Sociopolítica

Zaratustra y los orígenes mitológicos del cristianismo

En los tiempos del Imperio romano sus habitantes participaban de todos los mitos y mitologías aportadas por todas las religiones existentes en la Antigüedad. En este caldo de cultivo la religión cristiana se fue formando por síntesis de todas ellas  y así pudo hacerse fácilmente receptiva porque era fácilmente reconocible en los mitos pre-existentes. El imperio era una unidad política en torno al emperador y éste necesitaba para garantizar su solidez política de una unidad religiosa que lo legitimara socialmente. La pluralidad religiosa que contenía todos los mitos con los que se va construyendo la nueva religión, que era de origen judío, a los que arrebata la Biblia para encontrar en ella su propio fundamento de legitimidad y de la que se diferencia  por su ideología nacional  identificándose con una ideología universal o imperialista más acorde a la realidad de todo el Imperio, a partir del siglo IV esta pluralidad se resuelve en unidad religiosa. En ese momento el Imperio será una unidad político-religiosa. El cristianismo había triunfado.

Iglesia y nazismoDesintegrado el Imperio romano occidental y ocupado por los pueblos bárbaros que aportaban una nueva diversidad religiosa, ésta fue disuelta en el cristianismo que acabó consiguiendo la integración occidental, por razones de equilibrio de fuerzas geopolíticas, en torno a la unidad religiosa. Para legitimar la posición dominante de la Iglesia romana en ese conglomerado de culturas el papa Esteban II recurrió a una falsificación. En el siglo VIII unció a Pipino el Breve como rey de los francos y Patricius Romanorum, De este modo el papa se arrogaba la capacidad de traspasar la dignidad real de una dinastía a otra y a la vez, como contrapartida, concedía al rey de los francos la capacidad de intervenir en los asuntos italianos. Para legitimarlo necesitaba fundamentarlo en la tradición romana y lo hizo con un documento falsificado: la “Donación de Constantino”, cuyo contenido es importante conocer por el argumento que utiliza para justificar la autoridad de la Iglesia.

« […] Junto con todos los magistrados, con el senado y los magnates y todo el pueblo sujeto a la gloria del Imperio de Roma, Nos (Constantino) hemos juzgado útil que, como san Pedro ha sido elegido vicario del Hijo de Dios en la tierra, así también los pontífices, que hacen las veces del mismo príncipe de los Apóstoles, reciban de parte nuestra y de nuestro Imperio un poder de gobierno mayor que el que posee la terrena clemencia de nuestra serenidad imperial, porque Nos deseamos que el mismo príncipe de los Apóstoles y sus vicarios nos sean seguros intercesores junto a Dios. Deseamos que la Santa Iglesia Romana sea honrada con veneración, como nuestra terrena potencia imperial, y que la sede santísima de san Pedro sea exaltada gloriosamente aún más que nuestro trono terreno, ya que Nos le damos poder, gloriosa majestad, autoridad y honor imperial. Y mandamos y decretamos que tenga la supremacía sobre las cuatro sedes eminentes de Alejandría, Antioquía, Jerusalén y Constantinopla y sobre todas las otras iglesias de Dios en toda la tierra, y que el Pontífice reinante sobre la misma y santísima Iglesia de Roma sea el más elevado en grado y primero de todos los sacerdotes de todo el mundo y decida todo lo que sea necesario al culto de Dios y a la firmeza de la fe cristiana […]

