado-Sociedad de bienestar.

Decía esto porque no conviene, desde una perspectiva progresista, idealizar la nación, ninguna nación, porque hasta hoy todas las naciones protegen la explotación de todos los trabajadores, les imponen sus valores morales represores y reprimidos y someten la libertad individual al interés general, que no es otra cosa que el interés del capitalismo, que algunos parecen creen que ha dejado de existir y todavía existe. El internacionalismo, ese internacionalismo tras el cual se movilizaron millones de trabajadores de todas las naciones hasta la Iª Guerra Mundial, guerra europea, fue un ideal de los ilustrados que hoy parece olvidado. Dándose la paradoja, sin embargo, de que el capitalismo financiero, sin necesidad de recurrir al colonialismo ni al neocolonialismo, es la fuerza económica y política más internacionalista. En su beneficio, evidentemente.

A veces, algunos eminentes intelectuales, como Joaquín Costa y otros no tan eminentes como Franco, han tratado de reconstruir la unidad de la patria española, sin darse cuenta de que España como expresión jacobina de la integridad y unidad nacional de ciudadanos nunca ha existido. Es una paradoja, pero para reconstruir España lo primero que hay que tener es una unidad nacional llamada España sobre la cual empezar a reconstruir, pero si España sólo ha existido como concepto imperial impuesto a ciudadanos que nunca se han sentido españoles, no se puede reconstruir. Sencillamente tendría que haber existido antes, al menos, en el imaginario colectivo de todos los ciudadanos que soportan el peso de un concepto imperial.

De hecho, si exceptuamos algunos casos como la creación de los Estados Unidos y la fundación de la nación francesa durante la revolución de 1789, casi todos los Estados-Nación existentes no han sido creados por la voluntad de sus habitantes sino por la voluntad de poderes aristocráticos, clericales y monárquicos que impusieron su Poder, su bandera, su Estado y su nación a quienes habitaban el territorio por ellos conquistado. Las clases dominantes y conquistadoras, asociadas a un territorio desde el que imponen su voluntad a los territorios conquistados y sometidos, son pequeñas minorías, si las comparamos con las mayorías de los pueblos que han sido sometidos. No son los pueblos quienes conquistan a otros pueblos sino las clases que dominan  a sus propios pueblos quienes tienen la voluntad de conquistar  a otros. De manera que se pertenece a un Estado y una nación porque te lo han impuesto y porque has nacido en un territorio determinado.

Es algo así como el bautismo, que te hacen cristiano porque otros han decidido por ti que tienes que ser, quieras o no, cristiano. Y creces adorando y sometido a la soberanía de un dios del que te han dicho, e impuesto, que ese es tu verdadero dios. Hasta que descubres que existen otros dioses y, aún más, que tú mismo puedes crear tu propio dios. Sólo necesitas tener voluntad para crearlo. Y lo creas.

Existe, sin embargo, una realidad política que no puede ignorarse y es que otros territorios circunscritos al espacio llamado España no se sienten españoles. Son pueblos que quieren ser dueños de sus propios destinos. Se equivocarán o acertarán, pero esa es una consecuencia del ejercicio de su derecho a ser como quieran ser.  Y es el caso absolutamente claro de vascos y catalanes. Para construir una nación no hay que recurrir, como hacen los nacionalistas tradicionalistas, a la tradición, la lengua y el territorio, es más que suficiente con tener “voluntad de ser nación”.

No es la tradición sino la voluntad de ser nación lo que garantiza que la autonomía y la soberanía residan en el pueblo y no sea sustituida en provecho de una minoría nacionalista conservadora.  Los modelos de naciones que surgieron en toda América de Norte a Sur tenían las mismas tradiciones, el mismo idioma y la misma cultura y religiones que los países, España, Portugal e Inglaterra, de los que se independizaron, simplemente porque querían ser dueños de sus propios destinos.

Toda nación la deben  construir los ciudadanos  a partir de un territorio propio. Eso significa que la política de Estado sólo puede tener en cuenta los intereses de sus propios habitantes y territorios. Cataluña o Euskadi se construyen a partir de su propio territorio y su política es una política de Estado por ser su finalidad beneficiar a sus habitantes sin subordinar su construcción a los intereses de las demás naciones, especialmente de sus vecinas. Una política de comunicaciones, hidráulica, comercial, financiera y exterior es una política de Estado para esas naciones como para todas. Lo mismo tiene que ocurrir con España. Pero España para construirse tiene que saber cuál es su propio territorio. Mientras no se centre en los habitantes  de ese territorio nunca podrá reconstruirse pues siempre estará construyendo algo que le es ajeno y que acabará negando su propia existencia. En términos dialécticos hegelianos lo que hoy se llama España lleva dentro de sí misma su propia negación. La misma razón de Estado que asiste a catalanes y vasco para construir su nación con políticas propias, asiste a la razón de Estado de lo que sea España. Concentrando toda su voluntad de ser en sus propios intereses. Y a partir de las razones de Estado de cada nación se podrá o no establecer algún tipo de relación. Pero ese nunca será el objetivo sino una posibilidad acomodada al interés de la razón de Estado de cada nación.

