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Opinión

La última frontera de la privatización

Última actualización: 18/02/2013 08:11
Originario-Ashima
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PorOriginario-Ashima
Exprofesor de primaria, poeta,ensayista interesado en el cristianismo originario. Me gusta mirar la vida de frente y contar lo que veo.
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HANS 032

Ahora quieren privatizar bosques y montes, poner puertas al campo. Esto es lo que nos faltaba. ¿Será al fin la gota que colmó el vaso de nuestra tolerancia a los desmanes de estos políticos bananeros?

Este país tiene un circo con su carpa (el Parlamento), donde diversos grupos que se consideran a sí mismos representantes del Pueblo al que engañaron con promesas para obtener votos, hacen cada día sus funciones cara al público, o sea, nosotros. Y tenemos que reconocer que es difícil dormirse en esas funciones, porque lo que sucede en ellas afecta directamente a las condiciones de nuestra existencia, lo cual no es poco decir. Los payasos, que son el grupo más numeroso y aplaudido por el gran público, o sea, la mayor parte de nuestros vecinos que les dieron voz y voto, son algo más que un asunto serio: un asunto grave y peligroso también para nuestros vecinos, claro está, aunque les cueste reconocer hasta qué punto son responsables por contratar a esos saltimbanquis.

Es verdad que a veces hay humoristas fuera del circo que al verlos hacen chistes sobre ellos, los ridiculizan, se mofan de sus mentiras, sus incongruencias, sus trapicheos sucios, su cleptomanía, sus malabarismos con el lenguaje, su capacidad camaleónica, sus habilidades para fingir que no son lo que son, su amor al dinero, su apoyo a los negocios turbios, a la autoridad y a la gendarmería sin fronteras , y cosas de ese estilo. Y si solo fuese por reírnos un rato con ellos, puede que el Parlamento cumpliera al menos esa función catártica, pero ni siquiera, porque estos son payasos trágicos y en cada función se superan a si mismos en su capacidad de hacer daño a los espectadores. Tras sus sonrisas al gran público y sus gestos de malos actores esconden siempre una carta marcada que nada más exhibirla pone al público en pie, pero no de entusiasmo, sino de indignación, dolor y vergÁ¼enza ajena.

Un día la carta es un decreto que concede a los empresarios derechos que ni su abuelo el malvado general concedió nunca mientras por otro elimina los conseguidos a favor del público y precisamente contra la voluntad de su abuelo el malvado general. Otro día se trata de presentar como personas honradas a algunos miembros cleptómanos de su club que se llevan nuestro dinero a una caja fuerte allende los mares. Otro día vuelven a reclamarnos nuestros ahorros para esa otra clase de cleptómanos y usureros llamados banqueros que fingen perder mientras ganan, y se nos reclaman nuestros impuestos para compensarles, con lo que ahora ganan el doble.

Quien está atento a las funciones diarias no termina nunca de asombrarse, cabrearse y pensar – si está libre del pecado de considerar democracia a lo que pasa en el circo- el modo de mandar a casa a los payasos y a sus compadres para que hagan reir trágicamente a su familia, si es que lo consienten.

Nosotros, los espectadores, les estamos consintiendo mucho pese al sinvivir que nos causan –lo que nos hace sospechosos de masoquistas redomados y estúpidos- y hasta consentimos que vengan unos tipos malcarados con corbata, acompañados de otros tipos malcarados de uniforme, a sacar de su casa a la gente como quien extrae un molusco de su concha antes de morderle: estirándole hasta vencer su resistencia.

Hay quien no puede soportar este desalojo violento de su tejado protector y prefiere morir numantinamente, lo que aviva aún más los sentimientos de injusticia, indefensión y dolor ante lo inaudito generalizado, mientras crece en la conciencia popular la evidencia de encontrarse indemne ante un batallón de garrapatas organizadas en un frente con distintos cometidos encaminados al mismo fin: esquilmar al pueblo hasta la muerte. Y los suicidios diarios muestran que lo consiguen.

Pero si pensaban que esto acabaría aquí y con nuestros seis millones sin trabajo, el millón y medio de familias sin ingresos, la fuga de cerebros y mano de obra cualificada, los jóvenes sin empleo ni porvenir ni dinero para pagarse estudios, los ancianos sin residencias, los discapacitados sin ayuda, los copagos, las tasas judiciales, la privatización de la sanidad y todas esas tropelías que conocemos como obra de la peor plaga simultánea de payasos trágicos de la historia de este país, si pensaban que ya estaba todo, pues se equivocaban. Aún nos enseñaron otra carta ayer mismo. Y es bueno recordar la fecha: 14 de Febrero, el “día de los enamorados” y por eso nos hicieron un regalo a los españoles.
Ellos, que nos aman y aman a su tierra, como buenos patriotas, nos declararon su amor poniendo en marcha mecanismos legales en dos comunidades para privatizar algo más que se les había olvidado hasta ahora: los montes, bosques, y espacios naturales de dominio público. Quieren alquilarlos o venderlos a quien les parezca en Castilla La Mancha y la Comunidad Valenciana, dos feudos de los nietos del general golpista.

Como en todos los circos, han llegado a uno de esos “más difícil todavía”. Les aseguro que esto no les va a ser fácil, pero si me equivoco, este país será declarado internacionalmente como una nación de cobardes que verán privatizados y sin reaccionar, los bosques y montes donde salían a respirar. Ahora tendríamos que pagar por ello y nuestro Miguel Hernández se habría equivocado al decir que España no era un pueblo de bueyes que doblan la frente, impotentes y mansos, sino de leones. Pronto lo sabremos.

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