Nos con nuestras propias manos hemos puestos sobre su santa cabeza una tiara brillante de cándido esplendor, símbolo de la Resurrección del Señor y por reverencia a san Pedro le sostuvimos las riendas de su caballo, cumpliendo para él el oficio de caballerizo: establecemos que también todos sus sucesores lleven en procesión la tiara, con un honor único, como los emperadores. Y para que la dignidad pontificia no sea inferior, sino que tenga mayor gloria y potencia que la del Imperio terreno, Nos damos al mencionado santísimo pontífice nuestro Silvestre, papa universal, y dejamos y establecemos en su poder gracias a nuestro decreto imperial, como posesiones de derecho de la Santa Iglesia Romana, no solamente nuestro palacio, como ya se ha dicho, sino también la ciudad de Roma y todas las provincias, lugares y ciudades de Italia y del Occidente. Por ello, hemos considerado oportuno transferir nuestro imperio y el poder del reino hacia Oriente y fundar en la provincia de Bizancio, lugar óptimo, una ciudad con nuestro nombre, y establecer allí nuestro gobierno, puesto que no es justo que el emperador terrenal reine allí donde el Emperador celestial ha establecido el principado de los sacerdotes y la Cabeza de la religión cristiana.” Es importante retener este documento porque es en el poder imperial de donde el papado recibe su legitimidad no de dios. Pero todo empezó 12 siglos antes.

Seis siglos antes de Jesucristo en Irán se implantó la religión del profeta Zoroastro o Zaratustra, llamada zoroastrismo. Se basaba esta religión en la supremacía absoluta de Ahura Mazda, señor del conocimiento y creador del mundo. Antagonistas suyos eran los demonios, que en un principio creyeron que se trataba de dioses procedentes de pueblos extranjeros. Clasificación dual  que se relacionó con el manifiesto contraste físico entre la luz y las tinieblas. Dualismo que se convirtió en el antagonismo de las cualidades de bondad, piedad, rectitud, poder, salud e inmortalidad contra las opuestas: insensatez, injusticia, enfermedad y muerte. Como creador del universo, Ahura Mazda destinó a los hombres a ser colaboradores suyos en la obra de renovación del mundo. Pero los hombres podían optar libremente entre combatir por él o luchar contra él. De esta suerte, Zoroastro introdujo directamente en la vida de cada hombre el conflicto ético y elevó en realidad toda existencia humana hacia el nivel de la conducta ética. Vivir con rectitud y pureza significaba luchar en pro de Dios. La recompensa consistía en la inmortalidad en el otro mundo.

En los tiempos del Imperio romano y coincidiendo con la difusión del cristianismo y antes de ser escritos los evangelios, las influencias intelectuales griegas y babilónicas estimularon la especulación teológica entre los sacerdotes iraníes, cuyo principal producto fue el zervanismo, versión monoteísta de las ideas de Zoroastro. Más allá de Ormuz y Ahriman, los dioses bueno y malo del mazdeísmo, agentes activos en el proceso cósmico, estaba el ser supremo, Zerván, o “tiempo infinito”, que era el que ordenaba el universo y fijaba los destinos de los hombres. Era el principio inalterable e inmóvil del orden universal. Uno de sus hijos, Ormuz, había nacido de la fe y el otro, Ahriman, había nacido de la duda. Entre ellos se produjo una lucha por el dominio del mundo. Esta concepción del conflicto universal entre el bien y el mal era el resultado de influencias astrológicas que destacaban los movimientos de las estrellas, concebidas como seres celestes, a través del tiempo.

El rey persa Ardesix I, según la leyenda, convocó un consejo cuyos miembros eligieron un supremo pontífice cabeza reinante de la jerarquía sacerdotal. El desarrollo del culto mazdeísta se debió fundamentalmente al crecimiento y expansión de su casta sacerdotal. A cuya cabeza estaba el sumo pontífice encargado de elaborar la doctrina, dirigir los asuntos religiosos, la persecución de los herejes y la moral popular. La jerarquía religiosa tenía tres misiones principales: 1. Guiar y aconsejar al rey a fin de que prevaleciera la justicia; 2. Ejecutar los ritos que guardaban el orden de la sociedad, particularmente con nacimientos, matrimonios y defunciones y con las fiestas, las cuales tuvieron su origen en la rutina de las tareas y ciclos agrícolas.; 3. Evitar que los individuos cayeran en pecado. Tenían que ayudarlos a luchar contra el demonio. Era su alta jerarquía la que coronaba al monarca y la que, por esa razón, podía rechazarlo. En la ceremonia ritual los sacerdotes presidían los acontecimientos importantes en la vida de los individuos y en la del Estado, aportando el apoyo divino que necesitaba el estado en tiempos de necesidad. Como guías religiosos de los individuos eran los conductores terrenales de los hombres en la lucha cósmica entre el Bien y el mal. Existía una identificación entre el Poder político y el religioso en su defensa del Estado y en sus ambiciones imperialistas, de expansión del Estado en competencia con el Estado romano y su Imperio.