La llamada España actual es  imposible de mantener por mucho más tiempo, por las fuerzas centrífugas que existen contenidas en esa expresión forzada, dinámica que es irreversible y de la que emanará la síntesis de una nueva realidad geopolítica configurada por varias naciones, entre ellas España. Pero para impulsar esta dinámica a partir de la negación del pasado, es necesaria una nueva clase política que dé de lado a la tradicional derecha agraria, católica, tradicionalista, totalitaria, franquista y ridículamente imperialista, incapaz de entender ni la realidad emergente de la situación política del territorio que ocupa España, ni de aceptar el hecho irreversible de que vascos y catalanes no son España, ni de abandonar el discurso franquista de que la España impuesta contra la realidad de las soberanías vasca y catalana es un discurso que evade la realidad de un país con grandes desequilibrios económicos, sociales y regionales, culturales y científicos y permanentemente inestable.

La España de las clases tradicionales, conservadoras y reaccionarias se levanta sobre una estructura inestable que los políticos españolistas tratan de mantener a flote con una política de gratificaciones y concesiones económicas con las que consiguen fortalecer la posición de quienes niegan esa España romántica, imperialista y clerical. Inexistente. Esta es la gran y ridícula paradoja de esta clase tradicionalista y de sus monarcas, ejércitos y generales. Ya ocurrió cuando Felipe II se empeñó en dominar Holanda y al mismo tiempo compraba mercancías holandesas financiando una guerra contra sí mismo. Con el resultado, irreversible, de que Holanda proclamó su independencia.

Se necesita otra clase política, incluso dentro de quienes tienen voluntad de ser dueños de los destinos de España, no de los de Euskadi o Catalunya, que supere el romanticismo imperialista español, caducado, lo miren por donde lo miren, ante el empuje de los pueblos que quieren ser dueños de su propio destino, otra derecha debe sustituir a la derecha actual residuo sentimental e ideológico del franquismo, del imperialismo, del clericalismo y de la decadencia.

Pero si esta derecha es incapaz de renacer sobre sus propias cenizas, las demás fuerzas políticas no pueden esperar ese renacimiento y deben ser ellas, socialistas, comunistas, progresistas, sindicatos, nacionalistas, movimientos sociales periféricos al Poder y todo tipo de organización juvenil, gentes de la cultura, de la prensa, del sistema educativo…quienes deben ponerse de acuerdo, todos a una, en torno a un proyecto de reconstrucción del nuevo espacio geopolítico que inevitablemente se acabará construyendo sobre las cenizas de la España imperialista. De sus símbolos. Ya ocurrió con el inmenso imperio Austríaco, austro-húngaro y finalmente Austria. Y esa es la realidad política, social, económica y cultural de Austria en la actualidad.

Es importante que los partidos políticos de izquierdas junto con los nacionalistas pongan encima de la mesa, ya,  el debate, que vienen evitando desde los comienzos de la transición, a pesar de que la dinámica de desintegración de España es cada día más acelerada, sobre la transformación del espacio español en otra realidad geopolítica conformada por las naciones vasca y catalana, junto con lo que llegue a ser la nación española. Unas nuevas naciones en las que los ciudadanos sean los dueños de sus propios destinos. Lo que es posible, sin traumas, como resultado de la presión de todas las fuerzas políticas, encabezando la movilización popular en la dirección hacia la solución final. Esta nueva realidad, contenida en las constituciones de cada nueva nación, será la mejor garantía contra el caos económico y financiero actual, contra la corrupción como forma de gobierno, contra el odio entre vecinos. Por la paz, por la libertad y por el progreso.

Pero, a partir de tomar conciencia de esta irreversible realidad, de España como proyecto ¿qué queda? Si España no puede ser el resultado de la dominación de una parte sobre otra porque siempre estaría siendo negada por los vencidos y así hasta el final de los tiempos, es que deberá ser construida sobre sí misma contando solamente con quienes quieran formar parte de la misma comunidad política. Este proyecto sólo podrá ser republicano. Y he dicho, en varias ocasiones por qué, porque la monarquía sólo representa la parte con la que está identificada, como la Iglesia, y a la que protege: al capital. La monarquía, ninguna monarquía, como la Iglesia, ha representado nunca, al pueblo. El Estado monárquico y sus aparatos ideológicos y represivos, como la Iglesia, han sido siempre los enemigos del pueblo. Por lo tanto la monarquía, como la Iglesia, es un obstáculo histórico para construir la nación española. Para construirla a partir de sus propios recursos y sobre la libertad política, económica y moral. Una nación que no se construya sobre esos tres componentes de la libertad no merece la pena defenderla. Y sería de estúpidos identificarse con ella e idealizarla.

