Bajar de peso con economía energética

0
75

Sólo existe una afirmación veraz que explica el sobrepeso: la ingesta de energía en forma de nutrientes ha sido superior al gasto energético. Cualquier otro argumento está de relleno.

consecuencias de la comida basura

Poseemos un organismo que está constantemente empleando energía para poder desempeñar todas sus funciones. Esta energía la obtenemos de los macronutrientes de la dieta (ni más, ni menos). Cada uno de nosotros, debido a sus particulares características, necesita una cantidad de energía determinada, según la edad, el sexo, el peso, la estatura y la actividad física. Pero además, influyen otros factores, como la genética y la capacidad de absorción de los nutrientes. Así que ninguno de nosotros necesita el mismo volumen de ingesta energética por día. Y si hablamos de ciertas patologías metabólicas, con más razón veremos notables diferencias.

Entonces, ¿por qué nos dicen que comer de tal o cual manera engorda o adelgaza? Si todo se basa en la capacidad energética de los nutrientes, ¿por qué nos bombardean constantemente con mensajes acerca de los perjuicios de tal o cual alimento y de los beneficios de otros?

Desde mi punto de vista, todo se basa en prejuicios alimentarios, que provienen de nuestra forma de entender el mundo de la alimentación y la nutrición, relacionado con nuestra manía por hacer juicios de valor hacia las actitudes de otros. Mucha gente ve una hamburguesa con patatas fritas y piensa inmediatamente: “comida basura”. Sin embargo, ve un plato de ensalada y se dice: “comida saludable”.

Pero no sólo eso, si vemos a una persona con sobrepeso comiendo un pastel de chocolate, inmediatamente creemos que esa persona tiene exceso de peso porque come cosas que le engordan. Pero si vemos a una persona delgada con dos hamburguesas, doble ración de patatas fritas y un refresco azucarado grande, pensamos que, sencillamente, tiene mucha hambre. Lo que jamás sabremos es si la persona gordita está controlando la ingesta, aunque se coma un pedazo de pastel de vez en cuando, y bajará unos cuantos kilos a lo largo de los meses, mientras que tal vez la delgada no se está responsabilizando de su forma de alimentación y hábitos de vida, de manera que dentro de unos años tendrá sobrepeso; está claro que no somos adivinos.

Si dejásemos de ser tan cerrados en cuanto a nuestra manera de ver a los alimentos y a las personas (que son las que los consumen), sería más fácil para todos entender que no pasa nada por comerse un pedazo de pastel o doble hamburguesa y patatas. Proyectamos nuestros prejuicios alimentarios en las personas y tenemos un cacao mental de mil pares de narices. Y, honestamente, creo que en parte nos viene del rechazo que sentimos hacia las personas que no cumplen con unos cánones estéticos estipulados por las tendencias sociales con las que nos bombardean constantemente en los medios.

Un plato de ensalada no es más saludable que un pedazo de pastel de chocolate. Aunque muchos especialistas se lleven las manos a la cabeza al leer esto, saben que tengo razón. Lo saludable es el tipo de dieta y los hábitos apropiados que se perpetúan en el tiempo, que se suceden con los días, los meses y los años. No podemos fragmentar las cosas como lo venimos haciendo hasta ahora y radicalizar las leyes de una nutrición saludable. Ante cualquier propuesta de dieta saludable, en el mejor de los casos viene una coletilla restrictiva y en el peor de los casos una prohibición rotunda. Y cuanto más miedo generamos en las personas receptoras de nuestros mensajes, peor comemos. ¿A nadie se le ha ocurrido pensar que estamos generando mecanismos de defensa en los ciudadanos, que terminan comiendo de manera desordenada por el miedo a las restricciones, las prohibiciones e inconscientemente, al hambre? ¿No se han dado cuenta de que somos animales y de que, si estamos constantemente recibiendo mensajes de “alerta, peligro de restricción alimentaria”, cada vez tenderemos a guardar más reservas energéticas para el futuro? ¿No se han percatado de que alimentarse es el instinto más básico de todo ser vivo, ya que de ello depende la vida, y que la manía por convertir la alimentación en una mera cuestión de nutrición es lo que se carga lo que por tradición y cultura veníamos haciendo?

Ante tanto caos, mi propuesta es la “economía energética”. Sirve tanto para perder peso, como para ganarlo o mantenerse, adaptándonos a los requerimientos individuales y a una forma de comer más natural y también cultural. Más natural, en cuanto a alimentarse según las demandas del organismo y, más cultural, en cuanto a que necesitamos disfrutar de la gastronomía y no sentirnos socialmente marginados. Así, no deberíamos pensar sólo en requerimientos energéticos por persona y día, repartiéndolo en equis comidas al día, sino generalizar estos requerimientos y flexibilizarlos, de manera que el presupuesto se pueda adaptar a las necesidades semanales, quincenales o mensuales, por ejemplo.

¿Qué quiero decir con esto? Quiero decir que los especialistas estamos tan limitados, que sólo vemos “requerimientos energéticos por persona y día”. Pero no sólo eso, sino que los pretendemos distribuir entre 5 ó 6 comidas obligatoriamente, empujando indefectiblemente al organismo a una adaptación circadiana impecable, casi matemática, con lo que si la intención era perder peso, llega un momento en que ya no se produce, porque el organismo tiene una sabiduría de miles de millones de años, al contrario que la persona que ha diseñado la dieta.

Tenemos un presupuesto energético diario, semanal, mensual… y hasta anual. Vamos a suponer que este presupuesto lo convertimos en moneda (en “El fin de la dictadura dietética” he diseñado la unidad “Canica“) y utilizamos la economía para distribuir nuestro presupuesto energético. Toda economía se ha de adaptar a las circunstancias de la persona, que siempre son cambiantes, a la vez que nuestras necesidades nutricionales, por mucho que se empeñen en estandarizarlas y volverlas rígidas. Y en cualquier ámbito económico, existe el ahorro y el préstamo o crédito. Así, se puede utilizar un mecanismo inteligente, a través del diseño de una unidad energética o “moneda”, que podamos administrar según las circunstancias, las características personales, los gustos, el poder adquisitivo, los acontecimientos sociales, las apetencias, los productos de temporada y un larguísimo etcétera, sin prohibiciones o cambios radicales, que son imposibles de llevar a la práctica a largo plazo y, lo más importante, lo podemos hacer dentro de una dieta perfectamente saludable.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here