El poder de la jerarquía mazdeísta se basaba, teóricamente, en la posesión del conocimiento verdadero del mundo superior espiritual. De hecho estaba organizada como una supremacía intelectual que tenía tres soportes principales: 1) El Zend-Avesta como suma de conocimientos; 2) una intervención en la instrucción moral y 3) una inquisición que perseguía y condenaba a los herejes. Entre sus actividades estaba la “Ley contra los demonios”, que establecía las purificaciones, expiaciones y penitencias que habían de hacerse e imponerse por los sacerdotes. Este código sacerdotal era la ley fundamental, civil y penal tanto religiosa como del Estado sasánida. La educación religiosa comenzaba en la infancia, enseñando a los niños las oraciones pertinentes. La jerarquía mazdeísta era el grupo dominante en el imperio sasánida. Como casta autónoma era, de hecho, un Estado dentro del Estado.

En la teología de la jerarquía mazdeísta, Ahura Mazda se convirtió en Ormuz, una deidad todopoderosa y omnisciente, pero distante, la cual, como espíritu de la luz y la sabiduría mantenía la lucha cósmica con Ahrimán, el demonio de la oscuridad y el mal. Unidos con Ormuz en esta lucha estaban Seis benefactores Inmortales. Pero el jefe de los hombres era Mitra, el antiguo dios ario de la luz, mediador entre los hombres y Ahura Mazda u Ormuz, el mismo dios con distintos nombres. Mitra, adorado como el sol, iluminaba la Tierra. Numerosos arcángeles presidían diversos aspectos de la naturaleza y combatían contra los demonios. Se veneraban los elementos naturales como el agua, la tierra, los bosques, los elementos constitutivos del medio ecológico. Muchos de los ritos se derivaban de las tradiciones campesinas, así como las grandes fiestas que se celebraban coincidiendo con los fenómenos estacionales. El 24 de diciembre se celebraba el nacimiento divino. Según el mazdeísmo, el universo duraría cuatro períodos. En el último nacía un salvador con el que comenzaba el combate final entre la luz y las tinieblas, dios y el demonio. Un cometa chocaba con la Tierra, la cual se consumiría por el fuego. Todos los muertos resucitaban. Los malos perecerían cayendo en las tinieblas eternas. La lucha culminaba con la renovación de la vida. La resurrección y renacimiento durante la cual los buenos disfrutarían de los goces del cielo.

Bajo la influencia de las religiones hindúes y helenísticas, especialmente el gnosticismo. Manes desarrolló, a base del zoroastrismo, una religión de salvación. En la base de este sistema religioso estaba el dualismo zoroástrico de la luz y las tinieblas. Originariamente, decía, el Padre de la Grandeza o Zerván, vivía en un paraíso de luz completamente a parte del Rey de las Tinieblas. Pero después de cierto tiempo, éste atacó al paraíso de la luz. Como defensa, el Padre de la Grandeza creó dos seres: la Madre de la Vida y el primer Hombre u Ormuz. Juntos con el Padre de la Grandeza formaron la Trinidad original. La Madre de la Vida dio al primer hombre cinco hijos: el éter, la brisa, la luz, el agua y el fuego, y con ellos partió a combatir al Rey de las Tinieblas. Pero el malo, llevando consigo el fuego consumidor, el calor abrasador, la oscuridad, el humo y las aguas muertas, venció. Así, los elementos de la luz se mezclaron con los de las tinieblas. Entonces, el Padre de la Grandeza, a fin de rescatar al Primer Hombre del sufrimiento causado por esta mezcla, creó el Alma de la Luz, la cual, a su vez creó el Gran Arquitecto, quien a su vez creó el Espíritu Viviente. Estos tres seres formaron una segunda Trinidad. Finalmente, de una pareja demoníaca nacían Adán y Eva, padres de la humanidad. Más tarde, Jesús, creado por Mitra, la Madre de la Vida, el Primer Hombre y el Espíritu Viviente, era enviado para revelar a los hombres su condición. Símbolo de los sufrimientos de la luz encadenada en las tinieblas, Jesús era el guía de los hombres para llegar al paraíso.