Pero España como proyecto es posible sobre esos tres componentes que configuran la libertad y económicamente por su posición geoestratégica. Hasta ahora ni la derecha reformista, llamada socialdemocracia o PSOE, ni la derecha clerical, llamada Partido Popular, han presentado el motor que ponga en marcha la economía española, dominada y esquilmada por el capital financiero nacional e internacional, que son la misma cosa. ¿Cómo se va a dinamizar la economía señores socialistas y populares? Cuando ustedes están al servicio del capital financiero más preocupados de pagar sus beneficios que de potenciar el poder adquisitivo y la calidad de vida de los trabajadores que, a fin de cuentas son los consumidores.

Sin motor no es posible la reconstrucción económica. Pero ¿acaso el capital financiero está interesado en ella cuando tiene todo el mundo, China y la India, como espacio protegido en los que invertir lo que desinvierten en Europa,  reduciendo el nivel de vida de los europeos y creando un ejército de reserva de mano de obra en Europa que presione sobre los trabajadores, desmovilizándolos hasta volver a los comienzos de la “revolución industrial”: a la miseria? Pero ¿quién puede ser el suicida que confía su suerte y su porvenir a los intereses del capitalismo?

¿Necesitamos un Costa? No necesitamos ningún cirujano y menos de hierro, lo que necesitamos es una clase política e intelectual con vocación política y con formación intelectual y moral para entender cuáles son nuestros males y dónde están nuestras soluciones. Hoy carecemos de lo uno, de los políticos, y de lo otro, los intelectuales, pero no carecemos del potencial motor del crecimiento económico que, por razones estratégicas, permanecerá delante de nuestras narices aunque no seamos capaces de verlo.

España es inconcebible sin un plan hidrológico nacional, como no fue concebible Alemania sin una red de ferrocarriles. Esa incapacidad e impotencia política para construir esa estructura nacional integradora de los territorios húmedos y los secos es una prueba evidente de que España aún no ha sido construida. No es concebible que una comunidad se oponga a que el agua que se pierde en el mar vaya a parar a otras comunidades españoles que se mueren de sed y que cuentan con inmejorables condiciones climáticas para convertirse en paraísos terrenales. Este es un motor, el turismo internacional estacionario con residencia en España, para potenciar la riqueza y el trabajo y para estructurar España y a los españoles. No puede ser que sea el fútbol lo único que una a quienes se sienten españoles, cuando es el mismo fútbol el que los separa y hace odiarse hasta la muerte.

Existe otro motor, aún más ambicioso, que ha pasado desapercibido a las escasas neuronas políticas e intelectuales: la construcción de un eje de comunicaciones entre Europa y África-Asia entre Gibraltar y el Pirineo aragonés. De dos infraestructuras depende este proyecto: de la construcción de un túnel bajo el estrecho de Gibraltar y de otro túnel en el Pirineo aragonés. Ese eje sería la médula espinal en torno al cual también se podría estructura definitivamente lo que quiera ser España pero, además, crearía un potencial de riqueza de inmensas proporciones al fomentar el establecimiento de todo tipo de empresas y negocios en torno a su médula. Una médula que uniría por carretera y por ferrocarril, sobre todo por ferrocarril, desde China a la India pasando por todo el Norte de África con toda Europa y viceversa. Con muchísimo menos interés económico se construyó el túnel del canal de la Mancha.

Pero para impulsar esta política es necesario abandonar el radical neoliberalismo económico que sólo beneficia al capital industrial y financiero, que, por otra parte, es el primero que no se aplica así mismo este neoliberalismo cuando exige al Estado la inversión de capital en la banca y el desmantelamiento de la industria y servicios públicos en su propio beneficio. En estos casos la intervención si les conviene. Es necesaria la planificación económica y que el Estado intervenga como motor de la economía, algo que patológicamente rechaza Rajoy y su cohorte neoliberal, fomentando los proyectos a que me he referido y otros que benefician a los ciudadanos y estructuran el país en torno a una comunidad política nacional. Las políticas económicas brutalmente neoliberales  nos precipitan en el caos y están desestructurando el país. Para el capitalismo esta política será pan para hoy pero hambre para mañana para ellos mismos.

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