Sobre la base de estas doctrinas, Manes fundó una secta bien organizada que tenía dos grados de miembros: el elegido, que aspiraba a una vida pura y los oyentes o combatientes. El elegido practicaba una moral severa, basada en parte en las costumbres y creencias hindúes y en parte en las cristianas. Se abstenían de tener relaciones sexuales y respetaban escrupulosamente el medio ecológico. No era capaz de arrancar ni tan si quiera una espiga, pero se comían el pan y los alimentos, si bien se disculpaban por ello con la siguiente oración mientras comían: “ Yo no he cosechado, ni molido, ni prensado, ni puesto en el fuego. Todas estas cosas las ha hecho otro y te ha traído a mí. Estoy libre de falta”. No comían carne ni bebían vino. Mediante las oraciones perseguían el perdón de los pecados de los oyentes. Estos eran los miembros ordinarios, el pueblo, que realizaba sus ocupaciones triviales. Se casaban, comían carne y bebían vino. Estaban obligados a mantener a los elegidos mediante donativos. A los que tenían que pagar el diezmo por sus oraciones y tener como misión la salvación del pueblo no elegido. Después de muertos, el pueblo, los oyentes, pasaban por un largo período de purificación antes de entrar en el paraíso. Los que no eran creyentes erraban por la Tierra después de la muerte y acababan pereciendo en la conflagración y así se completaba la redención.

La iglesia maniqueísta estaba organizada en una jerarquía. Doce apóstoles, presididos por un décimo tercero elegido por ellos, regían a los setenta y dos obispos, quienes a su vez gobernaban a los presbíteros y diáconos locales que presidían las congregaciones de oyentes, del pueblo. Los principales agentes de la diseminación del culto eran los misioneros viajeros. La iglesia maniquea ni administraba los sacramentos ni aspiraba al poder de este mundo; sólo trataba de enseñar el camino de la perfección moral. Pero a despecho de su pacifismo se ganó el odio del sacerdocio mazdeísta, por el que fue perseguida de vez en cuando. El propio Manes fue ejecutado, su cuerpo desollado y su piel se rellenó con paja. Sus seguidores acabaron por ser expulsados del imperio sasásina. El maniqueísmo se difundió desde Asia central hasta el Mediterráneo coincidiendo con la formación y difusión del cristianismo.

Con estas influencias el cristianismo elaboró los fundamentos de su moral: maniquea, porque enfrenta fantásticamente  la unidad integral del ser humano con dos elementos, uno creado artificialmente: el alma y el otro, la única realidad existente: el cuerpo, siendo éste, la carne, junto con el mundo y el demonio los tres enemigos del alma; en segundo lugar, la exaltación del sacrificio o sufrimiento como máxima expresión, cuando es aceptado, de comunicación con dios, de resignación ante la vida, de sumisión a dios y de identificación con él, rasgos sadomasoquistas compartidos con el estoicismo. La Semana santa es la fiesta más trascendental del cristianismo. Una semana en la que se representa el sacrificio y su fruto: la resurrección. Algo que se experimenta diariamente en la misa; y en tercer lugar, la castidad,  apoteosis del sacrificio en una orgía de sufrimiento o purificación del alma frente a su enemigo el placer sexual. Patológico por sexófobo. De ahí que sus más altos valores sean: el sacrificio, la obediencia y la castidad. Opuestos a los dos rasgos distintiva e integralmente humanos: la capacidad para pensar y la capacidad para el placer sexual, fundamentos humanos y políticos imprescindibles para poder llegar a ser moralmente libres.

Sobre el autor

Jordi Sierra Marquez

Jordi Sierra Marquez

Comunicador y periodista 2.0 - Experto en #MarketingDigital y #MarcaPersonal / Licenciado en periodismo por la UCM y con un master en comunicación multimedia.

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